Cada 15 de abril Corea del Norte celebra el Día del Sol. No es un fenómeno
astronómico. No es un eclipse. Venus no cruza frente al disco solar como en 1874
cuando astrónomos de todo el mundo, entre ellos mexicanos, pudieron ver su
sombra y medir la distancia entre la tierra y la estrella que nos da vida. No. Ese
encuentro no lo tendremos de nuevo sino hasta el 2117.
Se trata de algo más elevado, más cercano al milagro de los ángeles que
danzan en la cabeza de un alfiler. Es, señoras y señores, el cumpleaños de Kim Il
Sung, el amado líder que la fuerza de un Estado convirtió en astro luminoso, en
presidente eterno.
No estoy de acuerdo con Chucho Silva Herzog cuando sataniza a los
camaradas del PT que se rasgan las vestiduras y se echan ceniza en el pelo por la
dolorosa nostalgia que les provoca la ausencia del amado líder. Chucho es
demasiado joven para comprender el dolor que asaetea el alma de los viejos
cuando sienten que la historia se les escapa entre los dedos nudosos.
En Pyongyang el calendario político es una liturgia. El 15 de abril las
avenidas se llenan de flores kimilsungia, una orquídea bautizada en honor del
llorado dirigente. Los altavoces esparcen canciones patrióticas. Los ciudadanos
desfilan ante las estatuas colosales del líder para inclinarse en una reverencia
mezcla de ritual civil y acto de supervivencia. En la biografía oficial Kim il Sung es
el padre del universo norcoreano.
Durante felices años el gran líder arropó a las masas en el seno de su
“revolución continuada”. Y abiertos los brazos al mundo, recibía en su palacio las
peregrinaciones de intelectuales y periodistas que daban fe de la luminosidad de la
idea Juche. Entre esos romeros hubo mexicanos. Sí, compatriotas nuestros,
muchos de ellos periodistas. Recuerdo la época en que la ruta D.F.-Pyongyang-
Pekín-Praga-Harare-Habana-D.F. fue más célebre que el Camino de Santiago.
Durante mis años reporteriles, en el frescor de El Nivel y El Negresco,
escuché de queridos amigos míos, hoy ya enviados especiales al más allá,
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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aventuras al norte del paralelo 38 que dejaban chiquito a Ulises y hacían de
Miguel Strogoff un simple mandadero. Por más que me esforcé, tristemente mi
presencia nunca fue requerida en uno de esos periplos.
Pero supe de espectaculares hazañas del suryong, el gran líder. Recuerdo
dos en particular. En la provincia de Hwanghae, Kim Il Sung visitaba a floricultores
en crisis por la sequía, la falta de créditos y la competencia desleal de los odiados
capitalistas del sur. Pero el líder comprendió que el problema no era económico,
de producción o del clima, sino del deterioro del celo revolucionario. Así que los
arengó durante varias horas y su homilía revivió la llama de la revolución, con lo
que las flores se multiplicaron y medraron en color y perfume.
Poco después el amado líder se presentó en una cooperativa editorial en
donde encontró un panorama sombrío. Las revistas y periódicos perdían lectores;
los libros languidecían en los anaqueles. De nuevo el gran hombre detectó las
causas: los redactores, los fotógrafos, los poetas y los diseñadores habían caído
en la autocomplacencia y en el personalismo pequeñoburgués. Kim Il Sung
procedió a corregirlos y como padre amoroso los llevó por el camino de la
autocrítica revolucionaria, con lo cual regresaron al mercado y capturaron lectores
a lo largo y ancho del territorio a su cuidado.
Su ejemplo fue profundo, duradero y planetario. ¿No quiso Fidel Herrera
armar el eje Xalapa-Pyongyang como única zona en el planeta con control total del
internet? Estoy convencido de que fue la siniestra CIA la que saboteó los
esfuerzos del Tío Fide y arrojó descrédito a la tierna costumbre de que los niños
de primaria lo recibieran cantando sones compuestos en su honor, tal como se
celebra al líder en las escuelas norcoreanas.
En Corea del Norte la mitología oficial llegó a extremos que rozan lo
fantástico. Kim Il Sung poseía una inteligencia militar sin precedentes, intuición
científica para resolver problemas agrícolas y una capacidad casi sobrenatural
para prever el futuro político del país.
Corea del Norte fue donde el cristianismo protestante se arraigó por primera
vez en el país gracias a misioneros gringos a finales del siglo XIX. Kim nació en el
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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seno de una familia profundamente cristiana y en su juventud impartió catecismo
los domingos, según nos revela Jonathan Cheng en El mesías coreano: Kim Il
Sung y las raíces cristianas del culto a la personalidad en Corea del Norte. El
amado líder reconocía esta herencia, para bien o para mal. Esto quizá explique el
amor peteísta por el llorado líder, pues a fin de cuentas acá entre nosotros la
militancia política es también una religión, una lucha del bien contra el mal.
Los padres de Kim Il-Sung estuvieron entre los primeros conversos
presbiterianos. Entre quienes documentaron las raíces cristianas del régimen
estuvieron el evangelista Billy Graham y el expresidente Jimmy Carter. Incluso, la
esposa de Graham, Ruth, asistió a una escuela secundaria presbiteriana en
Pyongyang en la década de 1930, cuando la ciudad ya se había consolidado como
la “Jerusalén de Oriente”.
Kim Il Sung llegó al poder con apoyo de la URSS tras la Segunda Guerra
Mundial. En 1950 lanzó la invasión del sur que detonó la guerra de Corea, uno de
los conflictos más devastadores del siglo XX: millones de muertos, ciudades
arrasadas y una península dividida que aún vive en armisticio.
El culto a la personalidad tuvo un rasgo peculiar: el poder se heredó como
si fuese una monarquía. Kim Il Sung preparó durante años la sucesión de su hijo
Kim Jong Il, inaugurando una dinastía política que continúa hasta hoy con Kim
Jong Un, quien justo por estas fechas prepara a su hijita para que tome las riendas
cuando la idea Juche se sirva llamarlo.
Pero el sistema que construyó se sostuvo también sobre un aparato de
represión extraordinario. A la par del culto, el régimen instaló campos de
prisioneros políticos para albergar a los enemigos del Estado y a los sospechosos.
Familias enteras desaparecieron por el delito de haber criticado al gobierno o de
pertenecer a un linaje considerado hostil. En Corea del Norte la lealtad no se mide
sólo por la militancia sino por el origen social y político. El sistema de clasificación
hereditaria determina quién puede estudiar, viajar o vivir en Pyongyang. La
fidelidad al líder es un asunto de genealogía.
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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A propósito del 114 aniversario del nacimiento del amado líder, Ángel de la
O me hizo llegar su comentario:
“Trump y Kim Il Sung pertenecen a geografías morales distintas, pero
comparten una intuición primaria del poder: convertir la política en espectáculo de
voluntad. El primero, hijo del capitalismo mediático, gobierna a golpe de
estridencia y narcisismo, como si la Casa Blanca fuera una extensión de su marca
personal; el segundo, arquitecto de una dinastía cerrada, edificó un culto donde el
Estado se volvió espejo único del líder. Uno grita para dominar la conversación; el
otro silenció al país para no perderla nunca. En ambos casos, la realidad queda
subordinada a una ficción cuidadosamente administrada: en Washington, la del
éxito irrebatible; en Pyongyang, la de la eternidad revolucionaria. No son
equivalentes, pero dialogan en ese punto inquietante donde el poder deja de ser
institución y se vuelve relato.”
19 de abril de 2026
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