Estamos en febrero de 1962 y el DeFe no ha perdido su luminosidad. Los
volcanes y el Ajusco se perfilan nítidamente en el cielo. La Segunda Guerra
Mundial ya es un recuerdo, aunque no por distante menos doloroso. Los
muchachos del 201 todavía no se disuelven en el olvido y quien los comandó en
Luzón, ahora es el capitán del avión presidencial.
Una nueva clase mexicana ocupaba el espacio urbano de un México que
parecía cuerno de la abundancia “y había en marcha un proceso de
modernización social que incorporaba al lenguaje nuevos términos: tenquíu, oquéi,
uasamara, sherap, sorry… y transformaba las costumbres hasta que únicamente
los pobres seguían tomando tepache y nuestros padres se habituaban al jaibol
que en principio les supo a medicina.”
La prosperidad de los yanquis parecía inagotable mientras que el milagro
mexicano proyectaba la imagen de un país que avanzaba con confianza hacia la
modernidad.
Fue en ese escenario donde apareció entre nosotros una deslumbrante
rubia que hipnotizó a quienes la vieron descender del avión en la todavía modesta
terminal de los llanos de Balbuena. No era Marilyn. La que llegó fue Norma Jeane
Mortenson, la mujer que existía detrás de la leyenda. La niña nacida en Los
Ángeles en junio de 1926, marcada desde el principio por la ausencia de un padre
y por una infancia fragmentada entre hogares sustitutos, abusos, instituciones y
familias temporales.
Aquella niña descubrió que la belleza podía abrir puertas. Y también que
podía convertirse en un encierro. Hollywood le cambió el nombre, el color del
cabello, la manera de caminar, la voz y hasta la sonrisa. Poco a poco construyó
una criatura nueva destinada a ocupar un lugar privilegiado en el imaginario
universal. La operación fue tan exitosa que terminó borrando a su autora. Millones
de personas conocían a Marilyn Monroe; muy pocas llegaron a conocer a Norma
Jeane.
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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La industria cinematográfica encontró en ella una fórmula comercial
perfecta. Era sensual sin resultar amenazante, vulnerable sin dejar de ser
deseable y cercana sin dejar de parecer inalcanzable. Los estudios vendían una
fantasía cuidadosamente diseñada mientras la mujer real luchaba por ser
reconocida como actriz seria: estudiaba actuación, leía con avidez y buscaba
desesperadamente una estabilidad emocional que parecía alejarse cada vez que
intentaba alcanzarla.
Cuando llegó a México atravesaba uno de los momentos más difíciles de su
vida. El matrimonio con Arthur Miller se había derrumbado, las tensiones con la
20th Century Fox aumentaban, los problemas de salud se multiplicaban y la
dependencia de los medicamentos comenzaba a convertirse en una amenaza
permanente. Había alcanzado prácticamente todo aquello que la cultura
contemporánea identifica con el éxito: fama, dinero, reconocimiento mundial y una
posición privilegiada en los escenarios. Sin embargo, la felicidad seguía siendo
una visitante esporádica.
En estos días conmemoramos el centenario del nacimiento que casi todos
conocen como Marilyn Monroe pero que en realidad era Norma Jeane. Ángel de la
O, quien confiesa que se enamoró de ella desde Años peligrosos, quiso escribir
unas líneas en su memoria. Así que hoy le cedo la columna:
No fue fortuito que Norma Jean viniera a México. Nuestro país ha ejercido
durante generaciones una atracción peculiar sobre los extranjeros. Algunos llegan
buscando aventuras. Otros buscan refugio. Algunos huyen de la ley. Otros huyen
de sí mismos. Malcolm Lowry encontró en Cuernavaca la materia prima para una
de las grandes novelas del siglo XX. Leonora Carrington halló aquí un territorio
propicio para reinventarse. William Burroughs, Trotski, Tina Modotti y muchos
otros descubrieron en México una distancia saludable respecto de aquello que los
perseguía.
Marilyn parecía buscar algo semejante. En aquel febrero de 1962 entre
nosotros, recorrió la Ciudad de México, visitó restaurantes, convivió con artistas,
escuchó mariachis y frecuentó algunos de los círculos culturales más interesantes
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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del país. Las fotografías conservadas de su estancia tienen una cualidad extraña.
No muestran a la estrella cuidadosamente iluminada para una sesión publicitaria ni
a la celebridad acosada por fotógrafos y publicistas. Dejan ver a una visitante. A
una mujer que parece disfrutar el simple placer de estar presente. La diferencia
puede parecer mínima, pero es enorme.
Entre quienes la recibieron estuvo José Bolaños, quien hoy es más
recordado por su romance con Norma Jeane que por sus películas. Es interesante
observar lo que revela el episodio. Mientras la prensa internacional la asociaba
con figuras de enorme poder político, económico o mediático, Norma Jeane
parecía sentirse atraída por personas capaces de tratarla con naturalidad. Tal vez
porque la fama multiplica la fascinación pero reduce la cercanía. Tal vez porque
después de años de ser observada necesitaba, simplemente, ser escuchada.
Emilio Fernández fue su amigo. Eran dos versiones de la celebridad. Ella
representaba el glamour internacional de Hollywood; él encarnaba una versión
profundamente mexicana de la fama, construida a partir de la Revolución, el cine
nacional y una personalidad tan poderosa como contradictoria. Sin embargo,
compartían una experiencia esencial: ambos sabían lo que significaba vivir
atrapados dentro de una imagen pública. Emilio llevaba décadas interpretando al
Indio Fernández; Norma Jeane llevaba años interpretando a Marilyn Monroe. Los
símbolos suelen reconocerse entre sí porque conocen el costo de su condición.
Las anécdotas hablan de conversaciones prolongadas, de tequila, de cenas
y de una convivencia sorprendentemente relajada. Más allá de su exactitud
documental, todas coinciden en algo: durante aquellos días Marilyn pareció
sentirse cómoda. No feliz en el sentido grandilocuente que suelen buscar los
biógrafos, sino cómoda. Y a veces la comodidad constituye una forma modesta de
felicidad.
Vista desde la distancia, aquella visita mexicana adquiere una resonancia
que va más allá de la anécdota biográfica. En cierto sentido, el encuentro entre
Marilyn y México fue el encuentro entre dos mitologías que se aproximaban a un
punto de inflexión. La actriz se acercaba al final de una vida breve y tumultuosa.
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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México se encontraba en la cima de una confianza histórica que pronto
comenzaría a erosionarse. Faltaban apenas unos años para que las certezas del
desarrollo estabilizador empezaran a mostrar grietas. Faltaban unos años para
1968. Faltaban unos años para que el relato triunfalista de la modernización
mexicana comenzara a complicarse.
Ni Marilyn ni México lo sabían. Los dos seguían habitando una especie de
mediodía. Por eso las fotografías de Norma Jean tomadas en México producen
hoy una emoción particular. No muestran únicamente a una mujer hermosa.
Capturan algo más difícil de definir: un instante de suspensión. Un momento en el
que todavía parecía posible creer que el tiempo podía detenerse, que los
problemas podían esperar y que el futuro seguiría siendo generoso.
Sobreviven porque muestran algo que la maquinaria de Hollywood rara vez
consiguió capturar. No muestran al mito, ni al símbolo sexual, ni a la estrella
fabricada por los estudios. Muestran a una mujer conversando con amigos, riendo
durante una cena y caminando por la ciudad sin sospechar que el tiempo se
estaba agotando.
Por eso las fotografías mexicanas siguen allí. Quizá por eso siguen
conmoviendo. Porque los mitos nos fascinan, pero son las fragilidades humanas
las que terminan acompañándonos.
Y porque, entre todas las imágenes posibles de Marilyn Monroe, acaso la
más entrañable sea precisamente ésa: la de una viajera que encontró en México,
aunque sólo fuera por unas semanas, una tregua frente a sí misma y frente al
personaje que terminaría por hacerla eterna.
14 de junio de 2026











