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JUEGO DE OJOS: La visita

6 de septiembre de 2026
in Miguel Ángel Sánchez de Armas
JUEGO DE OJOS/ Un adiós a La onda y El juvenilismo
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Los libros se escriben para ser publicados. Unos para enseñar, algunos
para ajustar cuentas y no pocos para ganar dinero. Pero existe una clase mucho
más rara e interesante: los libros que alguien escribe para sobrevivir … aunque no
necesariamente para conservar la vida.
Un ejemplo prodigioso nos lleva quince siglos atrás, a Ticinum en el norte
de Italia, la ciudad hoy llamada Pavía. Es el lunes 13 de octubre del año 525 en el
calendario juliano. La mañana del otoño lombardo es fría y la niebla cubre el
Tesino. En un calabozo de la torre del baptisterio, un hombre aguarda la llegada
del verdugo que habrá de quitarle la vida.
Se llama Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio. Pertenece a una de las
grandes familias de la aristocracia romana. Conoció el poder, los honores, la
riqueza y la cercanía de un rey antes de perder sus cargos, sus bienes y su
libertad. Hoy lo único que conserva es la pluma.
Lo vemos en la semioscuridad de su celda: moja con cuidado el cálamo en
una vasija de tinta negra de hollín y goma. Escribe despacio sobre una hoja de
pergamino áspero. Es un personaje poco común. Domina el griego que ya es casi
memoria en Occidente. Conoce íntimamente a Platón y a Aristóteles y en sus
tiempos de mando emprendió una formidable empresa intelectual: traducir al latín
el pensamiento filosófico helénico y transmitirlo a las generaciones siguientes.
Pero cometió el error de acercarse demasiado al poder. En la corte del rey
Teodorico ocupó los cargos más importantes y tuvo prestigio, influencia,
patrimonio y autoridad … hasta que Fortuna giró su rueda. Fue acusado de
traición, encarcelado y condenado a muerte. ¿De qué le habían servido la virtud,
el estudio y el servicio al reino si terminó en una celda esperando al verdugo?
Allí comienza La consolación de la filosofía. En la celda, Boecio está
abatido y escribe versos preñados de dolor. Las musas de la poesía lo acompañan
y alimentan su tristeza. Entonces ocurre algo alucinante: una mujer entra a su

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

2
mazmorra. No llega para compadecer al preso. Lo primero que hace es expulsar a
las musas. Considera que su presencia no cura al enfermo sino agrava su mal.
No es una mujer ordinaria. En el primer momento parece de estatura
humana y en el siguiente su cabeza alcanza el cielo. Viste una túnica con las
letras pi en el ruedo y theta en el corpiño. En una mano lleva libros y en la otra un
cetro. ¡Es Filosofía! Se sienta junto a Boecio y comienza a interrogarlo.
La escena tiene mil quinientos años y conserva una sorprendente frescura.
Un hombre que cree haberlo perdido todo recibe la visita de quien le pregunta si
realmente poseía aquello que ahora lamenta haber perdido. Este es el punto de
partida de uno de los libros más extraordinarios de la cultura occidental.
Filosofía no aparece para consolar a Boecio por la injusticia sufrida, y
tampoco para anunciarle que un indulto le será extendido en el último minuto o
que Teodorico se presentará arrepentido y lo restituirá en cargos y propiedades.
No. Se presenta para algo violento e incómodo: examinar la naturaleza de
lo que llama desgracia. Boecio había sido rico. Había tenido poder. Había recibido
honores. Disfrutó de la amistad del rey y perteneció a la minoría privilegiada que
gobernaba Italia. Pero todas esas prendas tenían algo en común: podían
desaparecer. Y desaparecieron.
Filosofía explica que Fortuna no permanece quieta, pues su naturaleza
consiste precisamente en cambiar. Quien acepta sus dones cuando sube no
puede clamar ¡traición! cuando comienza a bajar. Esta es la razón por la que La
consolación sobrevivió tantos siglos. No es necesario estar encerrado esperando
la ejecución para conocer esa rueda.
Una enfermedad. Una quiebra. La pérdida del empleo. Una derrota política.
La desaparición de una persona querida. El envejecimiento. Una llamada
telefónica que llega de madrugada. Hay momentos en que la vida parece dividirse
en dos partes: la que existía antes de una noticia y la que comenzó después.
Boecio se hace preguntas que nos inquietan al día de hoy: ¿por qué los
buenos sufren mientras los perversos prosperan? Si existe un orden, ¿por qué
gobierna el desorden? Si la virtud es un bien, ¿por qué no protege a quien la

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

3
practica? Si Dios conoce cuanto sucederá, ¿somos realmente libres? Y si somos
libres, ¿cómo puede Dios conocer de antemano nuestras decisiones?
El diálogo avanza desde las quejas inmediatas de un preso hasta
problemas que siguen ocupando a filósofos y teólogos: la naturaleza de la
felicidad, el mal, el destino, la providencia, el tiempo y el libre albedrío.
Pero quizá no sean las respuestas lo más importante. Lo admirable es el
lugar desde donde fueron formuladas las preguntas. Boecio no escribió La
consolación en una biblioteca rodeado de discípulos. La escribió en una celda
después de descubrir que el poder político podía despojarlo de casi todo.
Casi. Esta es la palabra clave. Podía quitarle su posición, confiscar sus
bienes, separarlo de su familia, encerrarlo e incluso disponer de su cuerpo. Pero
había un territorio fuera de la jurisdicción del poder: la conciencia. Boecio todavía
podía dialogar consigo mismo.
Y si vemos a Boecio dejar su testimonio a la humanidad futura,
comprendemos por qué a partir de él se extiende una larga estirpe de hombres
que se negaron a guardar silencio entre los muros de una prisión. Marco Polo
dictó sus viajes en una cárcel genovesa; fray Luis de León escribió cuando la
Inquisición lo puso tras barrotes por traducir al castellano el Cantar de los
Cantares; Cervantes aseguró que el Quijote había sido engendrado en una cárcel.
Galileo, sospechoso de herejía por el Santo Oficio, siguió su obra bajo arresto
domiciliario.
Defoe pagó con cárcel su ensayo El camino más corto con los disidentes y
se mofó de la condena con un Himno a la picota. Miguel Hidalgo escribió en los
muros de la prisión décimas a los carceleros que lo trataron con respeto. Oscar
Wilde compuso De profundis en la prisión de Reading; Gramsci trabajó sus
Cuadernos en las cárceles fascistas; Miguel Hernández escribió Nanas de la
cebolla en la cárcel de Torrijos; José Revueltas concibió El apando en Lecumberri,
Ngũgĩ wa Thiong’o redactó El diablo en la cruz en el penal de Kamiti, sobre hojas
de papel sanitario. Son apenas unos cuantos nombres de una larga relación.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

4
Cada caso es distinto y sería absurdo encerrarlos a todos en una misma
genealogía. Pero sus obras tienen una frontera común: aun cuando el poder
somete el cuerpo, hay una soberanía interior que el carcelero no alcanza. Boecio
afirmó la suya haciendo entrar en la celda a una mujer imaginaria.
No puedo dejar de pensar en que aquel cristiano, consciente de que podía
morir en cualquier momento, no convocara en las páginas de su libro al arcángel
que asistió a Mahoma ni a los ángeles que salvaron a Daniel y a Pedro, sino a la
Filosofía. La obra no apela de manera explícita al cristianismo. Su visitante
procede de una tradición mucho más antigua: la de Platón, Aristóteles y los
filósofos de la antigüedad.
Creo que cuando llega la desgracia la primera necesidad no consiste en
recibir respuestas sino en ordenar las preguntas. Es lo que hace Filosofía: no abre
la puerta de la prisión. Cambia la mirada del prisionero.
Boecio fue ejecutado, no sabemos exactamente cómo. Teodorico murió
poco después. El reino ostrogodo quedó en una nota al pie de la historia. El
condenado, en cambio, siguió hablando a lo largo de los siglos.
Durante la Edad Media La consolación de la filosofía se convirtió en uno de
los libros más leídos de Europa. Antes de la imprenta, Boecio ya hablaba en latín,
inglés, alemán, francés, occitano, italiano, catalán, castellano, griego y hebreo.
Pocos libros filosóficos de la antigüedad alcanzaron una difusión lingüística
comparable. Generaciones que nada sabían de Teodorico o su reino,
acompañaron a Boecio en su conversación con una mujer que llevaba libros en
una mano y un cetro en la otra.
Hay una ironía que seguramente Fortuna bendijo: el rey tuvo el poder de
condenar a Boecio, mas no pudo decidir quién de los dos sería recordado.
Dije al inicio que hay libros que se escriben para sobrevivir. Me corrijo:
Boecio no sobrevivió al libro. El libro sobrevivió a Boecio: La consolación de la
filosofía hoy se lee en veinte idiomas y cien traducciones completas.

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