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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez e Armas – JUEGO DE OJOS: El síndrome Genovese

Una señora mayor sufre un infarto cerebral en el metro, durante tres horas no
recibe atención médica, es arrojada a la calle por los vigilantes, permanece ahí 24
horas sin que nadie le preste ayuda y cuando finalmente es trasladada a un hospital,
fallece.
Este horripilante episodio no tuvo lugar en un país africano azotado por una
guerra civil, ni en medio de la represión en Palestina, ni en las represiones del
somocista Daniel Ortega en Managua, ni en la Venezuela ensangrentada de Maduro.
No. Sucedió aquí mismo, en la capital de la cuarta transformación. La mujer se llamaba
María Guadalupe. A su lado pasaron miles de personas pero ningún buen samaritano.
Mientras sus hijos y nietos la buscaban desesperadamente, la vida se le escapó en una
transitada acera de la gran ciudad.
¿Qué debemos leer en este episodio atroz? La jefa de estación fue cesada y los
gendarmes puestos a disposición de la autoridad; hoy entre crujir de huesos y rechinar
de dientes se acusan entre ellos. La señora Sheimbaum, tan respetuosa de las formas
en el caso Rébsamen, no ha dicho esta boca es mía. ¿Y los políticos de todos los
colores? Bien, gracias. ¿Y los dirigentes sociales? Vaya usted a saber.
Hemos llegado a la cima del entumecimiento ciudadano. Recibimos con un alzar
de hombros las noticias de las narcofosas que aparecen a lo largo y ancho del país, de
asaltantes que acribillan a la luz del día a quienes les oponen la mínima resistencia, de
asesinos que operan con rutina escalofriante en las rutas de transporte popular, de las
hazañas de un crimen cada vez mejor organizado que hoy goza de más impunidad que
nunca.
Nuestro sentido de la indignación se ha ocultado en una zona de protección
emocional en donde se fagocita, supongo que como parte de un mecanismo de
autodefensa emocional. Sé que esto pasa en las guerras. Quien haya estudiado el
comportamiento de los combatientes desde Crimea hasta Iwo Jima encontrará una
constante: la tragedia se convierte en un dato cotidiano, pierde su carácter de

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amenaza, se diluye. Por eso los vivos pueden seguir en el combate. Las consecuencias
vendrán después.
En este sálvese quien pueda no parece haber cabida para una sincera
introspección, para un mea culpa, para una reflexión sobre las causas profundas de la
descomposición social. Esta degradación de la convivencia social nos obliga a
reconsiderar seriamente la idea de que la línea de la historia conduce hacia el progreso
a medida que transcurre el tiempo.
La muerte de María Guadalupe evoca el “Caso Genovese” acaecido en otra gran
ciudad, Nueva York, hace 55 años: Catherine Susan Genovese, cariñosamente
conocida como Kitty, fue apuñalada a las tres de la mañana en la puerta del edificio en
donde vivía en el populoso barrio de Queens.
Los gemidos de Kitty fueron desgarradores. Algunos vecinos los escucharon,
pero sólo uno gritó al atacante: “¡deja en paz a esa muchacha!”. El asesino huyó, pero
regresó diez minutos después y apuñaló a la mujer en repetidas ocasiones. Cuando
Kitty estaba agonizando la atacó sexualmente, le robó 49 dólares y la abandonó en el
vestíbulo del edificio donde vivía la joven. El episodio duró media hora.
Minutos después de que ya había huido el atacante, un testigo llamó a la policía.
Llegó el auxilio médico. En el trayecto hacia el hospital Kitty murió. Las investigaciones
determinaron que hubo al menos 12 testigos. Uno de ellos se había percatado
perfectamente de que estaba ocurriendo un asesinato y Karl Ross, el que llamó a la
policía, sólo reparó en que se trataba de un ataque en la segunda ocasión en que el
hombre apuñaló a Kitty.
Poco tiempo después fue capturado el asesino, Winston Moseley. Durante el
proceso confesó haber dado muerte no sólo a Kitty sino a otras dos mujeres a las que
igualmente violó. El día del crimen besó a su esposa y le dijo que la amaba, antes de
salir a buscar a su víctima. Moseley describió detalladamente la forma en que había
agredido a Kitty y fue condenado a muerte. En el interrogatorio dijo que había
apuñalado a Kitty simplemente “por el deseo de matar a una mujer”.
En 1967 la pena de muerte le fue conmutada por una condena de 20 años de
prisión o cadena perpetua, debido a que el Tribunal de Apelaciones concluyó que era

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un enfermo mental. Más tarde, el asesino se provocó daños para poder salir de prisión.
Cuando era trasladado a un hospital hirió a un guardia, y con un bate como arma logró
tomar a cinco rehenes, a uno de los cuales atacó sexualmente. Después de ese
episodio, Moseley regresó a prisión y falleció en 2016.
El asesinato de Kitty Genovese habría sido otro más de los que muchos que
ocurrían en Nueva York, a no ser porque dos semanas después, el New York Times
publicó un artículo de Martin Gansberg acerca del caso, donde se destacaba la
indiferencia de los vecinos ante un ataque asesino. La cabeza del artículo era: “38
personas vieron un asesinato y no llamaron a la policía”. El artículo de Gansberg citó a
un testigo que dijo no querer “verse involucrado”. El asesinato de Kitty se volvió
entonces una referencia sobre la insensibilidad de los testigos en un hecho de agresión
sangrienta hacia un ser humano. Se le llamó “síndrome Genovese”.
Han transcurrido 55 años y no parece que la valoración de la vida y la
solidaridad hayan evolucionado positivamente. La muerte de María Guadalupe nos dice
que hemos llegado a un “síndrome Genovese” tropicalizado. La jefa de oficina del
Metro, que no auxilió a la mujer, los policías que la sacaron en vilo y la arrojaron a la
vía pública y después alegaron que “estaba alcoholizada”, los cientos de personas que
pasaron a su lado sin que ninguna la auxiliara, son ejemplos de una indiferencia
patológica frente a hechos terribles, un “no nos queremos invlucrar” colectivo. Es difícil
saber si esa indiferencia es una suerte de cinismo o una medida de protección contra el
miedo y el dolor.

5 de mayo de 2019

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