Luego de varias semanas de estar promoviendo el regreso, revalidación e imposición de la Doctrina Monroe (1823) para subrayar el dominio de Estados Unidos en el continente americano, la invasión estadounidense a Venezuela debe analizarse con un obturador más estratégico e histórico: el Destino Manifiesto que Washington esgrime para destacar su papel dominante en todo el planeta Tierra.
La doctrina del Destino Manifiesto viene prácticamente con la fundación de Estados Unidos con 13 Colonias que abarcaban un modesto 10% de la lengüeta del este Atlántico respecto de lo que hoy sería el 100% del territorio estadounidense. Un ministro puritano lo señaló desde 1630 –apenas a la llegada del Mayflower en 1620–: “ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un especial de signo del cielo como el que tuvieron los israelitas”.
La definición del Destino Manifiesto como doctrina de expansionismo imperial estuvo en un texto publicado por el periodista John O´Sullivan en la revista Democratic Review (texto íntegro en Los destinos manifiestos, de Edgar Gabaldón Márquez) y comienza de manera muy autoritaria: “es tiempo ya de que cesen los estorbos a la anexión a Texas. El cumplimiento de nuestro Destino Manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la providencia”.
En las conclusiones de su libro Destino Manifiesto, el historiador mexicano Juan A. Ortega y Medina (editorial SepSetentas) razona las bases históricas del expansionismo americano:
“La teoría del Destino Manifiesto, que no fue solamente, como creyó el Pastor Wilbur, “ignorancia y ron, mitad por mitad”, sino también la filosofía práctica de la burguesía norteamericana en proceso de gigantesco crecimiento económico y político, sirvió, asimismo, para intervenir en los países puestos a su alcance so pretexto de la situación caótica de los mismos”, entre ellas, como dijo otro historiador, “la desorganizada situación política del pueblo mexicano”.
Ante el escepticismo, Ortega y Medina registra una frase de Francisco I: “que él se uniría a los abogados del Destino Manifiesto el día en que éstos mostraran la cláusula en el testamento del padre Adán, merced a la cual se le otorgaba este legado que les autorizaba a gobernar el hemisferio occidental”.
En el libro La raza y el Destino Manifiesto, de Reginald Horsman (Fondo de Cultura Económica), se rastrean los orígenes del Destino Manifiesto como parte de la consolidación del enfoque racial dominante del anglosajonismo americano que trajeron los colonos norteamericanos en los siglos XVI y XVII. Y lo enfoca desde el punto de vista del dominio racial sobre los indios a los que consideraban una raza inferior y a los mexicanos que eran incapaces de mantener su territorio por discordias internas.
“La presión norteamericana sobre los territorios adyacentes (a la zona territorial de las 13 Colonias, sobre todo porque estaban controladas por los indios nómadas) fue justificada por el argumento de que solo los americanos anglosajones podían producir los cambios políticos que harían posible un ilimitado progreso universal. Estos argumentos se aplicaron para justificar la anexión de áreas escasamente pobladas y la penetración económica de regiones que estaban muy pobladas por razas “inferiores»”. “Entre 1815 y 1850, los indios americanos fueron rechazados por la sociedad blanca norteamericana”.
Detrás de la doctrina del Destino Manifiesto se encontraba la hegemonía superior de la sociedad anglosajona pero ya como ideología económica, social y territorial. Con ese espíritu, agrega Horsman, los líderes de las 13 Colonias provocaron la crisis en Texas y la guerra con México para quedarse con la mitad del territorio mexicano que estaba desperdigado, con un gobierno mexicano viviendo un caos de ingobernabilidad, con Antonio López de Santa Ana capaz de firmar la cesión del territorio para salir libre y sobre todo con la certeza de que ellos, los norteamericanos, “eran la raza anglosajona”.
El discurso ideológico del Destino Manifiesto que está detrás de la Doctrina Monroe y desde luego que explica la captura de Venezuela por parte de la Casa Blanca queda muy claro en la investigación de Horsman:
“En los tres cuartos de siglo que siguieron a la revolución norteamericana, los norteamericanos repensaron sus relaciones con otros pueblos del mundo. En el decenio de los (años) cincuenta dos ideas se hallaban firmemente arraigadas en el pensamiento norteamericano: que los pueblos de grandes partes del mundo eran incapaces de crear gobiernos eficientes, democráticos y prósperos; y que el crecimiento económico norteamericano y mundial, el triunfo de la civilización cristiana occidental y un orden mundial estable, podría lograrse mediante la penetración americana de regiones supuestamente atrasadas”.
Trump rescató la doctrina Monroe y la Doctrina del Destino Manifiesto como base del nuevo expansionismo territorial y geopolítico de Estados Unidos, de México hasta la Patagonia y de ahí a todo el planeta Tierra: el neoimperialismo.
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