Con expedientes abiertos de crisis de seguridad interior, de geopolítica con Estados Unidos, del Tratado que ya no salió y del lopezobradorismo transexenal, ayer 1 de septiembre comenzó la agenda complicadísima de la política: la 4T dependerá de mantener la mayoría calificada legislativa con sus dos aliados ahora rejegos y no perder ninguna de las 17 gubernaturas en disputa.
Con muchos trastes sucios en el fregadero, las decisiones políticas se han centrado –como todo desde 2018—en la estructura piramidal de la Presidencia de la República, pero a diferencia del viejo presidencialista del antiguo régimen hoy no existen espacios intermedios ni correas de transmisión para controlar decisiones, operaciones y resultados.
La agenda política va a demostrar –desde luego que visto especulativamente desde fuera y sin fuentes privilegiadas en Palacio Nacional– que la relación entre la presidenta Sheinbaum Pardo y el presidente emérito López Obrador no ha variado de lo que sería el proyecto político del tabasqueño y al cual pertenece la funcionalidad presidencial de su sucesora. Y que algunos indicios que pudieran mandar señales de rupturas en realidad han sido desacuerdos inevitables entre las dos cabezas del poder operativo.
El escenario político del bloque gobernante transexenal no es el más propicio y los cisnes negros que han saltado a la palestra tampoco estuvieron previstos en el plan original: las órdenes del presidente Trump para no revalidar el Tratado de Comercio Libre, la política estadounidense de seguridad en materia de narcotráfico que ya invadió altos niveles de la élite gobernante y que podrían estallar en colapsos en cualquier momento, la inclinación a la derecha trumpista de países que antes formaban parte de la coalición populista manejada desde España por Pablo Iglesias y Pedro Sánchez y la falta de reacción de la economía está dejando las expectativas de crecimiento como el peor de los mundos: ni para atrás ni para delante pero con una acumulación de demandas que no se satisfacen con el modelo de becas como dinero regalado.
La oposición tendrá un año para entender la lógica del desarrollo político adverso y no es ningún secreto –ni se requieren fuentes de seguridad nacional– que el resultado de las elecciones sobre todo legislativas y de gobernadores sería la gran oportunidad para definir una nueva cabeza de playa opositora con miras a las presidenciales del 2030.
A favor de la oposición corre la experiencia política mexicana: hubiera sido deseable la mentalidad estratégica de Manuel Camacho Solís para construir un bloque opositor o un Frente Amplio o una alianza estratégica, pero las dirigencias de los partidos de oposición tendrán que lidiar con lo que haya.
Y queda en el escenario político la experiencia del 2000, del 2012 y del 2018: sin ningún compromiso histórico como el italiano, ni alianza común como el francés, el PAN ganó la alternancia presidencial en el 2000 con el peor de los candidatos, el PRI perdió por fracturas internas, López Obrador avanzó por el modelo equivocado de Peña Nieto al poner como candidato prianista a José Antonio Meade Kuribreña pero el PAN fracturó el voto con la candidatura de Ricardo Anaya Cortés con el PRD.
Estos datos indican que las victorias y derrotas son producto de las circunstancias presentadas por las correlaciones de fuerzas sociales y políticas, pero sobre todo por el desgaste no sólo interno sino público de la élite en el poder. Y por desacuerdos en el reparto de parcelas de dominación se dejan indicios de presuntas rupturas en la dependencia mutua de López Obrador y Sheinbaum Pardo.
El principal problema que está enfrentando Morena lo tuvieron el PRI, el PAN y el PRIAN en los tiempos políticos en que perdieron el poder: la división interna por falta de disciplina verticalista y sobre todo la mala gestión en las intendencias que conducían a los partidos. La experiencia el viejo régimen priista está a la vista de todos: no es suficiente que el poder dominante en un sexenio –una o dos cabezas– tenga la fuerza para imponer figuras de representación personal, porque los partidos –para bien o para mal– deben de tener consensos internos entre todas las fuerzas dominantes.
Y si a esos problemas se agrega la narcopolítica como colapso sistémico y como amenaza estadounidense, entonces el partido gobernante tampoco debe cantar la victoria de encuestas cuchareadas, con precandidaturas adelantadas burlando a un inocente INE –o cómplice, también–. Y entonces el escenario político y político-electoral es más complicado para Morena de lo que se quiere reconocer.
Y por último pero no al último, la agenda política y político-electoral tendrá un nuevo invitado que no será de piedra: la estrategia de Trump-Marco Rubio-Christopher Landau-Terry Cole para intervenir en el proceso electoral.
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Política para dummies: la política es una maquinaria de precisión con engranes articulados, y con uno que falle van a fallar todos.
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