En la Navidad de 1888 en un pueblecillo de la alta California en el territorio
de los indios luiseño, nació una niña a quien pusieron por nombre Bonita y como
patronímicos, Wa Wa Calachaw.
Siendo bebé fue adoptada por una neoyorquina de la aristocracia del
Hudson y creció en Manhattan, arrancada de sus raíces, dividida su identidad
entre el mundo sajón y el de los pueblos originarios de América del Norte.
A lo largo de su vida fue conocida como Wa Wa Chaw, Princesa Wa Wa
Chaw, y Wawa Calac Chaw, que en el lengua luiseña quiere decir “a resguardo del
agua”.
Bonita tuvo una vida extraordinaria que 138 años más tarde sigue siendo
ejemplo para quienes han sido espiritual y emocionalmente desgarrados por la
crisis de identidad del desplazamiento. Cuando una planta se desentierra y es
llevada a otro clima y a otro suelo, puede ajarse, perder su lozanía y caer en un
estado apergaminado y vegetativo. ¿No es esto lo que sucede a millones de
compatriotas nuestros que debieron abandonar la patria que no pudo darles una
vida digna?
Desde muy joven, Bonita reveló un talento artístico que llamó la atención en
el círculo social de su madre adoptiva, Mary Duggan y su hermano Cornelius, un
afamado médico de las clases dominantes.
Vivían en la exclusiva zona de Riverside Drive. En reuniones con amigos
importantes como Arthur Conan Doyle, Carrie Chapman Catt y Oliver Lodge,
Bonita era vestida con collares y faldones de gamuza y presentada como una
pequeña muñeca india. La niña prietita – “piel roja”, en la mirada de aquellos
burgueses- de profundos ojos negros y pelo azabache, inteligente y vivaracha, era
una divertida e interesante curiosidad.
Recibió una buena educación con tutores en casa. Su madre adoptiva quiso
protegerla del fisgoneo y la discriminación de los alumnos y maestros de las
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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escuelas locales, pues en aquel siglo veinte reinaba aún la política de exterminio
de las naciones indias para saciar la codicia agraria de los blancos.
En aquel mundo abrevó y se nutrió de un ambiente literario, científico,
político y artístico. Las consecuencias de este encuentro son fáciles de imaginar.
Bonita, convertida en una nativa urbana, pronto tomó conciencia de la herencia de
la que había sido privada.
Se hizo una activista de los derechos de los pueblos originarios y trabajó
por la restitución y defensa de su cultura usurpada en el vendaval del destino
manifiesto y la polvareda levantada por los jinetes de Jim Crow.
Al inicio de la primera guerra fue una de las voces que se alzaron para
denunciar la inmoralidad de un gobierno que exigía a los apaches, a los calusa, a
los chippewa, a los pie negro, a los cherokees, a los navajos, a los mikosuki, a los
luiseño y a otra centena de naciones indias, tomar las armas en defensa de la
patria y dar la vida en las trincheras europeas, pero les negaba el derecho a la
ciudadanía y los recluía en “reservaciones” … amable denominación para campos
de concentración.
Por aquellos años combinó el activismo social con la pintura. En obras de
tonalidades endrinas plasmó la discriminación de las tribus en la nación que
proclamaba la igualdad y el derecho a la felicidad. Durante algunas temporadas el
Museo Philbrook de Tulsa incluyó creaciones suyas en exhibiciones anuales de
arte indígena, pero después de 1950 las rechazó sistemáticamente.
Un divorcio y la muerte de su madre adoptiva llevaron a Bonita a la
pobreza. Durante algún tiempo se dedicó a vender pinturas en los jardines de
Greenwich Village, el barrio bohemio neoyorquino, pero su arte era visto como una
deformación.
“Un día” –dice en sus memorias- “ofrecía mis pinturas en la Plaza
Washington cuando pasaron dos niñas con su madre. Las chicas querían ver los
cuadros, pero su madre se las llevó a rastras mientras les decía: ‘¿Para qué
quieren ver basura? ¿No se dan cuenta de que es una india salvaje? Vengan, las
voy a llevar a que vean cuadros verdaderos’.”
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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Bonita Wa Wa Calachaw murió en 1972 en el Harlem Español, donde
algunas ayudas de la caridad pública le permitieron apenas sobrevivir a la miseria.
Poco antes de partir a reunirse con sus antepasados escribió: “Mi
experiencia de vida y visión personal han estado bajo juicio durante los últimos 60
años, no porque yo haya sido culpable de algún crimen, sino por haber nacido. No
saber por qué razón nací y fui bautizada Wa Wa Calachaw –nombre que mi madre
adoptiva no cambió- no es culpa mía. Estoy manchada como si fuese un
leopardo”.
Su obra ha sido reunida en parte y se exhibe en el Museo del Vaquero de
Oklahoma City. Para un mexicano como yo, que nada sabía de ella pero que está
familiarizado con la obra de pintores y grabadores de nuestro país, los cuadros de
Bonita Wa Wa Calachaw tienen un inquietante mensaje oculto, una familiaridad
íntima que cosquillea alrededor del corazón.
Hay en los tonos oscuros y en los rasgos de los personajes un déjà vu
conmovedor. El uso de grecas y la distorsión de las dimensiones corporales evoca
visiones de un Rivera o un Beltrán. ¿Será que llevamos una herencia genética que
nos viene por partida doble de las tribus nómadas de las planicies norteñas y de la
compleja cosmogonía del altiplano mexicano? No lo sé.
Bonita me hizo pensar que tal vez Ometecuhlti en su noveno cielo y el Gran
Espíritu de las Felices Praderas de Caza, son en realidad dos manifestaciones de
una misma dimensión.
18 de octubre de 2022
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