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JUEGO DE OJOS: Ícaro en La Laguna

18 de enero de 2026
in Miguel Ángel Sánchez de Armas
JUEGO DE OJOS/ Un adiós a La onda y El juvenilismo
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Se llamaba Cliserio y quería volar. No quería viajar, ni huir, ni llegar a otro
lugar ni conocer nuevas tierras. Quería ver el mundo desde el cielo, como lo ven
las aves.
Tenía diecisiete años y era campesino del ejido Florencia en la Comarca
Lagunera, uno de tantos hijos del surco y del polvo. Todos los días miraba el
despegue de los aviones del aeropuerto de Torreón. Por las noches en la cama de
paja de la choza de sus padres se dormía imaginando casas diminutas, caminos
que se encogen, hombres convertidos en puntos. No soñaba con motores ni con
rutas aéreas. Soñaba con la altura.
Sin saberlo, Cliserio estaba repitiendo una historia antigua. No la había
leído. Nadie se la contó. En su mundo no había mitología griega ni advertencias
solares. Pero el impulso era el mismo: elevarse aunque el cuerpo no esté hecho
para eso. Ícaro también fue joven. También creyó que bastaba el deseo.
Sabía que nunca tendría dinero para subirse a un avión, así que hizo lo
único que podía hacer un muchacho muy pobre con una obsesión muy grande: se
acercó y buscó la oportunidad. “Comenzó por apersonarse con los mecánicos del
Aeropuerto”, recuerda el cronista Federico Sáenz Negrete. “Era común verlo servir
de achichincle entre los trabajadores del puerto aéreo. Era aceptada la presencia
del joven que acariciaba el fuselaje de los DC-3 con verdadero respeto e ilusión.”
Tampoco sabemos cómo le fue creciendo la idea de que bien colocado y
detenido con firmeza podría acompañar al pájaro metálico en su ascenso. Lo que
sí tuvo claro fue que era algo que sólo al amparo de la noche podría lograr. En su
crónica de El Siglo de Torreón, Sáenz Negrete explica: “El joven observó
perfectamente la mecánica de aterrizajes y despegues. Sabía que dependiendo
del viento, los pilotos, en coordinación con la torre de control, elegían el sentido
del despegue y que antes de iniciar la carrera, el avión se detenía unos minutos
para probar los instrumentos. Esos minutos podrían ser el momento adecuado
para abordar el aparato y aferrarse al fuselaje. Ya lo había practicado con aviones

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

2
que estaban en mantenimiento. Su cuerpo encajaba perfectamente en el ala
trasera y podría apoyar los pies en el empenaje, donde los flaps ensamblan con el
ala. Practicó cómo insertar los brazos para quedar bien sujeto cuando llevara a
cabo su soñado vuelo. Sueño de un niño campesino, qué le vamos a hacer.”
En la noche del 8 de octubre de 1950, Cliserio se coló por un desgarro de la
reja perimetral del aeropuerto en espera de su oportunidad. Vio aproximarse el
DC-3 XA-FUM de “Líneas Aéreas Mineras”. A los controles iban el capitán Jorge
Guzmán Lavat y el primer oficial Guillermo Bueno, con 21 pasajeros, diputados y
senadores, que viajaban a la capital de la República.
Esa noche soplaba viento del sureste y el avión se dirigió a la lejana
cabecera 12 en donde Cliserio se ocultaba. Los pilotos lo alinearon, checaron
magnetos, aceleraron e iniciaron la carrera de despegue. Faltaban unos minutos
para las 12 de las noche. En ese momento Cliserio saltó y se abrazó a la cola. Al
empenaje. Al timón trasero derecho. Se quedó ahí.
Guzmán Lavat era un piloto experimentado, formado en una generación
donde volar no era un oficio sino una prueba. Fue piloto en la Real Fuerza Aérea
Canadiense durante la Segunda Guerra Mundial y era extremadamente
profesional, muy admirado y estimado en la aviación mexicana. Pertenecía a esa
estirpe de aviadores para quienes el riesgo no era abstracto. Hombres que habían
pensado la muerte en serio.
Al despegar sintió una vibración leve. Luego otra, más intensa. No le gustó.
La experiencia le habló antes que los instrumentos. Media hora después decidió
regresar. Algo no estaba bien. Quizá en ese momento no podía saberlo, pero el
peligro que no lo alcanzó en cielos europeos pudo haberlo esperado ahí mismo,
sobre Torreón. No en combate, sino en un vuelo doméstico, con traje civil y
pasajeros ilustres, por un muchacho colgado del fuselaje como una idea imposible.
“Afortunadamente”, dice Sáenz, “el piloto giró el ala hacia donde nuestro
héroe se aferraba a la vida, de haberlo hecho al lado contrario, la fuerza centrífuga
hubiese lanzado a Cliserio por los aires y su historia hubiese permanecido en el
limbo.”

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

3
Cuando aterrizaron, la cola bajó con violencia. Al inspeccionar encontraron
al muchacho que quiso volar. Cliserio estaba apenas estaba consciente y desnudo
salvo un gorro y unas gafas de aviador. El viento de 290 kilómetros por hora le
había desgarrado la ropa y nadie se explicó cómo había sobrevivido al frío.
Ícaro cayó al mar. Cliserio no. No porque fuera más sabio, sino porque el
mundo en que cayó era otro. No cera ni plumas, sino aluminio y tornillos. No
dioses vigilantes, sino un piloto atento que decidió volver.
Nadie celebró la hazaña de Cliserio. Se habló de cargos, de castigos
ejemplares, de barrotes de prisión, de poner orden en el cielo. Pero llegaron los
periodistas, la historia dio la vuelta al mundo y el pueblo decidió otra cosa. La
revista Time publicó la hazaña con la cabeza “Free Loader”. Se organizaron
colectas populares en la toda la Comarca Lagunera para pagar la fianza y
liberarlo. Dos médicos laguneros avecindados en la Ciudad de México enviaron
fondos suficientes para la defensa legal. Dicen que Pedro Infante, también piloto,
ayudó. Y así fue como Cliserio obtuvo su libertad. “Una libertad bastante menor a
la que había obtenido aquella noche estrellada, cuando desafió todo el catálogo de
leyes y candados que fijan nuestras cadenas, muchas veces autoimpuestas,”
reflexionó Sáenz.
Con el tiempo, Cliserio aprendió a volar y montó una empresa de
fumigación aérea en Chiapas. Murió en 1997, viejo ya.
En la mitología, el castigo es ejemplar. En la realidad mexicana, a veces
hay indulto. No por justicia divina, sino por terquedad humana.
Se llamaba Cliserio Reyes Guerrero. Y antes de ser piloto, antes de ser
mito, antes de ser noticia, fue eso: un muchacho campesino que quiso volar.
18 de enero de 2026
[email protected]

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