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ABANICO/ Peligros de procrastinar

En el consumo de productos esto ocurre también: solemos disfrutar los primeros días. Después ya no, el “brillo” del objeto que deseamos se desvanece. Queremos entonces algo mejor. Esa es la radiografía del consumismo nuestro de todos los días, algo que los largos confinamientos de alguna manera lograron paliar.

Por Ivette Estrada

Postergar una tarea para último momento se vuelve cotidiano. Sin embargo, comienza a nivel mundial una peligrosa tendencia: procrastinar la felicidad “hasta que…” y aquí aparecen innumerables condicionantes que vas desde titularse a tener un trabajo altamente remunerado, una casa nueva o un sinfín de metas que al lograrse pierden su atractivo inicial.

Erróneamente asumimos que el disfrute es para después. Y ese después es posible que nunca llegue y que el momento actual, rey indudable del tiempo, perezca en una insatisfacción permanente.

En el consumo de productos esto ocurre también: solemos disfrutar los primeros días. Después ya no, el “brillo” del objeto que deseamos se desvanece. Queremos entonces algo mejor. Esa es la radiografía del consumismo nuestro de todos los días, algo que los largos confinamientos de alguna manera lograron paliar.

Sin embargo, el consumo más racional no deja extinto otro procrastinador de hedonismo. Surge la espiral de especialidad, cuando un objeto ordinario posterga su uso “para una ocasión especial” que nunca llega, hasta que se decide desechar el codiciado artículo que puede ser un par de zapatos, un sweter o incluso un vino ordinario.

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Dado que tiene características que no pueden tirarse a la cotidianeidad, el objeto se deja para una ocasión especial, pero es probable que cuando llega tal fecha se desdeña como célebre y el uso del bien “para días de fiesta” se prolonga de manera indefinida, porque ningún momento parece idóneo para el admirado objeto…hasta que se vuelve obsoleto.

Pasa igual que si dejamos para los momentos perfectos experimentar la felicidad, si la condicionamos o postergamos. Es como si encerráramos todo nuestro amor y sonrisas para la ocasión perfecta, y con tal procrastinación deslavamos el día a día.

Aunque muchas empresas buscan que sus productos se perciban como exclusivos o especiales, cuando el objeto se convierte en un tesoro percibido que no se usa, la rotación se ralentiza y las ventas bajan. Se incide al no consumo.

Los especialistas en marketing empiezan a generar recomendaciones de uso, como “vino para celebrar un triunfo” para alentar el consumo. Hay quienes buscan símiles con la publicidad elaborada para productos y bebidas en categorías tan diversas como cuidado personal, hogar, electrodomésticos y otros.

Pero ¿quién alienta a que abracemos la felicidad hoy? Lo más cercano es que la asocien a un bien. Incluso hay quienes involucran cualquiera de sus productos con experiencias, aunque se trate de tornillos, por ejemplo.

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Pero la felicidad no es tener. No se relaciona con el consumo ni la apariencia. Es una construcción interna y tiene que ver con quiénes somos, con aquellas características únicas de nuestras raíces, circunstancias e historias. Tiene que ver con la capacidad de percibir la propia fortuna que no requiere métricas ni parangones. Es comenzar a vernos como las estrellas de nuestra propia película de vida y gustar de la familia y amigos que tenemos, de las oportunidades y nuestras propias aportaciones al mundo.

El camino más corto para la felicidad es la gratitud.

 

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