El miércoles 24 de agosto de 1887 fue un día soleado en la capital de la
República. En la señorial plaza de Santo Domingo en el corazón de la ciudad, las
palomas daban cuenta de las briznas entre el empedrado sin que las
interrumpieran ni los paseantes ni el rumor de los evangelistas que en los portales
escribían a tinta cartas de amor, actas judiciales o peticiones a la autoridad.
Poco antes del mediodía, un sonar de ruedas de hierro sobre los adoquines
de la calle de Sepulcros de Santo Domingo -entre la plaza y el edificio de la
Aduana-, anunció la presencia de carruajes que se estacionaron a las puertas del
antiguo Palacio de la Inquisición, sede de la Escuela Nacional de Medicina, en
donde tendría lugar un examen profesional insólito.
De la calesa principal descendió, solemne y hierático como era su porte
habitual, el presidente Porfirio Díaz. Estaba a la mitad de su segundo mandato y ni
los ministros, ni los funcionarios y menos los periodistas que lo acompañaban,
podían imaginar que el recio militar apenas daba los primeros pasos de su larga
dictadura.
Que el presidente acudiera al examen profesional de alguien ajeno a su
familia era todo un acontecimiento. Que su presencia tuviera por objeto garantizar
que el examen pudiera celebrarse, extraordinario. Y que la sustentante fuera una
mujer, un episodio nunca antes visto en México.
La candidata al título se llamaba Matilde Petra Montoya Lafragua y había
cursado la carrera de medicina con notas sobresalientes, pero el reglamento de la
escuela hablaba de “alumnos” y nadie había previsto la posibilidad de una
“alumna”. La diferencia de una letra bastaba para cerrar una puerta que sólo la
más alta autoridad podía abrir.
El interés de Díaz en el caso permite asomarse a una faceta poco conocida
del dictador: el déspota pertenecía a una generación liberal que veía en la
educación, la ciencia y las profesiones, instrumentos indispensables para sacar al
país del atraso. Durante su régimen se multiplicaron las discusiones sobre
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pedagogía, se impulsaron escuelas normales y congresos de instrucción y, bajo la
dirección de hombres como Justo Sierra, comenzó a tomar forma un sistema
educativo que culminaría en 1910 con la fundación de la Universidad Nacional.
No hace falta convertir a Díaz en feminista avant la lettre para entender su
intervención a favor de Matilde Montoya: bastaba con que reconociera en aquella
joven obstinada algo que el Porfiriato apreciaba mucho: el mérito individual
acreditado por el estudio. El problema era que, en este caso, el mérito venía
vestido de mujer y los reglamentos todavía no sabían qué hacer con él.
La historia nos habla de una mujer excepcional. Matilde nació en la Ciudad
de México en 1859. Muy joven estudió obstetricia y obtuvo el título de partera.
Ejerció en Puebla y tras adquirir experiencia y clientela, decidió continuar sus
estudios en la Escuela Nacional de Medicina, pero se enfrentó a un obstáculo que
era parte del orden establecido: los reglamentos hablaban de “alumnos”, no de
“alumnas”.
En vez de aceptar con cristiana y femenina resignación su lugar en la
sociedad, se fajó y dio la pelea por sus derechos. En algún momento, no sé cómo
o cuándo, logró que el presidente Díaz conociera su caso, y éste intervino: la
escuela tenía que aceptarla aunque fuera “alumna”. Sospecho que los magísteres
confiaron en que la chamaca sería incapaz de transitar por la anatomía
descriptiva, la fisiología, la patología y la clínica médica o que se desmayaría en
las prácticas de cirugía en cadáveres desviados de la fosa común al anfiteatro de
la escuela.
Nada de eso sucedió. Pero cuando Matilde aprobó los créditos con
excelencia, las autoridades, con fingida congoja, le informaron que apreciaban su
empeño, pero que los títulos profesionales sólo se podían otorgar a “alumnos”. Las
crónicas no dicen si Matilde alzó la voz o lanzó una mirada de desprecio a las
autoridades. Lo que sabemos es que acudió de nuevo a Porfirio Díaz y el
presidente no sólo intervino de nuevo, sino que anunció que estaría en el examen
para asegurar que su instrucción fuera cumplida. Imagino que ya en ese momento
se sabía cuál era el destino de quienes caían en desgracia con el dictador.
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La escena de la graduación de Matilde el 24 de agosto de 1887 encierra
además una ironía: la primera mexicana que se titulaba en medicina defendió su
examen en los salones que albergaron al tribunal de la Inquisición, la feroz
instancia que durante siglos dictó qué era lo permitido y qué era lo prohibido para
un pueblo cuyo sino era callar y obedecer.
Encuentro en la vida de Matilde Montoya un paralelismo sorprendente con
otra mujer de su tiempo, Olive Schreiner, la escritora sudafricana. Y no sólo en los
rasgos físicos. Schreiner, nacida cuatro años antes que Matilde, viajó a Inglaterra
en 1881 con el propósito de estudiar medicina en la escuela para mujeres fundada
por Elizabeth Garrett Anderson y Sophia Jex-Blake, pero su mala salud la hizo
desistir. Publicó La historia de una granja africana y se convirtió en una de las
voces mayores de la emancipación femenina en su país. Matilde siguió otro
camino: consiguió permanecer frente a los libros de anatomía hasta que le
permitieron presentar el examen que los reglamentos no habían previsto para una
mujer. Y fue un ejemplo en el camino a la igualdad de las mujeres en México. Dos
rostros semejantes, dos mujeres casi de la misma edad, en extremos distintos del
mundo, mirando hacia una profesión que todavía era territorio de bandera
masculina.
Así, Matilde se tituló de médica con Porfirio Díaz como testigo. Hoy
recuperamos con facilidad el episodio, lo difícil es reconstruir el mundo en que
ocurrió: un país en donde una mujer que sobresalía se topaba con una palabra
escrita en masculino como obstáculo casi insalvable.
Díaz aparece en nuestra memoria rodeado de generales, gobernadores,
hacendados y científicos, gobernando con mano de hierro. Pero aquel miércoles
de agosto empleó el poder presidencial para resolver un problema que debió
solucionar un funcionario escolar: permitir que una estudiante capacitada
presentara un examen.
No fue, desde luego, el dictador el de la hazaña. Quien insistió, escribió,
superó cada negativa y abrió finalmente las puertas fue Matilde Montoya. A su
muerte en 1938 México era otro país y las mujeres habían comenzado a ocupar
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espacios profesionales que parecían vedados, pero la mejor medida de la
distancia recorrida la encontramos en el cambio de una letra en aquella palabra
diminuta que un reglamento no sabía cómo admitir: no decía “alumnas”. Matilde
Montoya consiguió que, a partir de entonces, hubiera que empezar a reescribir
más que los reglamentos, la presencia de las mujeres en la sociedad mexicana.
16 de agosto de 2026
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