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JUEGO DE OJOS: Estrellas que fulguran

1 de febrero de 2026
in Miguel Ángel Sánchez de Armas
JUEGO DE OJOS/ Un adiós a La onda y El juvenilismo
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Hay sentencias que no envejecen porque se acuñaron no para complacer,
sino para describir. El gran periodista Edgar Snow, fallecido hace 52 años este
mes, escribió una en tiempos en que era peligroso decir ciertas ideas en voz alta:
“Las revoluciones no son causadas por los revolucionarios ni por su propaganda.
Las revoluciones son causadas por condiciones intolerables bajo gobiernos malos,
incompetentes y corruptos”. No fue consigna, sino constatación. Y por eso no deja
de incomodar a las clases políticas de todos los signos.
Estrella roja sobre China es el libro que Snow publicó en 1937. Fue
denunciado como “panfleto disfrazado de reportaje” por los catecúmenos de Joe
MacCarthy. Lo sufrieron como algo perturbador y provocador: periodismo hecho
en el lugar equivocado, en el momento equivocado y con la gente equivocada.
Pero Snow no escribió sobre China para justificar una revolución. Viajó y vivió en
el Oriente para entender por qué un país estaba al límite y por qué tantos estaban
dispuestos a jugarse la vida para cambiarlo.
Recordamos el episodio porque la caricatura fue eficaz. Durante la Guerra
Fría, Snow fue tachado de “títere comunista”, “idiota útil” y “glorificador del
totalitarismo”. En su tiempo, como hoy, el poder hizo lo que siempre hace con
quien se niega a rezar el evangelio oficial: desacreditarlo. Pero Snow no fue un
converso ni un propagandista. Fue un reportero que llegó a Asia y se quedó
porque entendió que ahí estaba ocurriendo algo que el lenguaje diplomático no
alcanzaba a explicar. La relectura de ese libro aporta elementos sobre el carácter
histórico y político de China que nos permitirían calibrar mejor y entender con
mayor matiz el enfrentamiento actual con Estados Unidos, que hoy tiene al mundo
en vilo.
Snow entró donde no se podía entrar. Fue el primer periodista yanqui a
quien el Ejército Rojo permitió reportear en sus filas. Habló con quienes no tenían
voz. Caminó con campesinos y soldados que no discutían teorías sino comida,
alfabetización y dignidad. Vio miserias extremas bajo el Kuomintang y, entre los

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

2
rojo, una disciplina nueva, áspera, igualitaria, que prometía algo elemental: que
nadie hiciera negocio con la miseria ajena. Se hizo amigo de Mao Zedong y de
Zhou Enlai, pero se negó a que los dirigentes revisaran el manuscrito del libro que
escribía.
Estrella roja sobre China fue traducido al chino y publicado en marzo de
1938 por un grupo clandestino en Shanghái con el título de Xixing Manji. Se hizo
inmensamente popular. Inspiró a millares de jóvenes a unirse al Ejército Rojo pero
no por eso fue propaganda. Fue un libro honesto en un mundo construido sobre
mentiras. El entusiasmo no nació del estilo de Snow, sino de la visión de un orden
social distinto en un país devastado.
Hay libros que no registran un momento, sino que explican un quiebre
histórico. A esa estirpe pertenece la obra de Snow. Es la misma a la que John
Hersey llevó Hiroshima. Cuando Hersey entregó su texto a The New Yorker en
1946, los editores comprendieron que no era un reportaje más. Pensaban
publicarlo por entregas y tomaron una decisión insólita: dedicarle todo el número,
30 mil palabras sin secciones. No fue una apuesta editorial, sino el reconocimiento
de que ese periodismo no podía fragmentarse sin perder su sentido. Snow hizo
algo semejante una década antes: no narró un episodio chino, sino que ofreció al
mundo una clave para entender por qué una revolución había dejado de ser
evitable. En ambos casos, el periodismo dejó de acompañar la historia y pasó a
intervenir en ella.
Esa misma tradición se revela en Diez días que conmovieron al mundo, de
John Reed, el periodista que narró la Revolución rusa desde una militancia
abierta. Lenin la consideró tan precisa que la prologó. Antes, Reed había hecho
algo semejante en los artículos que después leímos como México insurgente,
donde contó la Revolución mexicana desde una cercanía militante con la causa
villista. No creo caer en una exageración si, por su mirada crítica del poder y su
distancia frente a la épica, incluyo en esta tradición La sombra del caudillo.
La comparación es reveladora no por afinidad sino por contraste. Reed
escribió como testigo comprometido con la causa que observaba y celebraba;

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

3
Snow, en cambio, se cuidó de no confundirse con aquello que narraba. Donde
Reed creyó, Snow preguntó. Donde uno se dejó arrastrar por la épica del
acontecimiento, el otro se empeñó en explicar por qué había dejado de ser
evitable. Esa distancia no lo vuelve menos influyente; lo vuelve más incómodo. Por
eso Estrella roja sobre China sigue siendo periodismo antes que documento
partidario.
Muchos juzgaron a Snow por lo que vino después: el culto al Gran Timonel,
el Gran Salto Adelante, las hambrunas, la “Revolución Cultural” … pero el
periodismo no es futurismo. Snow escribió sobre lo que vio con una cautela
semejante a la de Heródoto en las Historias. Señaló límites y dejó constancia de lo
que no podía comprobar.
En Estados Unidos pagó el precio: lo vigiló el FBI, se le cerraron puertas,
sus conferencias fueron boicoteadas y su nombre quedó en la interminable
relación de listas negras que hoy MAGA ha revivido. El país que se proclamaba
campeón de la libertad de prensa no toleró que alguien explicara una revolución
sin condenarla primero. Snow lo dijo con una lucidez amarga: una sociedad que
obliga a pensar en clave lemming termina pareciéndose a aquello que dice
combatir. Por eso acabó en el exilio. Por eso su nombre fue borrado con cuidado.
Y por eso sigue siendo necesario.
Hay un episodio que resume mejor que ningún otro la estatura de Snow …
y la mezquindad del poder. A finales de los sesenta, Mao le confió la invitación
para que Nixon visitara China. No fue por un canal diplomático ni vía una oficina
secreta, sino la petición explícita de un amigo a otro: “Recibiremos a Nixon como
presidente o como ciudadano privado”. Snow transmitió el mensaje. Nada más.
Nada menos.
Henry Kissinger, que ya tenía la mira puesta en ese encuentro y el ego listo
para apropiárselo, se lanzó de inmediato a sus negociaciones secretas y con su
acostumbrada eficacia borró al testigo incómodo. Snow quedó fuera del relato
oficial. No recibió el mínimo crédito. Murió de cáncer en la misma semana en que
Nixon viajaba Pekín para brillar como estadista. Así se escribe la historia cuando

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

4
la pluma la sostienen los burócratas: el periodista abre la puerta y el “estratega” se
queda con la fotografía.
Snow fue un liberal que creyó en la reforma hasta que la realidad le
demostró que no siempre llega a tiempo. No celebró la violencia, pero entendió su
origen. No santificó a los revolucionarios, pero se negó a demonizarlos por
sistema. Esa posición intermedia, incómoda, es la que hoy casi nadie quiere
ocupar. Preferimos la consigna, el juicio inmediato, el tuit inflamado. Snow apostó
por algo más difícil: mirar de cerca y escribir lo que veía, aunque nadie quedara
satisfecho.
Su estrella aún brilla porque no fue la de un ideólogo, sino la de un testigo.
Porque recordó algo que conviene repetir cuando vuelve a ser peligroso decirlo:
las revoluciones no empiezan en los libros ni en los discursos, sino cuando
gobernar se vuelve una forma organizada de humillar.
Hay también una geografía póstuma que dice tanto como los libros. John
Reed yace en la muralla del Kremlin, incorporado al panteón de una revolución
que abrazó sin reservas, pero olvidado en el México heredero de otro gran
movimiento social. Edgar Snow tiene una placa en la Universidad de Pekín,
reconocimiento tardío pero elocuente de un país que entendió que alguien había
sabido mirarlo sin consignas. John Hersey, en cambio, descansa en el West Chop
Cemetery de Martha’s Vineyard, lejos de monumentos y capitales, en una colina
tranquila frente al Atlántico. Ningún poder lo reclama. Quizá porque Hiroshima no
necesitó banderas ni avales: bastó con decir lo que había ocurrido para cambiar
para siempre la manera en que el mundo entendió la guerra.
Tres periodistas, tres revoluciones narradas, tres tumbas distintas. Y una
misma certeza: el periodismo que importa no busca un lugar en la historia; la
historia termina por señalarle uno.
Snow, Reed y Hersey: estrellas incandescentes del periodismo.

1 de febrero de 2026
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