Así lo recordó Andy Newman en The New York Times el viernes:
“Hace veinticinco años, esta misma mañana, bajo un cielo despejado y de
un azul intenso, un avión comercial de 135 toneladas que volaba a más de 640
kilómetros por hora se estrelló contra el piso 96 de un edificio de oficinas en
Manhattan y desencadenó uno de los días más oscuros y letales que Nueva York
y la nación hayan vivido jamás.
“Un cuarto de siglo después, durante la lectura anual de los nombres de las
casi tres mil personas fallecidas en los ataques terroristas en Nueva York, el
Pentágono y Shanksville (Pensilvania), el paso del tiempo se hizo patente.
Algunos familiares de las víctimas que leían los nombres eran tan pequeños
cuando sus padres murieron que dijeron no guardar ningún recuerdo de ellos.
Otros honraban la memoria de abuelos, tíos y tías a quienes nunca llegaron a
conocer.”
Algo tiene de inquietante el mes de septiembre, en particular su onceavo
día. En la visión de un historiador, la destrucción de las torres gemelas parió el
verdadero siglo XXI. Se puede estar o no de acuerdo con este juicio, pero quizá
ésa sea la verdadera herencia de aquella mañana: el mundo político que nació
entre las ruinas de los edificios es en el que hoy vivimos.
Cambiaron los nombres de los enemigos, cambiaron los gobernantes y son
otros los campos de batalla. Sin embargo, permanece la creencia de que la
violencia puede resolver los problemas que la política no pudo solucionar.
Por eso la pregunta pertinente en este aniversario del atentado no sea qué
recordamos del 11 de septiembre, sino cuánto del 11 de septiembre todavía no
hemos terminado de vivir.
El mundo aquella mañana era muy distinto. La URSS se había
desmoronado y EU reinaba sin rivales en la geopolítica. Se hablaba de
globalización, integración de mercados, democracia y libre comercio como fuerzas
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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capaces de ordenar el nuevo siglo. Vivíamos la sensación de que el futuro
pertenecía a un mundo cada vez más interdependiente.
Pero a las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre, la mayor potencia
militar de la historia descubrió que podía ser atacada brutalmente en su mismo
corazón por hombres armados con navajas y dispuestos a morir.
Lo que siguió fue una reacción comprensible, pero cuestionable como
estrategia. George Bush declaró una “guerra contra el terrorismo” en Afganistán,
nido de Al Qaeda y refugio de Osama bin Laden. Pronto la campaña de castigo se
expandió a Irak sin que se encontraran vínculos entre Saddam Hussein y los
atentados y menos se comprobara la existencia de armas de destrucción masiva
en poder de los hijos de Alá.
Afganistán e Irak dejaron de ser territorio de operaciones militares y se
convirtieron en escenarios en donde la gran potencia se propuso remodelar
sociedades enteras mediante el poder de las armas. Más de dos mil años después
volvimos a escuchar la sentencia de Tácito: Ubi solitudinem faciunt, pacem
appellant … “Donde hacen un desierto, lo llaman paz.”
Hoy está en el ambiente una pregunta incómoda: ¿aquellas guerras
hicieron al mundo más seguro? Un cuarto de siglo después es difícil responder. El
proyecto Costos de la guerra de la Universidad Brown calcula que los conflictos
surgidos después del 11 de septiembre costaron a Estados Unidos más de ocho
mil millones de dólares, una cifra imposible de imaginar. Según mi propia
estimación, equivale a más de 210 mil dólares por cada una de las más de 38
millones de personas desplazadas de sus hogares por las guerras posteriores al
11 de septiembre en Afganistán, Irak, Pakistán, Yemen, Somalia, Filipinas, Libia y
Siria. A ello se suma un saldo estimado de entre 4.5 y 4.7 millones de muertos,
directa o indirectamente, en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria y Yemen.
Afganistán terminó nuevamente bajo dominio talibán en 2021 y la invasión
de Irak destruyó un equilibrio regional que amplió la influencia de Irán y abrió un
vacío político y de seguridad en el que prosperó Al Qaeda en Irak, de cuya
evolución surgiría después el Estado Islámico.
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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Los conflictos modificaron fronteras de poder, exacerbaron antagonismos
sectarios, debilitaron Estados y multiplicaron actores armados. Una guerra
emprendida para destruir una organización terrorista terminó transformando la
geopolítica de buena parte del Medio Oriente.
Y queda la pregunta más difícil: ¿qué aprendimos de ese terrible episodio?
¿Sólo revisar con rayos equis equipajes y zapatos en los aeropuertos, retirar
líquidos de las maletas, blindar las cabinas de pilotos y rastrear con lupa las
transferencias bancarias?
No es claro que hayamos aprendido el principio político fundamental: que
una superioridad militar abrumadora no garantiza la capacidad de reorganizar
sociedades, que destruir un régimen es más sencillo que construir el orden que
habrá de sustituirlo y que las guerras producen consecuencias que rara vez
respetan los planes de quienes las comienzan. Moltke lo sabía: ningún plan de
operaciones sobrevive intacto al primer encuentro con el enemigo.
Y quizá la prueba más inquietante de que no hemos asimilado del todo esa
experiencia esté hoy frente a nosotros, en Irán. Veinticinco años después del 11 de
septiembre asistimos a una suerte de terrible déjà vu: otra guerra emprendida con
la confianza de que una abrumadora superioridad militar iba a traducirse
rápidamente en un orden político más seguro.
Cambian el enemigo, las razones y el escenario, pero sigue la interrogante
que Afganistán e Irak dejaron sin respuesta: ¿qué ocurre después de los
bombardeos? La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán continúa sin una
salida clara, mientras el conflicto se extiende por el estrecho de Ormuz, Yemen y
Líbano.
Tal vez ésa sea la lección que seguimos negándonos a aprender: es mucho
más fácil destruir un equilibrio que construir el que habrá de sustituirlo.
13 de septiembre de 2026
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