Fue el jueves 18 de septiembre de 1851 en Nueva York, cuando la ciudad
que todavía no era La gran manzana comenzaba a despedirse del verano entre
las humedades que llegaban del Hudson y del Atlántico. Esto fue diez años antes
de que Abraham Lincoln llegara a la Casa Blanca y la Guerra de Secesión
desgarrara a la joven república.
En un edificio de la calle Nassau, al sur de Manhattan, dos jóvenes
periodistas, Henry Jarvis Raymond y George Jones, ponían en circulación el
primer número de un periódico de cuatro páginas que llamaron el New-York Daily
Times al precio de un centavo el ejemplar.
Se propusieron publicar de lunes a sábado por prudencia empresarial. Ni de
lejos se imaginaron los padres de un diario que sobreviviría a las grandes
transformaciones de las comunicaciones, a dos guerras mundiales, a crisis
económicas y a máquinas capaces de producir en segundos más palabras que
una redacción entera en una jornada.
Ese periódico hoy lo conocemos como el New York Times y está
cumpliendo 175 años. Yo lo leo desde la primera vez que puse pie en Times
Square en marzo de 1970 y ha sido una fuente en mi vida académica. Aunque su
lema, “All the News That's Fit to Print”, me parece una mezcolanza de soberbia y
arrogancia y a lo largo de su historia ha acumulado su dosis de cadáveres en el
ropero, no dejo de reconocer que es uno de los faros de los que nos habló Walter
Lippmann.
Tiene cumbres como el Expediente del Pentágono y lodazales como los
despachos de Frank L. Kluckhohn cuando la expropiación de 1938, batiburrillos de
hechos, medias verdades y mentiras al amparo de un gran cabezal. La virulencia y
el sesgo de esas las crónicas agotaron la paciencia del gobierno cardenista y el
corresponsal fue expulsado del país casi al mismo tiempo que otro redentor sajón,
el vicario de su Real Majestad Británica Sir Owen St. Clair O’Malley … y por
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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razones parecidas. Hay que decir que Kluckhohn ya antes había sido expulsado
de España en donde los franquistas no lo soportaron.
En ocasión del aniversario del Times, el actual presidente y editor, Arthur
Gregg Sulzberger, dio a conocer un ensayo que vale la pena leer. Arthur es
tataranieto de Adolph Simon Ochs, quien compró el rotativo en 1896. Aquí algunas
citas:
“En 175 años, el diario ha publicado alrededor de 61 mil ediciones y 15
millones de artículos, archivo que podría ser una historia mundial escrita día tras
día. Allí están las guerras, las revoluciones industriales, las crisis financieras, los
asesinatos políticos, las epidemias, los descubrimientos científicos, las conquistas
de derechos civiles. Están también las noticias que parecían trascendentales y
que el tiempo volvió insignificantes, y otras que pasaron inadvertidas antes de
adquirir su verdadera dimensión.”
Sulzberger destaca algo importante: Los historiadores conocen el
desenlace de los sucesos que estudian. El periodista, en cambio, escribe mientras
ocurren. No sabe si una manifestación será el comienzo de una revolución, si un
atentado desencadenará una guerra o si un político desconocido llegará a
gobernar una nación. Trabaja en medio de la confusión, con informaciones
incompletas, testimonios contradictorios y la urgencia de entregar su texto antes
del cierre. No dispone del privilegio de la perspectiva histórica. El reportero que
relató el episodio en que Gavrilo Princip sale del figón y dispara su arma, sólo
quería tener los datos correctos. Nunca imaginó la tormenta que esa bala iba a
precipitar en el planeta.
Por eso -dice Arthur- se ha dicho que el periodismo escribe el primer
borrador de la historia. “La expresión es afortunada porque reconoce al mismo
tiempo su importancia y sus limitaciones. Un borrador contiene tachaduras,
errores, omisiones, afirmaciones que después deberán corregirse. Pero sin esos
apuntes iniciales buena parte del pasado quedaría entregada a la memoria de los
protagonistas, que no siempre es desinteresada, o a los documentos oficiales, que
tampoco suelen serlo.”
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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Sulzberger recuerda que durante la Guerra de Secesión uno de los
corresponsales del periódico fue detenido bajo sospecha de espionaje. En otras
ocasiones, las noticias publicadas por el diario llegaron al secretario de Guerra de
Lincoln antes que los informes de sus propios generales. Casi un siglo después,
un reportero del Times se encontraba en el motel Lorraine, en Memphis, cuando
fue asesinado Martin Luther King. Mientras trataba de comprender lo que acababa
de presenciar, se impuso una tarea elemental: escribir, tomar nota de cuanto veía,
registrarlo todo.
Hay en esa escena una definición del oficio más convincente que muchos
tratados de periodismo. Frente a un acontecimiento que lo desborda, el reportero
tiene primero la obligación de observar y dejar constancia. La interpretación
vendrá después. La emoción no debe impedirle mirar, ni la indignación sustituir a
los hechos. El periodista puede tener convicciones, simpatías y prejuicios. Lo que
no puede permitirse es convertirlos en sustitutos de la realidad.
Arthur guarda piadoso silencio de cómo su abuelo y tocayo, apodado
“Punch”, falló en esa regla elemental. Estuvo en Le Mans el 11 de junio de 1955
cuando un auto de la escudería Mercedes Benz se salió de la pista y mató a más
de 80 espectadores y no se le ocurrió pasar la nota a su propio periódico.
Como apunto arriba, la historia del Times no es una sucesión de virtudes.
Ningún periódico podría publicarse durante 175 años sin equivocarse, ceder
alguna vez a las presiones de su tiempo o confundir sus preferencias con los
intereses del público. El diario neoyorquino ha cometido errores graves y ha
debido enfrentar las consecuencias. Precisamente por ello, su historia permite
recordar que la independencia periodística no es una condición adquirida para
siempre, sino una conducta que debe demostrarse cada día.
Cuando el Times tuvo la información de que la CIA organizaba un
desembarco en Cuba en 1961, el gobierno de Kennedy le exigió detener la
información para “no poner sobre aviso al dictador”. El diario acató y quedó una
mancha en el honor de la casa. El director justificó que estaban de por medio la
seguridad nacional y la protección de las vidas de los invasores. En el pecado llevó
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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la penitencia: durante una reunión en la Casa Blanca Kennedy le dijo que si se
hubiese publicado más sobre la operación … se habría evitado aquel error colosal.
¿Y cómo olvidar lo plagios y reportajes inventados de Jayson Blair que llevaron al
diario al borde del abismo en el 2003? En descargo hay que recordar que el Times
despidió a dos editores y publicó en portada el historial de los engaños.
En 1897 apareció el lema All the News That's Fit to Print. “Todas las noticias
dignas de publicarse.” La frase encierra una ambición formidable y un problema
insoluble. ¿Quién determina qué merece ser publicado? ¿Con qué criterios se
establece la importancia de los acontecimientos? ¿Dónde termina la selección
periodística y comienza la censura, incluso la que se ejerce sin proponérselo?
Las respuestas nunca han sido sencillas. Menos hoy, cuando las
plataformas han vuelto casi ilimitada la circulación de información, pero no su
calidad. Durante generaciones, los periódicos decidían qué noticias merecían
llegar al público. Hoy comparten esa función con algoritmos cuya lógica responde
a la atención que consiguen atraer. La relevancia de un hecho importa menos que
su capacidad para provocar una reacción inmediata.
Los gobiernos han descubierto que la libertad de expresión es más cómoda
cuando la ejercen sus partidarios que cuando la utilizan sus críticos, como vemos
a diario entre nosotros. Por eso la independencia de un periódico no se mide por
la cordialidad de sus relaciones con el poder, sino por su disposición a investigar
aquello que el poder preferiría mantener oculto.
México tiene una larga tradición de periódicos que acompañaron,
combatieron o padecieron a los gobiernos de su tiempo. Sus archivos constituyen
una historia paralela de la nación, distinta de la que aparece en los libros de texto
o en los informes presidenciales. Allí están entusiasmos y temores de cada época,
las promesas del gobierno, las denuncias que intentaron silenciarse … y también
los errores y servilismos de la propia prensa.
11 de octubre de 2026
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