Estamos en Inglaterra en diciembre de 1968. Oxford, asiento de la
universidad más antigua del mundo de habla inglesa y desde la Edad Media una
de las grandes capitales intelectuales de Occidente, está cubierta por un cielo
encapotado y gris. Vemos que desde el convento de Cherwell Edge, una chica
camina rumbo a St. Anne’s College. Pasa cerca de los muros de piedra en
University Parks, húmedos por la niebla, mientras el viento desprende las últimas
hojas de los árboles junto al río Cherwell.
Se llama Karen Armstrong. Tiene 24 años y desde hace seis es una monja
en la congregación de las Hermanas del Santo Niño Jesús. Esa mañana lleva una
sombra en el alma. Todos los días se arrodilla devotamente a rezar y apenas
comienza la oración, su imaginación la lleva a otras comarcas. Tomó votos para
encontrar a Dios, pero en lo más íntimo lleva una certeza que la avergüenza: entre
las paredes del convento no está su Dios. Una monja incapaz de orar puede
disimular ante sus compañeras, pero no ante ella misma.
Poco después de aquel paseo tuvo una crisis y abandonó la congregación.
Al salir del convento se encontró en una Inglaterra que apenas conocía. Nunca
había escuchado una canción de los Beatles, no sabía de Vietnam y los jóvenes
de Oxford que protestaban contra el sistema, vestían ropas estrafalarias y
proclamaban una libertad sexual inconcebible para alguien educada en la
obediencia y la contención, la desconcertaban.
Karen nació en 1944 en Worcestershire, en el seno de una familia católica
de ascendencia irlandesa. Era una muchacha tímida, libresca, poco apta para los
códigos sociales de la Inglaterra de los cincuenta. Las modas le parecían ridículas,
no sabía relacionarse con los muchachos y contemplaba con horror el destino
reservado a las mujeres: cocinar, lavar, limpiar y criar hijos. Las monjas, en
cambio, le parecían libres de esas servidumbres y entregadas a una existencia de
significado profundo.
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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Sin dudarlo ingresó en la congregación … y no tardó en descubrir que la
vida religiosa no transcurre entre la libertad espiritual que había imaginado, sino
en una disciplina que exige bajar la vista, contener la risa, no correr, evitar las
amistades y renunciar al juicio propio. En una ocasión, una superiora le ordenó
practicar durante semanas en una máquina de coser sin aguja. La inutilidad de la
tarea era precisamente su razón de ser: Karen debía aprender a obedecer sin
preguntar.
El convento se regía por costumbres victorianas convertidas en mandatos
sagrados. Las novicias permanecían aisladas del mundo. Karen ingresó unas
semanas antes de la crisis de los misiles de Cuba. La congregación fue informada
de que podía estallar una guerra nuclear, pero cuando el peligro pasó nadie lo dijo
y durante semanas las chicas esperaron aterrorizadas los hongos atómicos en el
horizonte.
Karen decidió estudiar literatura inglesa en St. Anne’s y su conflicto interno
se intensificó. Por la mañana, sus profesores le enseñaban a analizar los textos,
debatir sus posibles sentidos y poner en duda las lecturas consagradas. Por la
tarde regresaba a una institución donde dudar era una falta y obedecer, una virtud.
La joven religiosa vivía dividida entre dos mundos: en uno debía ejercitar el
pensamiento crítico; en el otro, renunciar a pensar por sí misma.
Pero su mayor conflicto no era intelectual. En el convento no encontró la
transformación espiritual. Dudaba de la existencia de Dios y se preguntaba cómo
podía saberse que Jesús había sido al mismo tiempo hombre y divinidad. Así que
decidió salir del convento … pero el convento no la abandonó. Durante años
padeció desmayos, sangrados y vómitos que los médicos atribuyeron a un
trastorno emocional, hasta que se le diagnosticó epilepsia del lóbulo temporal. Los
episodios que habían sido interpretados como visiones místicas eran en realidad
tormentas neurológicas.
Entonces Karen intentó construir una vida en la literatura. Terminó sus
estudios en Oxford y propuso una tesis sobre Tennyson, pero el proyecto no le fue
aceptado. Dio clases en Bedford College y en una escuela para muchachas de
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Londres. También perdió ese trabajo. Parecía haber fracasado sucesivamente
como monja, como académica y como profesora.
La televisión le abrió una puerta inesperada. Un canal le ofreció escribir y
presentar una serie documental sobre san Pablo, para lo cual debía viajar a Israel.
Karen aceptó con dudas, pero al seguir las huellas de Pablo por Jerusalén
encontró algo que no esperaba. Su formación había sido cerradamente católica y
por primera vez entró en contacto con el judaísmo y el islam. Descubrió que las
tradiciones religiosas eran mucho más vastas, contradictorias y ricas que el
estrecho universo doctrinal en el que había crecido. Poco a poco volvió a la
religión, no por la fe ni por la oración, sino por el estudio.
Así, la mujer que no pudo concluir un doctorado se convirtió en una de las
más importantes historiadoras y divulgadoras contemporáneas de las religiones.
Publicó Historia de Dios; Jerusalén: una ciudad y tres credos; Buda; La gran
transformación; La Biblia: una biografía; Los orígenes del fundamentalismo y
Campos de sangre. Sus obras recorren milenios y civilizaciones para explicar
cómo los seres humanos han imaginado lo sagrado y de qué manera esas
representaciones han cambiado con la historia.
Armstrong dejó de preguntarse si Dios existía en la forma en que se lo
habían enseñado. Durante algún tiempo se llamó a sí misma “monoteísta
independiente”. La religión, concluyó, no consiste sólo en aceptar una doctrina,
sino en comportarse de una manera capaz de transformar a quien la practica. La
pregunta decisiva no era qué creemos, sino qué hacemos con aquello que
decimos creer.
En 2008 se propuso promulgar una Carta por la Compasión que colocara a
la Regla de Oro -“Trata a los demás como quisieras que ellos te trataran a ti”- en el
centro de la vida religiosa y moral del planeta. La iniciativa no transformó al
mundo, pero dio origen a una red internacional de comunidades, escuelas y
organizaciones que intentan convertir la compasión en una práctica social.
Karen no ha estado en México, pero en septiembre de 2024 durante la XIX
Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz en Monterrey, se entregaron las
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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preseas que llevan su nombre a Rigoberta Menchú, al activista por los derechos
de los niños Kailash Satyarthi y al médico Izzeldin Abuelaish, promotor de la paz
entre palestinos e israelíes. Armstrong no llegó al evento, pero sus ideas sí.
Encuentro en la obra de Karen coincidencias con Jean Meyer y con Graham
Greene. En 1962, cuando ella ingresó al convento, Meyer comenzaba a descubrir
en la Cristiada que la religión de los campesinos no era la falsa conciencia descrita
por el Estado, sino una forma de identidad, solidaridad y vida comunitaria.
Armstrong recorrió las religiones del mundo; Meyer escuchó a los veteranos
cristeros de Michoacán y el Bajío. Ella desconfiaba de las definiciones de Dios; él
nunca ocultó su condición de creyente. Pero ambos llegaron a una conclusión
semejante: la religión no puede comprenderse únicamente por sus dogmas ni
desaparecer por decreto. Vive en las prácticas, los afectos y los vínculos que
permiten a los seres humanos soportar el sufrimiento y conferir sentido a su
existencia.
Graham Greene había descubierto algo parecido en el México de los años
treinta. El cura alcohólico de El poder y la gloria es indigno, temeroso y pecador,
pero regresa para atender a un moribundo aun cuando sabe que camina hacia
una trampa. En aquel sacerdote imperfecto, Greene convirtió en literatura lo que
Armstrong también formularía: el valor de una religión no se mide por la pureza de
quien la profesa, sino por su capacidad para responder al dolor del otro.
Karen no encontró a Dios en la capilla del convento. Lo buscó en los
caminos de Pablo, en el silencio del Buda, en las discusiones de los rabinos, en el
islam, en las escrituras y en la historia. Dios no estaba necesariamente entre
aquellas paredes del claustro ni en las palabras de una doctrina. Había que
buscarlo afuera, en las campiñas, en el rostro y el sufrimiento de los demás.
23 de agosto de 2026
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