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JUEGO DE OJOS: En defensa del gerundio

9 de agosto de 2026
in Miguel Ángel Sánchez de Armas
JUEGO DE OJOS: Año Nuevo
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Un barbado sahib de la pérfida Albión, tocado con casco colonial y botas de
campaña, camina por alguna comarca no registrada por la Royal Geographical
Society. No lleva al hombro un Holland & Holland .500/.465 Nitro Express, sino
una red para cazar mariposas. Y más sorprendente, conduce a una criatura que
parece salida de un cuaderno escolar: cuerpo de cerdo, trompa de elefante, patas
diminutas y una resignación que sólo puede ser gramatical.
Es un cartón de 1954 del feroz, nervioso y satírico dibujante británico
Ronald Searle. Lo tituló: “Kennedy encuentra al gerundio y lo conduce
nuevamente al cautiverio”. No se refería a John Fitzgerald Kennedy, por supuesto,
sino a Benjamin Hall Kennedy, latinista y pedagogo británico cuya gramática
aterrorizó a generaciones de alumnos ingleses. Con unos cuantos trazos Searle
consiguió algo que los profesores intentan desde hace siglos: dar cuerpo a una
categoría gramatical. El resultado fue una bestia.
Pocas formas verbales han despertado semejante recelo. Todos quienes
pasamos por una redacción alguna vez caímos bajo la lupa de un epígono de
aquel Kennedy. Sin casco o red, pero lápiz rojo en ristre, detectaba a veinte
metros una terminación en ando o iendo y se lanzaba sobre ella con el deleite del
agente del ICE que descubre a un ilegal.
“¡Cuidado con los gerundios!”, amonestaban unos. “Un gerundio más y
reescribes la nota”, era la advertencia de otros. Todavía recuerdo la mirada
vidriosa de un corrector que revisaba mis textos y sus recomendaciones solemnes
como preceptos bíblicos. Generaciones enteras aprendimos que caminando,
leyendo, pensando o viviendo eran formas verbales de infame reputación de las
que debíamos huir como del maligno.
Nunca escuché, en cambio, que alguien gritara en una mesa de redacción:
“¡Cuidado con los participios!”. Tampoco recuerdo que el infinitivo haya despertado
semejantes temores. Pero el gerundio quedó asociado a uno de esos pecados de
la escritura cuyo peligro todos conocen aunque muy pocos lo puedan explicar.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

2
Algo parecido fueron otras normas recibidas de los viejos secretarios de
redacción: no comenzar una frase con “pero”, no repetir palabras, no usar la
primera persona, desconfiar de los adverbios terminados en mente, evitar las
frases demasiado largas y también las demasiado cortas. Quienes cumplieron
disciplinadamente al pie de la letra tales reglas produjeron una prosa irreprochable
… pero que pocos tenían deseos de leer. Creo que todos acabaron como
redactores de boletines en oficinas de prensa.
Pero -nótese el majadero asalto a la regla- el pobre gerundio no es reo de
ningún delito. “Salió corriendo”, “pasó la tarde leyendo”, “respondió sonriendo” son
construcciones que han sobrevivido sin causar daños perceptibles al castellano. El
problema aparece cuando queremos que la criatura haga un trabajo para el cual
no fue diseñada. Si escribimos, “El auto chocó contra un árbol, muriendo el
conductor tres días después” merecemos el látigo de Kennedy. El chofer no puede
morir durante tres días en el interior de un gerundio. Primero ocurrió el accidente y
después la muerte. La relación entre las acciones es temporalmente falsa y la
frase, aunque muy favorecida en ciertos periódicos, confunde lo sucedido. Pero de
allí a declarar sospechosa a toda palabra terminada en ando o iendo, es querer
corregir una mala costumbre llevando al pecador al cadalso.
Las supersticiones gramaticales nacen de consejos sensatos y por eso son
longevas. Cierto que abusar del gerundio produce frases pegajosas. Cierto que
puede oscurecer quién hace qué. Y es verdad que la burocracia lo adoptó como
instrumento predilecto: “Se procedió a efectuar la revisión, cotejando y verificando
la documentación, comprobando y corrigiendo inconsistencias, determinando la
procedencia de la solicitud y procediendo finalmente a notificar al interesado”. En
esos pliegos el gerundio se reproduce como el sargazo en las playas caribeñas.
Pero tampoco parece razonable responsabilizar al verbo por los crímenes del
burócrata. Un martillo sirve para clavar un clavo y colgar un cuadro de Siqueiros …
y también para matar a un cristiano, pero a nadie se le ha ocurrido prohibir los
martillos.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

3
Lo que ocurre es que las prohibiciones son mucho más fáciles de enseñar
que el criterio y el sentido común. “No uses gerundios” cabe en cinco segundos de
clase y puede escribirse con grandes trazos en el pizarrón. Explicar que conviene
usarlo cuando expresa correctamente la relación entre dos acciones, cuando no
introduce ambigüedad, cuando contribuye al ritmo de la frase y cuando no existe
una manera más clara de decir lo mismo, exige algo bastante más difícil: enseñar
a escribir. Y escribir no se logra cargando a cuestas un inventario de prohibiciones.
Consiste en conocer a fondo el idioma para saber cuándo una regla protege la
claridad y cuándo comienza a estorbarla.
De allí viene la extraña relación entre los buenos escritores y las
gramáticas. No es que Cervantes, Quevedo, Borges, Rulfo o García Márquez
ignoraran las reglas. Las conocían tan bien que podían caminar por sus bordes.
Me cuesta imaginar a Quevedo preocupado porque un corrector obsequioso de los
que nunca faltan le hubiera subrayado tres adverbios consecutivos, o a García
Márquez aceptando que su Apple Macintosh dividiera una de sus frases porque
excedía el número recomendable de palabras.
El idioma es un espléndido y complejo edificio de arquitectura peculiar, pero
en sus entrañas hay habitaciones, corredores, escaleras falsas, sótanos,
desvanes, ventanas y alguna puerta secreta. Quien sólo se aprende el mapa de
piso conoce el edificio. Quien escribe aprende a habitarlo.
En mi época reporteril tuve jefes que corregían por oído y otros que
corregían por doctrina. Siempre preferí a los primeros. Jorge Villa gruñía “Esto es
una pendejada” y rompía las cuartillas. Chemo Estrada podía equivocarse, pero
cuando metía el lápiz primero decía, “Esto no suena bien”. Era menos científico
que citar una regla, pero más útil. Porque después de la sintaxis, la concordancia y
la propiedad, se abre una comarca en donde la gramática no siempre gobierna
con la autocracia de Felipe II. Allí está el oído. El oído sabe cuándo una frase
respira y cuándo jadea, cuándo una repetición es torpeza y cuándo se convierte
en ritmo, cuándo una palabra sobra y cuándo su ausencia deja a la oración
caminando con una pata menos.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

4
Por eso me fascina el animal de Ronald Searle. Benjamin Hall Kennedy
vuelve triunfante de la expedición llevando al gerundio en cautiverio. La criatura
camina dócilmente detrás de él, como si aceptara su destino. Pero hay algo que
Kennedy no sabe: el gerundio lleva siglos escapándose.
Conviene que siga haciéndolo. Las lenguas necesitan gramáticos que
vigilen las jaulas. También necesitan escritores que, de cuando en cuando, olviden
cerrar la puerta.

9 de agosto de 2026

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