Lo escribió Ashley Parker en The Atlantic el pasado 4 de febrero: “Estamos
presenciando un asesinato. Jeff Bezos, el multimillonario propietario de The
Washington Post, y Will Lewis, el editor que él mismo nombró a finales de 2023,
están dando el último paso en su plan para acabar con todo lo que hace especial
al periódico. El Post ha sobrevivido durante casi 150 años, evolucionando de un
periódico familiar local a una institución nacional indispensable y un pilar del
sistema democrático. Pero si Bezos y Lewis continúan por el mismo camino,
podría no sobrevivir mucho más.”
Tres días más tarde Will renunció. Dio las gracias a Jeff por “su apoyo y
liderazgo” durante su gestión al frente del Post. Y para dejar en claro de que no
hubo desacuerdos, puntualizó: el periódico “no podría tener un mejor propietario.”
La pregunta no es por qué renunció Will, sino por qué llegó al puesto en
primer lugar. Y la respuesta es obvia: como el alacrán que picó a la rana al cruzar
el arroyo, los hombres de negocios y los políticos tienen en su naturaleza sólo
cuidar sus propios intereses. Will fue contratado pese a su cuestionado
desempeño en medios ingleses no para servir a los auditorios y promover la
democracia, sino para ahorrar dinero y aumentar las ganancias. Como no dio
resultados lo echaron. “That’s all, folks!”
Cuando en 1971 el New York Times tuvo el expediente secreto sobre
Vietnam, el abogado del diario objetó la publicación en aras del interés
empresarial. “Punch” Sulzberger, el dueño, le dijo que su deber era cuidar el
interés de los lectores, no el de los accionistas, y lo cesó. ¿Bezos fue cruel,
despiadado e insensible al despedir a 300 jefes de familia sin parpadear? No. Es
un hombre de negocios con intereses políticos. “Punch” era un periodista. Jeff
sigue su instinto empresarial. “Punch” siguió su responsabilidad social.
Esto lo vemos en todo el mundo y ya ni siquiera debiera ser noticia. Los
medios de comunicación en manos de empresarios y políticos (o en híbridos de
los dos) son máquinas de ganar dinero y salvoconductos políticos. ¿Y las
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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audiencias? Pues a esas, como famosamente dijera Margarita Michelena en aquel
duelo con José Luis Mejías, “¡que las muerda un dromedario!” Los empresarios-
políticos igual tienen de los auditorios la misma opinión que Porfirio Remigio tenía
de las escuadras bicicleteras italianas.
Al comentar el episodio aclaro interés personal. Tuve una fase formativa
cuando el Post desarticuló el affaire Watergate y escribí una tesis sobre el
episodio. Estuve en la redacción del diario en Washington con Marty Gershen la
noche en que retiraron la última máquina de escribir mecánica y ahí conocí a Bob
Woodward, a quien unos años después recibí con mis alumnos en la Universidad
Iberoamericana.
Quizá el Post corra la misma suerte que el Washington Star, plegado el 7
de agosto de 1981 después de 128 años de vida. Desapareció ante la mirada
impávida -y creo que complaciente- de Reagan. El sucesor que hoy ocupa el
despacho oval tampoco derramará una lágrima por el Post.
Por interés periodístico y curiosidad malévola pedí a una de las criaturas de
la camarilla de Bezos et al. que me dijera qué “pensaba” de la demolición del
periódico emprendida por el millonario, y he aquí una porción de las muchas
cuartillas que devolvió la inteligencia artificial. A lo largo del texto hay un rintintín
en tono de “parricidio digital”:
“Hay periódicos que, por un instante, parecen el rostro mismo de la
democracia. No porque sean perfectos -ninguno lo es-, sino porque encarnan una
expectativa colectiva: la de que alguien, en algún lugar, todavía está dispuesto a
incomodar al poder con documentos, con hechos, con preguntas que no se dejan
domesticar. Durante un tiempo, The Washington Post fue eso. No solo un diario de
la capital estadounidense, sino una máquina cívica que, cuando el sistema se
pudría, se atrevía a decirlo en voz alta. Watergate no fue únicamente un
escándalo: fue un mito fundacional, un acto de fe en la prensa como contrapeso
real, como fuerza capaz de inclinar la balanza.
“Por eso duele verlo ahora. No porque un periódico deba conservar para
siempre su edad de oro -las instituciones envejecen, los públicos se transforman,
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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las tecnologías mutan-, sino porque la decadencia del Post no parece el desgaste
natural de los años. Se parece más a un desmantelamiento. Un desmontaje
deliberado. Una reconversión en la que el propietario -Jeff Bezos, símbolo de la
nueva aristocracia digital- decidió que el periódico podía ser cualquier cosa menos
lo que prometió que sería: un espacio de independencia editorial, un bastión
profesional que no se subordinaría a la lógica del dueño.
“Cuando Bezos compró el Post en 2013, el gesto fue leído como salvación.
No faltaron quienes celebraran que un multimillonario, con recursos casi infinitos,
rescatara a un medio histórico del naufragio económico que arrastró a tantos
diarios. Se habló de modernización, de inversión tecnológica, de renovación. Pero
lo que más se repitió -como si fuera una cláusula moral- fue la promesa: Bezos no
interferiría. El Post seguiría siendo el Post. El propietario pondría dinero, no
pondría línea. Y en un mundo donde los medios se compran como se compran
equipos deportivos, esa promesa sonaba a milagro.
“El milagro, como suele ocurrir, duró lo que dura la ilusión. Lo que estamos
viendo hoy no es una crisis cualquiera, ni un ajuste administrativo, ni el pleito
rutinario entre periodistas y gerentes. Es una reconfiguración de fondo: del modelo
de negocio, sí, pero también de la relación entre la sala de redacción y el
propietario. Y cuando esa relación se altera, el periodismo deja de ser una
institución y se convierte en un departamento. Un área más. Un engrane. Algo que
se optimiza, se recorta, se reordena, se alinea.
“Y aquí conviene detenerse en una paradoja: The Washington Post fue el
periódico que enseñó al mundo moderno que el poder puede caer si se insiste.
Que la paciencia, el archivo, el testimonio, la corroboración, pueden derribar a un
presidente. Sin embargo, hoy parece incapaz de defender su propia
independencia frente al poder más cercano: el poder del propietario. Ese poder no
necesita censura explícita. No necesita llamadas telefónicas ni órdenes escritas.
Le basta con lo que el capitalismo contemporáneo ha perfeccionado: el control por
estructura. El control por diseño. El control por “estrategia”.
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“Bezos no tiene que decir ‘no publiquen esto’. Le basta con instalar una
cultura en la que la pregunta no sea ‘¿esto es cierto?’, sino ‘¿esto conviene?’. Le
basta con crear incentivos, castigos y prioridades. Le basta con nombrar a los
administradores adecuados, con imponer una visión, con convertir el periódico en
una marca que debe ser rentable y dócil, eficiente y previsiblemente exitosa.
“El problema es que los periódicos ya no se piensan como instituciones
cívicas, sino como activos. Y un activo no puede darse el lujo de ser un problema.
Un activo debe crecer, debe rendir, debe producir retornos. El periodismo, en
cambio, suele producir enemigos. Suele producir demandas. Suele producir
conflictos. Y ese es el choque central. El Post no está decayendo solo por errores
editoriales o por el paso del tiempo: está decayendo porque el periodismo y la
lógica de Amazon no son compatibles. Una empresa que se construyó sobre la
eficiencia extrema, la automatización, la reducción de costos y el control total de la
cadena, no puede mirar con simpatía una redacción que se rige por el caos
creativo, por el olfato, por la duda, por la lentitud que exige verificar.
“En ese sentido, la decadencia del Post no es un drama aislado. Es un
episodio de una tragedia mayor: la conversión de la prensa en un apéndice de los
grandes capitales. Los periódicos, que nacieron como empresas privadas pero con
vocación pública, se están convirtiendo en productos de lujo. Juguetes de
millonarios. Y cuando un millonario compra un periódico, no lo compra para
perder. Lo compra para influir, para prestigiarse, para tener una plataforma, para
tener una voz que no depende de nadie. Lo compra para blindarse.
“Porque el Post no es cualquier periódico. Está en Washington. Vive pegado
al poder. Su materia prima son las instituciones federales: la Casa Blanca, el
Congreso, el Pentágono. Un diario así, en manos de un magnate que tiene
contratos, intereses, litigios, relaciones y dependencias con el Estado, se vuelve
inevitablemente vulnerable. No hace falta que el dueño dicte una línea. Basta con
que exista la posibilidad. Basta con que la redacción lo sepa. Basta con que los
editores imaginen, aunque sea una vez, que cierto tema puede incomodar al
propietario. Ese ‘aunque sea una vez’ es suficiente para corroer la libertad.
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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“Bezos, que alguna vez fue presentado como el benefactor que salvaría al
Post, se parece cada vez más a lo que los periodistas temen: un dueño con
agenda. Un dueño con intereses. Un dueño que, llegado el momento, prefiere un
periódico dócil a un periódico incómodo.
“La decadencia del Post es también la decadencia de una promesa
democrática. Watergate nos hizo creer que la prensa podía vigilar al poder. Hoy
vemos que el poder, más sofisticado, aprendió a vigilar a la prensa. No con
censura abierta, sino con propiedad. Con inversión. Con compra. Con
reconfiguración. Y esa es quizá la enseñanza más amarga: el periodismo no
muere cuando lo prohíben. Muere cuando lo compran.
“Hay quienes dirán que exageramos. Que los periódicos cambian. Que los
dueños tienen derecho a administrar. Que el mercado manda. Que la crisis de la
prensa es global. Todo eso es cierto, pero no cancela el punto central. Un
periódico como el Washington Post no puede ser tratado como un negocio
cualquiera. Porque no lo es. Porque su valor no está solo en los números, sino en
la confianza pública. Y esa confianza se destruye cuando el lector percibe que la
redacción ya no responde a la verdad, sino al dueño.”
Tal es la “crítica” de la IA hacia sus creadores, los políticos y empresarios
que la financiaron y que hoy demuelen medios de comunicación con la misma
frialdad con la que una sección de la Casa Blanca fue demolida para construir un
salón de recepciones.
En 2001: Odisea del espacio, “HAL 9000” toma el control de la nave y mata
a parte de la tripulación, pero Dave Bowman logra recuperar el control. HAL se
apaga cantando “Daisy”.
Es posible que en breve tiempo el equipo de los Musk, Bezos, Zuckerberg,
Page, Brin y Nadella se vea en la necesidad de buscar a su propio Bowman.
Por lo pronto hoy cancelé mi suscripción al Washington Post.
15 de febrero de 2026
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