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INDICADOR POLITICO: Morena: lecciones priistas mal leídas; KO por crisis internas

18 de febrero de 2026
in Carlos Ramírez

Carlos Ramírez

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En sus “Escenarios sobre el fin del PRI”, el ensayista en modo de futurólogo certero Gabriel Zaid estableció en 1985 que uno de los contextos del fin del PRI era el de las divisiones internas. Y así ocurrió: en 1987, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano fracturó al partido en el poder desde dentro a partir de la denuncia de desviación ideológica y el dedazo sucesorio y la derrota ocurrió en el 2000.

El activista y disidente priista Andrés Manuel López Obrador heredó en 1997 la presidencia del PRD, pero desde entonces comenzó a operar o un movimiento interno paralelo que cristalizó en el 2014 con el registro del partido Morena y ahí reventó al PRD.

El error estratégico actual del tabasqueño estuvo en un mal aprendizaje de las experiencias del PRI: Morena no es formalmente un partido político, ni tiene estructuras corporativas que el presidente Lázaro Cárdenas dotó al partido del Estado como la arquitectura interna del PRM-PRI.

López Obrador trasladó a Morena más los vicios del PRD con corrientes en modo de tribus balcanizadas y eludió las virtudes corporativas del PRI porque el secreto del presidente Cárdenas fue trasladar a la estructura del partido la lucha de clases que determinaba el modelo productivo mexicano en la disputa en modo marxista de burguesía y proletariado, pero convirtiendo a las clases no propietarias –obreros, campesinos, clases medias e intelectuales– en las mayorías del poder que dependían del PRI y de ahí se trasladaban sin intermediarios –y aquí hay que recordar el fracaso del maximato de Plutarco Elías Calles– al presidente en turno.

Morena, peor aún, ni siquiera es un entramado de movimientos sociales, porque hacia finales de su sexenio López Obrador decidió deshacerse de los liderazgos populares intermedios y entregarle el dinero de bienestar directo a los beneficiarios, y desde ese momento las tribus y grupos de presión internos se atrincheraron en las posiciones obvias de cargos de elección popular trabajando para sí mismo, aunque con la coartada de sumisión a liderazgo directo de López Obrador.

Como todas las bases de Morena vienen con el chip de las tradiciones priistas, su dinámica cotidiana responde a la búsqueda de beneficios de las tribus que de todos modos son importantes a la hora del acarreo de votos. En este sentido, los movimientos de grupos no organizados de la sociedad mayoritariamente pobre responden a la lógica de que el gobierno y el presidente en turno –antes López Obrador y ahora Sheinbaum Pardo– serían los encargados de pastorear lealtades.

El modelo de liderazgo presidencialista de López Obrador también se olvidó de las lecciones del presidencialismo priista. Y en ese espacio de movilidad política entre el gobierno y los beneficiarios de los programas sociales no hay estructuras intermedias de organización (como los Comités Pronasol del salinismo): Morena es una corporación de tribus que representan viejos liderazgos acostumbrados a vivir del presupuesto y el expresidente/presidente emérito López Obrador quiere seguir conduciendo el rumbo político pero sin aparecer, aunque como esos magos a los que los niños les adivinan los malos trucos.

La división en modo PRI 1987-1995 está a la vista en Morena: López Obrador sigue moviendo los hilos de la política en escenarios electorales, pero el poder presidencial real y a través de los programas de dinero regalado de manera directa a los beneficiarios lo tiene por razones obvias la presidenta Sheinbaum Pardo, y ahí es donde Morena se enreda en sus propias contradicciones y pantanos.

Si no hay un mando único entre política y gobierno, Morena no tendrá los instrumentos reales de movilización social, pero el dilema no va a ser fácil de resolver: o la presidencia total la tiene Sheinbaum Pardo o López Obrador, o el partido en el poder comenzará a hundirse en la desorganización como miras electorales. Y si se agrega la falta de un mando único para negociar a fondo, en vez de ventaja y sin control autoritario con el Partido Verde y con el Partido del Trabajo que son necesarios para la mayoría calificada legislativa en las elecciones de 2027, entonces se tiene el panorama de que Morena como partido en el poder-partido del Estado no podrá controlar el rumbo político-electoral.

Aunque se ha tratado de mantener cuando menos la imagen de liderazgo de López Obrador, de la funcionalidad operativa d Sheinbaum Pardo y la gestión a regañadientes desde el Palacio de Invierno de Palenque, las pugnas, choques, rebatinga, delaciones, desacuerdos, acusaciones y golpes en público entre morenistas están mostrando que Morena se encuentra en el arranque del proceso electoral de 2027 en una situación igual a la del PRI 1987-1995.

 

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Política para dummies: la política es la maestra de la vida… política.

carlosramirezh@elindependiente.com.mx

http://elindependiente.com.mx

@carlosramirezh

 

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

Indicador Político
Twitter: @ElIndpendiente

En sus “Escenarios sobre el fin del PRI”, el ensayista en modo de futurólogo certero Gabriel Zaid estableció en 1985 que uno de los contextos del fin del PRI era el de las divisiones internas. Y así ocurrió: en 1987, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano fracturó al partido en el poder desde dentro a partir de la denuncia de desviación ideológica y el dedazo sucesorio y la derrota ocurrió en el 2000.

El activista y disidente priista Andrés Manuel López Obrador heredó en 1997 la presidencia del PRD, pero desde entonces comenzó a operar o un movimiento interno paralelo que cristalizó en el 2014 con el registro del partido Morena y ahí reventó al PRD.

El error estratégico actual del tabasqueño estuvo en un mal aprendizaje de las experiencias del PRI: Morena no es formalmente un partido político, ni tiene estructuras corporativas que el presidente Lázaro Cárdenas dotó al partido del Estado como la arquitectura interna del PRM-PRI.

López Obrador trasladó a Morena más los vicios del PRD con corrientes en modo de tribus balcanizadas y eludió las virtudes corporativas del PRI porque el secreto del presidente Cárdenas fue trasladar a la estructura del partido la lucha de clases que determinaba el modelo productivo mexicano en la disputa en modo marxista de burguesía y proletariado, pero convirtiendo a las clases no propietarias –obreros, campesinos, clases medias e intelectuales– en las mayorías del poder que dependían del PRI y de ahí se trasladaban sin intermediarios –y aquí hay que recordar el fracaso del maximato de Plutarco Elías Calles– al presidente en turno.

Morena, peor aún, ni siquiera es un entramado de movimientos sociales, porque hacia finales de su sexenio López Obrador decidió deshacerse de los liderazgos populares intermedios y entregarle el dinero de bienestar directo a los beneficiarios, y desde ese momento las tribus y grupos de presión internos se atrincheraron en las posiciones obvias de cargos de elección popular trabajando para sí mismo, aunque con la coartada de sumisión a liderazgo directo de López Obrador.

Como todas las bases de Morena vienen con el chip de las tradiciones priistas, su dinámica cotidiana responde a la búsqueda de beneficios de las tribus que de todos modos son importantes a la hora del acarreo de votos. En este sentido, los movimientos de grupos no organizados de la sociedad mayoritariamente pobre responden a la lógica de que el gobierno y el presidente en turno –antes López Obrador y ahora Sheinbaum Pardo– serían los encargados de pastorear lealtades.

El modelo de liderazgo presidencialista de López Obrador también se olvidó de las lecciones del presidencialismo priista. Y en ese espacio de movilidad política entre el gobierno y los beneficiarios de los programas sociales no hay estructuras intermedias de organización (como los Comités Pronasol del salinismo): Morena es una corporación de tribus que representan viejos liderazgos acostumbrados a vivir del presupuesto y el expresidente/presidente emérito López Obrador quiere seguir conduciendo el rumbo político pero sin aparecer, aunque como esos magos a los que los niños les adivinan los malos trucos.

La división en modo PRI 1987-1995 está a la vista en Morena: López Obrador sigue moviendo los hilos de la política en escenarios electorales, pero el poder presidencial real y a través de los programas de dinero regalado de manera directa a los beneficiarios lo tiene por razones obvias la presidenta Sheinbaum Pardo, y ahí es donde Morena se enreda en sus propias contradicciones y pantanos.

Si no hay un mando único entre política y gobierno, Morena no tendrá los instrumentos reales de movilización social, pero el dilema no va a ser fácil de resolver: o la presidencia total la tiene Sheinbaum Pardo o López Obrador, o el partido en el poder comenzará a hundirse en la desorganización como miras electorales. Y si se agrega la falta de un mando único para negociar a fondo, en vez de ventaja y sin control autoritario con el Partido Verde y con el Partido del Trabajo que son necesarios para la mayoría calificada legislativa en las elecciones de 2027, entonces se tiene el panorama de que Morena como partido en el poder-partido del Estado no podrá controlar el rumbo político-electoral.

Aunque se ha tratado de mantener cuando menos la imagen de liderazgo de López Obrador, de la funcionalidad operativa d Sheinbaum Pardo y la gestión a regañadientes desde el Palacio de Invierno de Palenque, las pugnas, choques, rebatinga, delaciones, desacuerdos, acusaciones y golpes en público entre morenistas están mostrando que Morena se encuentra en el arranque del proceso electoral de 2027 en una situación igual a la del PRI 1987-1995.

 

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carlosramirezh@elindependiente.com.mx

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