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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – JUEGO DE OJOS: UN MEXICANO EN NORMANDÍA

A las 19:14 del viernes 16 de junio de 1944, la escuadrilla Azul del batallón aéreo
443 de la RFAC despegó de la base de apoyo a las fuerzas aliadas en Sainte-Crox-sur-
Mer, a menos de cuatro kilómetros del frente de batalla, sobre la costa normanda
bautizada como “Playa Juno”, con órdenes de interceptar un vuelo enemigo al sur de
Caen.
Habían transcurrido diez jornadas desde el “Día D”, el encarnizado episodio que
marcó el principio del fin de la Alemania nazi. Los seis Spitfire Mk-IXB eran tripulados
por jóvenes de entre 22 y 24 años. Habían recibido sus alas ocho meses atrás y tenían
apenas unos cientos de horas de vuelo. Las naves, además de las bandas blancas y
negras de las fuerzas invasoras, lucían la insignia del 443, un avispón con la divisa
“Nuestro aguijón es mortal”. Al mando de la escuadrilla iba el comandante James Hall.
Los otros pilotos eran Leslie Foster, C.E. Scarlett, Donald M. Walz, Hugh Russell y L.
Pérez Gómez. Desde la madrugada del 6 de junio se habían distinguido en misiones de
cobertura para las tropas terrestres de la invasión.
Pasando Caen, Hall dispuso que dos aparatos permanecieran en espera bajo el
techo de nubes y cuadro ascendieran en vertical para interceptar el vuelo de la
Luftwaffe que se aproximaba desde el interior del continente rumbo a las líneas aliadas.
El primer contacto con el enemigo se dio poco después de las 20:00 sobre la
región de Calvados. Foster y Scarlett se mantuvieron abajo del techo de nubes
mientras que Hall, Walz, Russell y Pérez Gómez ascendieron en formación de ataque.
Al salir del banco de nubes encontraron al agrupamiento de Focke-Wulf 109 –
bautizados como “pájaros carniceros” en la Batalla de Inglaterra- y comenzó la refriega.
Hall y Russell fueron los primeros en ser derribados y no sobrevivieron. El avión
de Walz fue rasgado por la metralla y entró en picada, pero el piloto logró saltar.
Mientras descendía en paracaídas vio al Spitfire 21-S MK-607 de Luis Pérez Gómez
dar un giro a babor en maniobra evasiva, con varios cazas alemanes en persecución.

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Se habían agotado las municiones de sus cuatro ametralladoras y dos cañones y
estaba en la línea de fuego de las naves enemigas
Walz atestiguó los desesperados intentos de su camarada por evitar la puntilla.
Herido, el Spitfire entró en barrena. Walz contuvo la respiración en espera de que la
cubierta de la carlinga se desprendiera y el piloto saltara. Esto no sucedió. Nave y
tripulante se estrellaron en un campo de cultivo en las proximidades de un caserío.
Walz tocó tierra en un bosque. La resistencia lo rescató y pudo regresar a la base.
Entre los fierros retorcidos del 21-S MK-607 quedó el cuerpo de Luis Pérez
Gómez, de 22 años, originario de Guadalajara, el único piloto aviador mexicano
participante en la “Operación Overlord”, el mayor y más complejo operativo militar en la
historia de los conflictos humanos. En su identificación se leía: CA. J29172 Officer L.
Perez-Gomez RCAF. Do not Remove.
Los restos de Luis fueron recuperados por agricultores de Sassy, un pueblo
cercano. Para impedir que cayeran en manos de la soldadesca nazi en retirada o de la
Gestapo, los sepultaron en el camposanto de la iglesia de San Protasio y San
Gervasio, con un nombre francés. Era uno de los suyos. Un liberador.
Después de la guerra, las autoridades aliadas identificaron al aviador. Se decidió
dejarlo en la iglesia y no trasladarlo al cercano cementerio militar canadiense. En la
tumba se colocó una lápida con la inscripción: Flying Officer L. Perez-Gomez. Pilot.
Royal Canadian Air Force. 16th June 1944.
Esto sucedió hace 75 años, y la memoria de este joven compatriota ha quedado
casi en el olvido. Digo casi porque años después fue el centro de una extraordinaria
historia, tan singular como la vida breve de un muchacho de Guadalajara, huérfano de
madre, que salió del hogar paterno y en un México hoy difícil de imaginar, a los 19
años, decidió no quedarse cruzado de brazos ante lo que estaba pasando en su
mundo.
Quiso enlistarse en la FAM y fue rechazado. Se trasladó a Estados Unidos para
darse de alta en la aviación yanqui y fue deportado. Sin perder el ánimo, peregrinó a
Canadá. Se inscribió en una escuela técnica en Ottawa y en poco tiempo logró

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incorporarse como voluntario al programa de entrenamiento de la RFAC, obtener las
alas de piloto y tripular las naves más avanzadas de la época, equivalentes a los
actuales cazas supersónicos.
En aquel camino conoció a Dorothy O’Brian, una chica de 16 años campeona de
baile y de patinaje sobre hielo, y fueron novios hasta su traslado al teatro de guerra. Al
morir Luis en Normandía, Dorothy recibió los telegramas con la noticia, pero le fue
imposible recuperar los restos. Aquella adolescente que se prendió de un joven
mexicano en un baile, a partir de entonces alimentó de recuerdos su amor.
Sesenta años después, ya abuela y con ayuda de su esposo Denis Pratt, un
comandante naval retirado, localizó en Sassy la tumba del hermoso mexicano a quien
nunca olvidó. Se embarcó en una cruzada para recuperar su memoria y en 2004 logró
que se organizara un homenaje a la memoria del pilote d’avion mexicain cuyo recuerdo
sigue vivo al día de hoy en una región en donde se venera a quienes liberaron al país
de la plaga nazi. Sassy dio el nombre de Luis Pérez Gómez a su única plaza.
A ese homenaje el embajador mexicano Claude Heller envió a su jefe de prensa.
¿Qué habrá pasado por la mente de tan notable diplomático? ¿Quizá que rendir
honores a un muchacho tapatío, hijo de una familia nada ilustre, víctima, como millones
de otros jóvenes, de una guerra concluida 60 años antes y en un pueblo de 250
habitantes que nadie podía localizar en el mapa, era un evento no digno de su alta
investidura? Vaya usted a saber.
Pero Dorothy… Cuando era una anciana de 82 años, abuela y viuda, seguía
recordando a su hermoso mexicano con el mismo amor que sintió la noche en que
bailó por primera vez con él. Es cierto que los muertos de guerra en realidad nunca
mueren. “En mis sueños él sigue teniendo 20 años y yo 16”, confesó en una entrevista.
Cada vez que sentía que la vida la asfixiaba se encerraba en sí misma y regresaba a la
nochevieja de 1943 cuando bailó con Luis en el Château Lauriel en Ottawa y las demás
parejas les cedieron la pista y les aplaudieron.
Sin duda, la corta vida de Luis y sus hazañas en el episodio que frenó la
avalancha nazi no cambiaron el rumbo de la historia, pero sí son un ejemplo para todos

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los que transcurren su existencia arrastrados por la corriente, incapaces de mover un
dedo y decidir su propio destino.
En 1922, el gran George Mallory fue cuestionado acerca de “las verdaderas
razones” de su insistencia en llegar a la cúspide del Everest. Dos veces había
intentando conquistar a la montaña y dos veces se había frustrado su propósito. Su
respuesta fue: “¡Porque está ahí!”… y con esa frase inmortalizó al germen que dispara
las grandes proezas. Fiel a sí mismo, en 1924 subió por tercera vez a la montaña y
perdió la vida. Su cadáver congelado fue encontrado cerca de la cumbre 75 años
después, en 1999. Nunca se supo si falleció antes de llegar a su meta o de regreso. No
importa. Su ejemplo es lo que vale.
Setenta y cinco años después de su propio Everest a bordo del Spitfire 21-S MK-
607, el de Luis es un ejemplo semejante. He aquí a un meritorio epígono de Mallory.
Falta que su memoria sea recuperada entre los suyos, en el país que dejó un día de
1942 cuando escuchó el repique de su tambor y sin vacilar partió tras un sueño.
El nombre de Luis Pérez Gómez está inscrito en el Libro Memorial que se exhibe
cada septiembre en el Parlamento canadiense en recuerdo de los caídos en la guerra,
y también se encuentra cincelado en el Muro de Honor de los pilotos de la RFAC
abatidos en la guerra.
Los canadienses lo honran como a uno de los suyos. ¿Veremos a un embajador
mexicano colocar laureles en el sepulco de Luis Pérez Gómez en el camposanto de la
iglesia de San Protasio y San Gervasio en Sassy, o asistiremos a la develación de una
placa con su nombre en el Colegio del Aire?
Sólo el tiempo lo dirá.

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