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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: ¡Llamando a la base de la luna…!

En memoria de Vidal Elías
Javier y yo tendríamos seis años cuando desde la azotea de la casona del
barrio lanzábamos apremiantes mensajes a nuestra flotilla espacial trenzada con
las huestes de Ming, el despreciable emperador de Mongo.
Las batallas eran feroces. Nadie daba cuartel. Ni los llamados siniestros de
nuestras madres nos apartaban de la capitanía de la defensa sabatina de la
tierra… hasta que el silbato de “La Paloma” nos lanzaba escaleras abajo a la calle
terregosa para coger los primeros panes en la bocona del horno de barro.
“¡Llamando a la base de la luna…!”
Ese reclamo oloroso a caja de Fab convertida en nave espacial es la llave
que abre el portón a los recuerdos de una infancia que se me escurrió sin remedio
entre los dedos.
“Qué horrible destino para un muchacho tan bello”, exclamó el viejo poeta
inglés al reencontrar su retrato infantil.
Javier era hijo de Liborio Ruiz, banderillero que en los domingos de corrida
rezaba a la Guadalupana antes de partir a la plaza, deslumbrante y con mirada
clara, seguido por los sollozos apagados de mi madrina y de Yolanda, la hija
mayor y mi amor imposible.
Muchos años después regresé a la casona del barrio con Chelita y con
Nena. El portón estaba blindado con gruesos barrotes y los vecinos asomaban su
desconfianza por una mirilla.
Ahí supe que la victoria fue de Ming cuando vi el enorme patio, la ancha
escalera, los cuartos que por las noches se poblaban de miedos, el comedor en
donde una mañana encontré a Normita entre flores sobre la mesa, y la azotea de
nuestra base de lanzamiento lunar, reducidos a minúsculas, ridículas
proporciones.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Me sentí culpable porque abandoné la plaza para hacerme adulto y lidiar
con la vida.
Sí, como dijo Vidal Elías, en aquellos años cualquier palo de escoba era
caballito. Y cualquiera de nosotros héroe, hombre alado, capitán de corsarios, jefe
de pandilla y, por la noche, niño acurrucado entre brazos amorosos que eran
como el fin del mundo, cuando nuestras madres y abuelas nos dejaban en la cama
después de la merienda.
¿Qué nos pasó? Un proverbio irlandés dice que las tres más breves huellas
son las de un pájaro sobre una rama, la de un pez en un estanque y la de un
hombre en el alma de una mujer. Añado una cuarta: la de la niñez en la vida del
adulto.
¿Qué pasa con la literatura testimonial, con las cuartillas del recuerdo? Casi
todos tenemos algo que decir de nuestro pasado -aunque algunos pobres apenas
si se dan cuenta de que viven en el presente.
Mi percepción es que son pocos quienes tienen la fortaleza para compartir
recuerdos infantiles porque a la mayoría nos da pena. Incomoda que los demás se
enteren de que dormíamos con un osito de peluche, porque de ahí a adivinar que
mojábamos la cama hay apenas un paso.
Pero quiénes sí se atreven, nada más y nada menos que iluminan nuestras
vidas.
Todos recordamos páginas autobiográficas de los famosos. Pero me
pregunto si valen más los recuerdos del Nobel Coetzee que la deliciosa narración
de Rosa de Castaño en su Rancho estradeño o si es más importante la Historia de
una granja africana de Olivia Schreiner que la memoria que Rosa King nos legó en
Tempestad sobre México.
Es de ociosos eso de la crítica, y lo traigo a colación únicamente para
ejemplarizar mi argumento. Abrir un libro de memorias es como abrir, sin haber
tocado, la puerta de una casa a la que sólo conocemos por fuera: algunos sentirán
que la sangre les sube al rostro, otros se regodearán con el morbo, a unos les
dolerá el estómago y los más sentirán que el corazón se les acelera al

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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reconocerse en los personajes que pueblan un jardín amorosamente construido…
como el de Vidal Elías.
Pues se requieren agallas para abrirse así. “Aquí mis entrañas: ¡venid,
cuervos!” Pero no sólo de agallas se hace literatura, como sabe cualquier
estudiante de letras. ¿Cualquier estudiante de letras? ¡Cualquier lector!
La literatura se hace, con perdón de don Perogrullo, con ritmo, con eufonía,
con imágenes bellas, con el diestro manejo del lenguaje en que tuvimos la fortuna
de nacer y la gracia de crecer, y con trabajo, ¡con mucho trabajo!
“La mañana en que conocí al mar, lo habían traicionado las gaviotas y no
tenía a una Alfonsina ni naufragios que me reconfortaran”, dice Vidal Elías de su
primera excursión al lugar en donde termina la tierra, a donde lo llevaron
enfundado en una cotorina multicolor y protegido por su inseparable osín. Y no
tiene que decir más para que el lector se sienta transportado a la pedregosa playa
azotada por los fríos y arenosos vientos cruzados del norte del rincón veracruzano
que lo vio nacer.
Habita las páginas de Cuando cualquier palo de escoba era un caballito,
una memoria, sí, pero también el anuncio de una obra literaria que Vidal ya no
pudo regalarnos. Porque en literatura ni todos los palos son caballitos ni todas las
azoteas bases lunares. La literatura es la posibilidad de no abandonar la plaza. Es
recuperar, con amor, una parte de la vida que llevamos dentro y entregarla a todos
los seres amados que son los lectores.
Vidal Elías dio el primer paso de los mil kilómetros del proverbio chino. Le
auguro un viaje luminoso.
¡Descanse en paz!

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13 de junio de 2021

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