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JUEGO DE OJOS: Un libro, un juez

26 de julio de 2026
in Miguel Ángel Sánchez de Armas
JUEGO DE OJOS: Año Nuevo
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El pasado 16 de junio, en cientos de ciudades miles de lectores se
ataviaron a la moda eduardiana y celebraron por las calles el 104 aniversario del
día dublinés en que Leopold Bloom salió de casa para comprar un riñón de cerdo
para el desayuno.
Hombres con sombreros llamados canotier, bombines, lentes redondos,
trajes de lino y bastón y mujeres con falda larga, blusa de cuello alto y sombrillas,
marcaron el Bloomsday, la jornada en que transcurre Ulises. En Dublín las
peregrinaciones siguen los pasos de Bloom: almuerzan riñones fritos, leen en voz
alta pasajes de la novela y levantan copas de vino y tarros en honor de James
Joyce.
Shakespeare tiene cumpleaños conmemorativos. Cervantes tiene premios.
Dickens tiene sociedades. Kafka tiene museos. Pero Joyce consiguió algo que
parecía reservado a los santos: ocupar un día del calendario.
Es una tradición sensacional. En mi lista de pendientes la tengo reservada.
Pero el día que pueda sumarme a la celebración primero brindaré por un
personaje igual de importante pero mucho menos conocido que James Joyce.
No era novelista. No era editor. Tampoco profesor de literatura. Era un juez
federal de Nueva York llamado John M. Woolsey que, en 1933, hizo algo tan
sencillo como extraordinario: antes de decidir si Ulises debía prohibirse en Estados
Unidos, dedicó casi dos meses a leerlo completo.
Dicho así, parecería una obligación elemental. ¿Cómo condenar un libro sin
haberlo leído? Sin embargo, incluso entonces aquello fue excepcional. Ulises
llevaba más de una década denunciado como panfleto pornográfico. Puesto en la
mira de grupos moralistas -como los que en México satanizaron Cariátide y los
que quisieron que todos comulgáramos con la Cartilla Moral de Reyes- fue
prohibido en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Era un texto maldito, aunque en
realidad sus críticos sólo conocían los fragmentos más, ¿cómo decirlo? …
escandalosos.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

2
La historia merece contarse porque es una de las pocas ocasiones en que
la libertad de un libro dependió de un lector excepcional. Y ese lector era un
impartidor de justicia.
Pero me estoy adelantando. Ezra Pound era el editor europeo de una
modesta revista neoyorquina, The Little Review, y convenció a las directoras,
Margaret Anderson y Jane Heap, de publicar por entregas la novela. Más tardaron
en aparecer tres capítulos de Ulises que los torquemadas gringos en iniciar un
proceso de obscenidad. La revista fue condenada y los ejemplares quemados por
la oficina postal, que entonces tenía esa facultad. Como consecuencia la novela
fue proscrita. Introducir un ejemplar a la patria de Jefferson fue penado con la
cárcel.
Hasta que la editorial Random House, que quería publicar Ulises
legalmente, decidió provocar un juicio y puso en marcha una operación digna de
James Bond: importó un ejemplar para que fuera confiscado por las autoridades
aduaneras y se pudiera llevar el caso ante un tribunal y obligar a un juez a
pronunciarse sobre la obra completa.
Así sucedió. El expediente fue turnado al magistrado John M. Woolsey. Este
buen señor pudo dejarse guiar por los pasajes subrayados por los fiscales, aceptar
el criterio dominante o considerar dictámenes ajenos. En cambio hizo algo
infinitamente más incómodo y, creo yo, subversivo: leyó el libro.
Leyó durante semanas. Página tras página. Sin prisas. Sin buscar frases
que justificaran una “indignación” convencional. Sin convertir unos cuantos
párrafos en sinécdoque de un tomo de más de setecientas páginas.
Cuando terminó, dictó una sentencia que cambió la historia de la literatura.
Woolsey no sostuvo que Ulises fuera un libro casto. Tampoco negó que contuviera
escenas sexuales ni lenguaje que muchos lectores podían encontrar ofensivo. Lo
que afirmó fue algo mucho más importante: una obra literaria debía juzgarse como
un todo y no por fragmentos sacados de su contexto. Su efecto dominante,
escribió, no era despertar deseos sexuales sino reproducir con extraordinaria
fidelidad el funcionamiento de una conciencia humana.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

3
Aquella conclusión abrió las puertas para la publicación legal de Ulises en
Estados Unidos y marcó un antes y un después en la jurisprudencia sobre libertad
de expresión. El libro de Joyce dejó de ser un objeto prohibido para ocupar su
lugar como una de las novelas fundamentales del siglo XX.
Estos recuerdos vienen a cuento porque se cumplen 93 años del histórico
fallo gracias al cual nuestros primos del norte pudieron por primera vez leer Ulises
sin riesgo de irse al infierno o acabar en una mazmorra. Fue un duro golpe a los
censores que, en palabras de Morris L. Ernst, “durante décadas han luchado por
mutilar la literatura […] y procurado reducir el material de lectura de los adultos al
nivel de los adolescentes y personas subnormales.”
No hay que pasar por alto que Woolsey dictó su resolución cuando en las
verdes colinas de Georgia y Missouri el Ku Klux Klan linchaba negros y en muchas
escuelas se prohibían las enseñanzas de Darwin. Me parece que cuando los
vientos de la moralina, el conservadurismo y el fundamentalismo religioso
comienzan de nuevo a soplar, ésta es una lectura provechosa para todos los
amantes de la libertad.
Woolsey escribió: “Que a uno le agrade o no una técnica como la que usa
Joyce, es cuestión de gusto y sobre la cual toda discusión es inútil. Pero pretender
someter esa técnica a los puntos de vista de otras técnicas me parece punto
menos que absurdo. Por consiguiente, sostengo que Ulises es un libro sincero y
honesto, y pienso que las críticas quedan enteramente compensadas por su
razonada exposición.
“Además, Ulises es un asombroso tour de forcé si se considera el éxito que
ha obtenido, en principio, con un objeto tan difícil como el que Joyce se había
propuesto. Ulises no es un libro de fácil lectura. Es brillante y aburrido, inteligible y
oscuro alternativamente. En muchos pasajes me resulta desagradable; pero,
aunque contiene -como ya he mencionado- muchas palabras consideradas
vulgarmente sucias, no he hallado nada que denote complacencia en tal suciedad.
Cada palabra del libro contribuye como un trozo de mosaico al detalle del cuadro
que Joyce está tratando de ofrecer a sus lectores.”

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

4
Hay en el episodio algo que me conmueve particularmente. Woolsey no era
un especialista en Joyce. No aspiraba a convertirse en crítico literario ni a figurar
en la historia de la cultura. Sólo estaba haciendo su trabajo. Pero entendía ese
trabajo de una manera hoy casi extravagante: antes de emitir un juicio había que
conocer la totalidad de la prueba. No puedo evitar pensar en nuestra judicatura:
Woolsey no era un juez de acordeón.
Quizá por eso su ejemplo no ha perdido vigencia. Su sentencia defendió la
libertad de un libro, pero antes defendió algo más modesto y más difícil: el derecho
de los hechos a ser conocidos antes de ser juzgados. No es una mala enseñanza
para jueces. Tampoco para periodistas. Ni para quienes vivimos rodeados por el
vértigo de las redes sociales.
Curiosamente, el mismo año en que Woolsey levantó la prohibición de
Ulises se derogó otra norma igualmente estúpida, la Ley Volstead que prohibió el
consumo de alcohol y fue caldo de cultivo del crimen organizado. Amarrar las
manos a los guardianes de la moral pública -de la mente y del cuerpo- oxigenó a
la sociedad yanqui. Podría establecerse una línea de continuidad entre la
legalización del Ulises y del trago, las movilizaciones pro derechos civiles y los
resultados de la votación que pusieron a un hombre de raza negra en la Casa
Blanca, algo que ni siquiera Lincoln hubiese imaginado … ni quizás aceptado.
Este episodio de censura no fue el único al que Joyce se enfrentó. En 1915
se había quejado con su editor estadounidense: “No menos de veintidós editores
leyeron el manuscrito de Dubliners, y cuando, por último, fue impreso, una
persona muy amable compró toda la edición y la hizo quemar en Dublín, en un
nuevo y privado auto de fe.”
Pero esa es otra historia.

26 de julio de 2026
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