Las inundaciones de este lunes en Huixquilucan, Estado de México ya no pueden reducirse a imágenes espectaculares de calles anegadas, vehículos atrapados o colonias incomunicadas, esta vez no se salvó ni la zona residencial donde se encontraron carros flotando entre aguas negras cercanos a plazas comerciales de Interlomas.
Esta vez, la emergencia cobró la vida de una mujer trabajadora de 42 años ahogada, mientras en una vivienda de la zona de Las Golondrinas dos jóvenes quedaron atrapados al no poder abrir las puertas debido a que el nivel del agua subió hasta el primer nivel de un inmueble, esto derivado del desbordamiento del Río La Coyotera.
Colonias como Zacamulpa, Interlomas, Jesús del Monte y Santiago Yancuitlalpan registraron las afectaciones más severas.
Ese hecho, por sí solo, debería obligar a una profunda reflexión sobre el estado real del municipio en su sistema hidráulico, coladeras y acumulación de basura.
Sin embargo, mientras los ciudadanos enfrentan las consecuencias de una infraestructura rebasada por las construcciones del cartel inmobiliario operado por Enrique Vargas en zona residencial existen años de omisiones gubernamentales, con una adecuada planificación entre el incremento de urbanización, el incremento en servicios públicos y la sostenibilidad del sistema ecológico municipal; el hoy senador Enrique Vargas del Villar y la alcaldesa Romina Contreras continúan promoviendo la narrativa de un Huixquilucan moderno, eficiente y libre de problemas. La realidad, una vez más, se encargó de desmentir el discurso, calles con drenaje deficiente, falta de agua, tráfico insostenible y derrumbes en carreteras como la del Acueducto en el Zapote.
Las lluvias que colapsaron vialidades, paralizaron la movilidad y afectaron a numerosas familias no son únicamente producto de fenómenos meteorológicos intensos. Son también consecuencia de años de falta de planeación, acumulo de basura, mantenimiento insuficiente a tuberías, sobre explotación de recursos naturales con desviación de agua de manantiales a la zona residencial como la reciente Inaguracion del tanque de almacenamiento de agua en Tecamachalco, crecimiento urbano desordenado y decisiones gubernamentales que privilegiaron la construcción de una imagen política antes que la atención de las necesidades estructurales del municipio.
Durante años, Huixquilucan fue presentado como un modelo de desarrollo y alta plusvalía. Una vitrina de exclusividad y progreso que aparecía constantemente en campañas institucionales, informes de gobierno y estrategias de promoción política. Mediante premios y encuestas compradas. Pero detrás de esa narrativa cuidadosamente construida, miles de habitantes enfrentan diariamente problemas de agua, movilidad, drenaje, inseguridad y servicios públicos deficientes.
Las administraciones vinculadas al grupo político encabezado por Enrique Vargas apostaron por la construcción de una marca política basada en la percepción de eficiencia. Sin embargo, las lluvias recientes han puesto al descubierto lo que durante años se intentó ocultar: una infraestructura incapaz de responder a las necesidades de una población en constante crecimiento y un municipio vulnerable frente a contingencias que ya no pueden considerarse extraordinarias.
El acceso al agua sigue siendo una de las principales contradicciones de este modelo. Mientras las autoridades presumen inversiones hidráulicas y avances administrativos, numerosas familias enfrentan interrupciones constantes en el suministro, dependen de pipas, deben almacenar agua y comprar garrafones de agua para cubrir sus necesidades básicas. La distancia entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de los habitantes resulta cada vez más evidente.
A ello se suma el deterioro del sistema de drenaje. Las inundaciones recurrentes dejaron de ser eventos aislados para convertirse en una constante de cada temporada de lluvias. Coladeras saturadas, cauces insuficientes y sistemas de desagüe rebasados reflejan una falta de mantenimiento y actualización que se ha acumulado durante años.
Pero los problemas de planeación y supervisión no se limitan a la infraestructura hidráulica. Un caso emblemático es el conflicto en Santiago Yancuitlalpan, donde durante años habitantes y organizaciones sociales denunciaron irregularidades relacionadas con un relleno sanitario en zona federal junto a un río que generó preocupaciones ambientales, de salud pública y de uso de suelo ya que taparon parte de un río y su caudal para convertirlo en un estacionamiento de pipas de agua en manejo irregular.
El caso evidenció fallas en la vigilancia institucional, deficiencias en la aplicación de la normatividad y una preocupante ausencia de controles efectivos sobre actividades de alto riesgo. Más allá de la polémica específica, el episodio reflejó un patrón recurrente: problemas que crecen durante años sin ser atendidos de manera oportuna hasta convertirse en conflictos de gran escala.
Las vialidades representan otro de los puntos críticos del municipio. Huixquilucan enfrenta diariamente embotellamientos, obras insuficientes y una movilidad cada vez más compleja. Cuando llegan las lluvias, estas deficiencias se multiplican. Calles bloqueadas, avenidas convertidas en ríos y trayectos que se prolongan durante horas afectan directamente la calidad de vida de miles de personas.
La inseguridad tampoco ha desaparecido, pese a los esfuerzos oficiales por centrar el debate en indicadores de percepción. Han incrementado Robos a cada habitación, asaltos, puntos de venta de sustancias nocivas y asesinatos entre carteles algunos miembros vinculados a personajes del gobierno municipal como el caso del Malama quien fue acribillado este fin de semana al lado de por lo menos 6 personas más en la comunidad de San Fernando, una creciente sensación de vulnerabilidad siguen presentes en diversas comunidades. El contraste resulta evidente entre las zonas utilizadas como escaparate político y aquellas donde los servicios públicos y la presencia institucional siguen siendo insuficientes.
El problema de fondo no es únicamente la existencia de carencias urbanas o fallas operativas. Lo verdaderamente preocupante es la consolidación de una forma de gobierno basada en la administración de la percepción mediante notas de posicionamiento en medios y redes sociales pagadas.
Durante años se construyó una narrativa de éxito que sirvió para impulsar proyectos políticos y posicionamientos personales, mientras numerosos problemas estructurales permanecían sin solución.
La muerte registrada durante estas inundaciones debería marcar un punto de inflexión. Porque cuando una contingencia deja de ser solamente una molestia y se convierte en una tragedia humana, ya no basta con discursos, boletines o campañas de imagen. Lo que está en juego es la capacidad de las instituciones para proteger la vida y la seguridad de los ciudadanos.
Hoy, Huixquilucan aparece dividido entre dos realidades. La primera es la que muestran los mensajes oficiales: un municipio moderno, exitoso y eficiente. La segunda es la que viven diariamente miles de habitantes: drenajes colapsados, problemas de agua, tráfico permanente, conflictos ambientales, inseguridad sin resolver y una infraestructura que demuestra señales evidentes de agotamiento.
La ciudadanía merece gobiernos que reconozcan los problemas antes de que se conviertan en crisis, que planeen a largo plazo y que privilegien las soluciones por encima de la propaganda. Porque ninguna estrategia de comunicación puede ocultar indefinidamente una realidad que cada temporada de lluvias vuelve a salir a la superficie. Y porque cuando las omisiones terminan costando vidas, la discusión deja de ser política para convertirse en una cuestión de responsabilidad pública.















