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JUEGO DE OJOS: Conquistadores y conquistados

25 de enero de 2026
in Miguel Ángel Sánchez de Armas
JUEGO DE OJOS: Año Nuevo
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Hugh Thomas fue un historiador británico de la vieja escuela, formado en
Oxford, Cambridge y La Sorbona, ajeno al activismo académico y convencido de
que la historia se sostiene en archivos, paciencia y prosa clara. Nació en Windsor
en 1931 y murió en Londres en el 2017.
No fue un especialista de gabinete ni un propagandista ideológico. Se
interesó por los grandes procesos de poder -imperios, revoluciones, guerras
civiles- y los abordó siempre desde una perspectiva narrativa, con atención al
detalle humano y político. Su obra más conocida, La guerra civil española, lo
colocó como una referencia internacional y marcó un método que repetiría en La
conquista de México: reconstrucción minuciosa, desconfianza del dogma y
voluntad de contar la historia completa, incluso cuando esa totalidad resulta
incómoda para todos los bandos.
Thomas escribió La conquista de México con una ambición que hoy resulta
rara: contar un episodio fundacional sin reducirlo a consigna, sin convertirlo en
estampita patriótica ni en alegato judicial. Su libro no busca absolver ni condenar;
busca entender. Y eso, tratándose de la Conquista, es una toma de posición.
Leído hoy, el libro impresiona menos por su erudición -que es vasta y
disciplinada- que por su método. Thomas no narra desde el centro moral del
presente. Se instala en el siglo XVI y desde ahí observa a Cortés, a Moctezuma, a
los capitanes, a los tlaxcaltecas, a los frailes, a los soldados anónimos y a los
pueblos sometidos. No los justifica. Tampoco los simplifica. Los sigue. Los
escucha. Los deja hablar con las palabras que dejaron en cartas, crónicas,
procesos judiciales y memoriales. Esa decisión le da al libro un tono que incomoda
tanto a los devotos del mito hispanista como a los administradores de la culpa
histórica.
En ese mismo registro de incomodidad, Thomas aborda el tema de los
sacrificios humanos sin animadversión ni evasivas. No los niega, no los minimiza y
tampoco los convierte en explicación total de la Conquista. Los describe como una

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

2
práctica central del orden religioso y político mexica, inseparable de su concepción
del mundo, del poder y de la guerra. Entiende que el sacrificio no era un acto de
crueldad arbitraria, sino una obligación cósmica, una forma de sostener el
equilibrio del universo. Al mismo tiempo, no pierde de vista su impacto político: el
terror ritualizado como mecanismo de dominación sobre pueblos sometidos y
como uno de los factores que facilitaron alianzas contra Tenochtitlan. Thomas no
usa los sacrificios como coartada moral para la invasión, pero tampoco los barre
bajo la alfombra del relativismo. Los coloca donde pertenecen: en el centro de una
civilización compleja, brillante y también brutal.
El Cortés que emerge no es el demonio plano ni el héroe de bronce. Es un
político precoz, un lector atento del poder, un jugador que entiende antes que otros
el valor de la información, de la alianza y del espectáculo. Thomas lo muestra
como un hombre capaz de audacia extrema y de cálculo frío, de crueldad
funcional y de gestos teatrales pensados para producir obediencia. No lo
absuelve. Pero lo explica. Y al hacerlo devuelve a la Conquista su dimensión
política, que suele perderse cuando se la reduce a choque de civilizaciones o a
tragedia inevitable.
Uno de los mayores aciertos del libro es la manera en que desmonta la idea
de una Conquista exclusivamente española. Sin idealizar a los aliados indígenas,
Thomas deja claro que sin ellos el avance habría sido imposible. Tlaxcala no
aparece como traición abstracta sino como decisión histórica tomada bajo presión,
con memoria de agravios y con cálculo de supervivencia. Esa lectura incomoda
porque desplaza la comodidad de los relatos binarios. Aquí no hay dos bandos
puros. Hay intereses cruzados, violencias acumuladas, equilibrios rotos.
Moctezuma, por su parte, aparece como una figura trágica sin caricatura. Ni
místico paralizado ni tirano inepto. Un gobernante atrapado en un sistema de
signos, rituales y obligaciones que limitaban su margen de acción. Thomas es
cuidadoso al no psicologizarlo con categorías modernas. No le atribuye dudas
cristianas ni fatalismos inventados. Lo sitúa en su mundo, con sus códigos, y
desde ahí muestra cómo el encuentro con los españoles fue también un colapso

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

3
semántico: los signos dejaron de funcionar, los rituales perdieron eficacia, el
lenguaje del poder se volvió opaco.
El libro se sostiene, además, en una atención minuciosa al detalle material.
Las armas, las rutas, las enfermedades, los tiempos de desplazamiento, la
logística de la guerra. Thomas entiende que la historia no avanza solo por ideas o
decisiones, sino por cuerpos que se cansan, caballos que mueren, pólvora que se
acaba, epidemias que arrasan sin distinguir bandos. La viruela no es aquí un
recurso retórico sino un actor histórico decisivo.
En ese sentido, La conquista de México es también un libro sobre la
contingencia. Nada estaba escrito. Nada era inevitable. Cada avance pudo
haberse detenido, cada alianza pudo haberse roto, cada error pudo haber sido
fatal. Esa conciencia de lo frágil es lo que le da densidad al relato. La Conquista
no aparece como destino manifiesto sino como una suma de apuestas arriesgadas
que, por razones múltiples, salieron bien para un grupo reducido y de forma
catastrófica para millones.
Hay, desde luego, límites. Thomas escribe desde fuera y se nota. Su
empatía con el mundo indígena es real, pero mediada por fuentes
mayoritariamente españolas. Aun así, hace un esfuerzo honesto por leer entre
líneas, por reconstruir voces acalladas, por no aceptar sin más la versión de los
vencedores. No siempre lo logra, pero el intento es visible y serio.
El libro de Hugh Thomas sirve para algo más que entender el siglo XVI.
Obliga a pensar cómo se construyen los relatos fundacionales, quién los
administra y con qué fines. La Conquista sigue siendo un campo de batalla
simbólico porque ahí se juega la idea misma de nación, de culpa, de origen y de
poder. Thomas no ofrece consuelo ni coartada. Ofrece complejidad. Y eso, en
tiempos de consignas rápidas, es casi un acto de resistencia intelectual.
La conquista de México no se lee para confirmar certezas. Se lee para
perderlas. Y quizá por eso sigue siendo un libro incómodo, necesario y, a su
manera, profundamente actual.

25 de enero de 2026
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