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Columnistas

ABANICO/ En pos de la autenticidad

Por Ivette Estrada

La autenticidad va más allá de una moda gerencial: se trata de una aspiración genuina de marcas, empresas y líderes. Es un objetivo que conlleva el incremento de productividad y representa la semilla de la confianza.

¿En qué momento los disfraces y máscaras se empezaron a olvidar para cumplir nuestro rol profesional? Tal vez con las primeras investigaciones sobre ciencias del comportamiento, en las que se determinó que la bifurcación de vida personal y laboral generaba cierta renuencia a dar más de sí en los proyectos. También aumentaban las deslealtades organizacionales y mentiras.

Al unísono, cuando las personas “recordaban” su esencia, más allá de las identidades, roles y contextos que desempeñaban, como poner una fotografía de su familia en el escritorio, eran más proclives a aumentar el desempeño y presentar una conducta más ética y armoniosa.

Con el teletrabajo impuesto por la pandemia mundial del Covid-19, se “facilitó” empatar los diferentes roles de cada persona y se generó una autopercepción holística en cada uno de nosotros. Es decir, si somos trabajadores con una responsabilidad laboral, pero también ejercemos distintos roles como padres, hijos, hermanos…¡somos personas!

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Ahora, quien divide de manera tajante su vida de trabajo con la personal suele tener comportamiento menos ético o incluso cuestionables. De alguna manera, tiende a “deshumanizarse” y a mentir más.

Las diferentes identidades deben integrarse para aumentar el cumplimento de metas empresariales y catapultar comportamientos más armoniosos. Ante esto,  las organizaciones se interesan en ayudar a las personas a sentir más control y cohesión en su identidad.

Pero la autenticidad no sólo crea equipos de trabajo más apegados a valores y tratos cordial, también abona a la credibilidad de las empresas y las marcas que representan. En un momento en el que en la reputación organizacional cuenta todo, una gran venta requiere la forma más pura de autenticidad.

Por ello, cada persona debe crear su propia historia que transmita sus valores, principios y metas. Es decir, todo aquello por lo que es única. Todo parte de dos cuestionamientos:

  1. ¿Cuál es mi propuesta de valor único para la persona sentada frente a mí?
  2. ¿Para qué quiero ser memorable?»

La autenticidad no garantiza popularidad. Pero si respeto. No se trata de “gustar” sino de sentirse a gusto en la propia piel y con base en esto actuar para generar los objetivos de las causas en las que cada uno se involucra.

Vale remarcar, asimismo, que la autenticidad esta alineada al márketing de compromiso. Es decir, establecer una relación más profunda y sostenida en la que las necesidades de los clientes se aborden genuinamente. Es no preguntar cómo vender, sino cómo poder ayudar.

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Construir relaciones duraderas con los clientes implica amalgamar distintos servicios para ellos, incluso en la publicidad. Por ejemplo, crear contenidos relevantes para los consumidores. Indagar qué les puede servir en lugar de sólo mostrar lo que se desea.

Ofrecer comunidad es otra manera de generar relaciones a largo plazo. Y hay quienes apuestan exitosamente a inspirar acciones, entretener o retar la inteligencia. En sí, crear experiencias de vida, no sólo brindar bienes o servicios.

La instrospección es el preludio de la autenticidad. Pasar rato con uno mismo y establecer soliloquios enriquece la percepción de quiénes somos, qué queremos y qué podemos dar a los demás.

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