Es asombroso que esta humanidad nuestra haya logrado la hazaña de
poner hombres en la luna, lanzar máquinas inteligentes a las profundidades del
espacio y tener ahora mismo en camino a cuatro astronautas rumbo a nuestro
satélite mientras que al mismo tiempo no atina a explicarse muchas cosas de
nuestro propio planeta.
Recordamos que casi con la mano en la cintura se puso en órbita el
telescopio Hubble para fisgonear en las galaxias más distantes, pero hasta hace
unas cuantas décadas los geólogos debatían y se satanizaban entre sí por
diferencias sobre la edad de la tierra.
Todavía resuenan en el imaginario colectivo aquellas palabras de “un
pequeño paso para un hombre, un enorme salto para la humanidad” radiadas
desde 390 mil kilómetros, pero acá abajo seguimos sin tecnología para rescatar a
la tripulación de un submarino accidentado a 600 metros de profundidad en el mar.
Asómbrese: apenas en 1991 se confirmó la teoría de que fue un meteorito
el responsable de la aniquilación de los dinosaurios. Y para este México que anda
siempre de capa caída porque no ganamos medallas ni de plomo, me place
informar que fue en Chicxulub, Yucatán, en donde hace 65 millones de años cayó
la roca que eliminó a las grandes lagartijas y dejó libre el camino a los mamíferos,
es decir, a nosotros… y de paso aplanó la península y la dejó lista para los
paisajes maravillosos que hoy conocemos como la tierra del faisán y del venado.
Ese meteorito de diez kilómetros de diámetro hizo un cráter de 180
kilómetros de ancho y 45 kilómetros de profundidad (que ahí sigue, bajo miles de
metros de caliza). Pemex lo exploró en 1955 y dictaminó que era de origen
volcánico. Pero en 1995 los geólogos confirmaron que precisamente ahí, ¡máre!,
había tenido lugar el gran impacto y uno de los profundos enigmas de la historia
quedó resuelto.
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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¿Qué sucedió? La explosión del golpe fue equivalente a varios miles de
veces el arsenal termonuclear del que hoy disponen los países civilizados y
levantó una nube de polvo que oscureció la atmósfera y alteró el clima durante
más de diez mil años. Los pobres reptiles no sobrevivieron, pero nuestros peludos
antepasados de sangre caliente sí.
Pensarán mis improbables lectores que sesenta y cinco millones de años es
muchísimo tiempo y que soy un catastrofista. Pues bien, les informo que unos dos
mil asteroides como aquél regularmente se acercan la trayectoria de la tierra. En
1991 una roca del tamaño de una casa, clasificada como “1991 BA”, pasó a tan
sólo 160 mil kilómetros de nosotros, en términos espaciales el equivalente a una
bala calibre .45 que atraviesa una manga sin herir a su dueño.
¿Por qué un objeto tan pequeño en relación con el tamaño del planeta
podría ahora terminar con nuestra especie? Porque al entrar en la atmósfera
provocaría temperaturas de 60 mil grados Kelvin -diez veces el calor en la
superficie solar- y todos los objetos en esa trayectoria –casas, autos, edificios,
personas, perros, gatos, vacas y políticos … particularmente estos- se
chamuscarían como papel celofán en un milisegundo. Al momento de la explosión
una onda expansiva a casi la velocidad de la luz arrasaría instantáneamente un
radio de 200 kilómetros y unos segundos después algunos miles más. Se cree que
mil millones de seres humanos perecerían en los primeros segundos. Después,
una reacción en cadena de temblores, explosiones volcánicas y tsunamis azotaría
al planeta, y nuevamente el polvo taparía la luz del sol durante algunos miles de
años.
Una posibilidad terrible. La buena noticia es que un impacto así puede tener
lugar sólo cada millón de años, así que por lo menos estamos a salvo de esa
catástrofe … a menos que estemos en el año 999,999. Pero esto me lleva a la
siguiente pregunta: ¿una pequeña cosa es una cosa pequeña? No piense el lector
que amanecí anfibológico. Creo que la pregunta tiene sentido en este mundo
nuestro de las grandes hazañas y los aún mayores avances tecnológicos.
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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Nos dejamos deslumbrar con demasiada facilidad por “lo grande” y por “lo
portentoso” y dejamos de ver las pequeñas cosas que son las verdaderas
maravillas de la vida.
Pensemos en nuestro cuerpo. Al pobre lo llevamos por la existencia como a
un estuche necesario pero estorboso. Casi nunca nos detenemos a pensar en
cómo funciona este maravilloso receptáculo del espíritu. Si nos cortamos en la
afeitada matutina, en vez de maldecir por el qué dirán en la oficina, pensemos en
el milagro de la coagulación. En el instante en que la navaja rasga la piel, unas
veinte proteínas acuden en masa para tapar el molesto flujo de sangre. ¿Le
parece una banalidad? Pues fíjese que si una sola de esas proteínas faltara, usted
sencillamente se desangraría. Esta es una de esas pequeñas cosas. Un
hemofílico es alguien que no tiene completa su batería proteínica.
¿Y qué me dice de los fagocitos? Estos corpúsculos andan navegando
plácidamente por el cuerpo, casi dormidos, al lado de los glóbulos rojos y los
glóbulos blancos. Pero en el instante mismo en que una bacteria se introduce a la
sangre despiertan y se lanzan furiosos a combatir al agresor. ¡Y en ninguna parte
hay un monumento a las proteínas o a los fagocitos!
Echemos un vistazo a nuestro alrededor y descubriremos otras pequeñas y
maravillosas cosas. Una hormiga es capaz de transportar objetos cientos de veces
más pesados que ella; si fuese del tamaño de un perro sería más poderosa que el
más potente de los bulldozers. Una mariposa monarca viaja miles de kilómetros y
regresa al árbol familiar en Angangueo con mayor precisión que un rayo láser. El
murciélago se guía en la oscuridad con un sonar que ya quisieran en la NASA
para un día de fiesta.
De la estrella más cercana a la tierra, Proxima Centauri, sabemos casi todo:
que está a 4.3 años luz, que tiene una magnitud aparente de -0.3, que integra un
sistema de tres cuerpos en donde dos giran uno alrededor del otro en un periodo
de 80 años y el tercero en aproximadamente un millón de años… ¡Fantástico! Pero
acá abajo, en el planeta de las pequeñas cosas, ¿realmente conocemos y
comprendemos cómo funciona la clorofila, el insignificante pigmento verde gracias
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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al cual podemos vivir? Sí, claro. Sabemos que está compuesto por grandes
moléculas de carbono e hidrógeno y que en su núcleo tiene un único átomo de
magnesio. O sea, que lo conocemos tan bien como a Proxima Centauri. Con la
diferencia de que la clorofila posee la modesta habilidad de transformar la energía
luminosa del sol en energía química, lo cual permite la vida vegetal, lo que a su
vez sustenta la vida animal, la que por su parte posibilita que en la llamada tierra
habite una especie que tiene conciencia de sí misma y se autoproclama humana,
lo que se traduce en que yo pueda escribir una columna justo al cierre de la
semana llamada santa cuando está científicamente comprobado que nadie lee las
columnas.
Apenas una pequeña cosa.
5 de abril de 2026











