Comienza un nuevo año y por lo menos hasta fin de enero andaremos por
ahí dando sonoros palmetazos en la espalda de cuanto conocido se tope con
nosotros para desear salud, paz y prosperidad. Es tan arraigada la costumbre del
abrazo de año nuevo que se da incluso entre quienes se tienen antipatía.
¿Alguien me podría decir por qué apenas comienza y ya estamos contando
los días para el final del año? En el momento en que escribo faltan 357 días, u 8
mil 547 horas, o 514 mil 498 minutos, o 30 millones 869 mil 884 segundos para
que doblen las campanas por el 2026 y toquemos las fanfarrias por el 2027. ¿A
quién diablos le importa eso?
La celebración del Año Nuevo ni siquiera es occidental y tampoco ha sido
siempre el primer minuto del primero de enero. Fueron los antiguos babilonios los
que iniciaron el rito hace unos cuatro mil años para conmemorar el nacimiento de
la vida con la primera luna nueva del Equinoccio Vernal. Esta tradición fue
heredada por los romanos, pero los emperadores le metían mano al almanaque
con tanta frecuencia que pronto se desfasó del paso del sol. Julio César, en el 46
a.C., publicó su Calendario Juliano y la volvió al primero de enero … aunque para
compensar los caprichos de sus antecesores tuvo que dejar al año anterior durar
445 días.
Durante los primeros siglos de nuestra era la Iglesia declaró la fiesta como
rito pagano y la prohibió hasta entrada la Edad Media. Cuando Cortés llegó a
México, el calendario azteca acababa de ser reformado para ser de 365 días e
intercalar un año bisiesto. El año empezaba el día 1 de Atlacalmaco, que coincidía
con nuestro 1 de marzo.
El Año Nuevo Lunar es la más importante festividad para los chinos. La
tradición dice que durante el último día del año, Nian, una feroz bestia -semejante
a Drogon, Rhaegal y Viserion los dragones de Juego de Tronos, pero con quienes
Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
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no debemos confundir- desciende a la tierra para devorar a los hombres. Sólo la
alejan el color rojo y el ruido de cohetes y los fuegos artificiales, así que en las
ciudades chinas esa noche todo mundo pega adornos rojos en las puertas, prende
antorchas y echa palomas y buscapiés.
Además los chinos dan a cada año el nombre de un animal. 2026 es el Año
del Caballo de Fuego que, dice mi nigromante de cabecera, no es un año sino una
sacudida que combina impulso y combustión, carrera y hoguera. Avanza sin pedir
permiso, rompe cercas, enciende entusiasmos y deja cenizas donde antes hubo
prudencia. “Quien nace o vive bajo su signo aprende que el riesgo es método y
que la libertad tiene costo. No promete estabilidad ni consuelo, promete
movimiento. Y en ese galope incendiario se entiende una verdad incómoda: hay
épocas que no vienen a ordenar el mundo, vienen a probarlo.”
En el Japón el shogatsu es la celebración más importante del año y dura del
1 al 3 de enero. Los Hijos del Sol Naciente creen que cada año es un nuevo
comienzo, así que se apuran a cumplir con todos los deberes antes de que
termine (igualito que el “mañana” y el “ahí se va” nuestro) y celebran el bonekai o
“fiesta del olvido”, para despedir a los problemas y preocupaciones del año
anterior. Esa noche hay la tradición de echar a volar las campanas de los
santuarios. Quizá algunos lectores recuerden aquel maravilloso párrafo de Lo bello
y lo triste de Yasunary Kawabata cuando Toshio Oki decide viajar a Kyoto para
escuchar el sonido de las campanas de los antiguos santuarios de la ciudad el día
de Año Nuevo.
Así pues, el inicio de un nuevo año, en todo el mundo, tiene un significado
especial, aunque las fechas y las cuentas no coincidan. Para el pueblo judío, su
año nuevo, Rosh Hashaná, comienza la tarde del 11 de septiembre y entran en el
año 5 mil 787 de su era. Los chinos, por su parte, inician en febrero el año 4 mil
723 de su calendario tradicional.
Los pueblos tienen diversas celebraciones para recibir el nuevo ciclo. Algo
generalizado es la costumbre de dar regalos, vestir ropa especial, adornar las
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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casas, celebrar fiestas y ofrecer propósitos. Los babilonios tenían como intención
regresar aperos de labranza prestados.
Los propósitos de año nuevo son una coreografía íntima donde la voluntad
se disfraza de lista y la esperanza pide plazos. Juramos madrugar, dejar de fumar,
bajar de peso, hacer ejercicio, ejercer en lo posible la fidelidad, leer a los clásicos,
comer verde y pensar mejor, como si el calendario fuera un interruptor moral.
Duran lo que dura la resaca del brindis, pero no por falsos: fallan porque
aspiramos a ser otros y no a entender lo que ya somos. Aun así, insistimos. Algo
sabe el ritual. Quizá que el deseo necesita fecha para atreverse a hablar.
Y en mi propio rito, como cada año repito esta columna con el deseo de que
reciban mi gratitud los lectores y los medios que semana a semana me dan el
generoso obsequio de su espacio. ¡Abrazo!
4 de enero de 2026










