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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: Retorno a Macondo

A media tarde del jueves santo de 2014 se apagó la vida de Gabriel García
Márquez y arrancó el lento proceso de su canonización literaria. Siempre
reportero, Gabo tuvo la cortesía de morir a una hora apropiada para las ediciones
del día siguiente -como lo hicieran Marcel Proust y Walt Whitman- aunque
supongo que hubiera preferido evaporarse y transformarse en una neblina
amnésica para no transitar el camino de Cortázar, a cuya muerte en 1984 escribió:
“Si los muertos se mueren, debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la
consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni
en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios”.
Creo que al hablar del Gran Cronopio García Márquez pensaba en sí mismo.
Pero como nadie tiene control de lo que pasa cuando ya no está, aquel
viernes santo aparecieron los diarios con extensas crónicas –algunas bastante
buenas- en reseña de la vida y obra del aracataqueño, mientras que en la radio y
la tevé los críticos y analistas se disputaban ferozmente el espacio para relatar
experiencias, anécdotas y vivencias al lado de quien ya no podía defenderse.
Con la celeridad del caso, of course, se anunció el imprescindible homenaje
en Bellas Artes que, imagino, su familia no tuvo más remedio que aceptar. Y hasta
mi hogar medio derruido por el temblor llegó el siseo de los declarantes
profesionales rumiando la sentencia mejor para postular a encabezado o bite más
recordado. Vaya, hasta yo mismo, que por entonces no daba golpe por motivos
existenciales, reclamé mi cachito de Gabo, transmutado en un muro de Berlín
literario sobre el que se abalanzaban los cazadores profesionales de mementos.
Sucede que alguna noche compartí mesa con él y con Fuentes y que tengo
fotos para probarlo. Sucede que le mandé ejemplares de mis libros. Sucede que
su secretaria se comunicó conmigo para decirme, palabras más, palabras menos,
que o los recogía o serían regalados (no dijo a quién). Resulta que eso me
encabritó, pero resulta también que recordé que a los autores hay que leerlos, no
tratarlos, pues si quisieran ser populares se dedicarían a las telenovelas. Y resulta

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Miguel Ángel Sánchez de Armas

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también que el sepultado por las alabanzas nunca pidió mis libros, aunque uno de
ellos sin duda lo hubiera atrapado, sospecha que pude casi confirmar después de
leer Vivir para contarla, la extraordinaria memoria que para mi es lo mejor después
de la saga de los Buendía.
En aquel libro regalado-a-quién-sabe-quién, doy cuenta de una
conversación con Edmundo Valadés en la que confesó con gran remordimiento
que cuando García Márquez era un desconocido, le pidió publicar en la revista El
Cuento un relato de Los funerales de la Mamá Grande y Edmundo no aceptó,
pues creyó que podría ofender el sentimiento religioso del pueblo. “¡Imagínate!”,
exclamó entre güisquis, “¡yo hubiera sido el primero en publicarlo en México!” Pero
no fue así y la Editorial de la Universidad Veracruzana, cuando era lo que fue, tuvo
el honor de sacar a luz el libro… cuyos derechos perdió años después.
Ya famoso el colombiano, coincidió con Valadés en una comida en
Cuernavaca, creo que en casa de Garibay. Al saludar al de Guaymas le dijo muy
serio: “Veo que ha publicado usted uno texto mío en El Cuento y Carmen lo anda
buscando por aquello de los derechos”. Valadés sintió la muerte chiquita. ¡La feroz
Carmen Balcells lo tenía en la mira! Estaba a punto de perder el sentido cuando se
dio cuenta de que García Márquez estaba chanceando. Siempre se tuvieron
aprecio.
Esa fue mi aportación al tsunami memorioso de aquel año. La completé con
lo que escribí en ocasión de un cumple de Gabo en donde a la vez retomé un JdO
de quince años atrás.
“Dicen los diarios capitalinos, con La Jornada a la cabeza, que muy
temprano en la mañana el Gabo salió a la puerta de su casa el día de su 84 vo
cumpleaños y juguetonamente preguntó: ‘¿Por qué tanto alboroto?’, chanza que
puso a danzar de gusto a los admiradores, quienes cubrieron de flores al célebre
aracatecano y además le cantaron las mañanitas.
“Supongo que es obligado unirse a los fastos, aunque debo confesar que si
bien Cien años de soledad fue un hito en mi vida de lector poco más hay en la
obra de García Márquez que me mueva, salvo su trabajo periodístico. Así que

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perdonarán si en vez de fraguar ingeniosos parabienes conmemorativos, recuerdo
lo que escribí hace años sobre el mismo autor.
“Gabriel García Márquez detesta las entrevistas, según sé. Hace bien. Su
oficio es escribir. Más libros y menos declaraciones, eso es lo que queremos sus
lectores en todo el mundo.
“Viene a cuento lo anterior por los borbotones de tinta que hizo brotar el
triple aniversario del escritor. Cincuenta años de periodista, setenta de edad y
treinta de Cien años de soledad, no son poca cosa para críticos y analistas. Son
fechas mágicas.
“Confieso que al ver en las secciones culturales de los diarios espacios
conmemorativos brotar como hongos y escuchar en una estación sí y otra también
programas dedicados al trianiversario, me apenó no estar sumado al homenaje.
Después de todo don Gabriel nació al mundo de las letras en pañales de
reportero, igualito que yo.
“Decidí pues subsanar la omisión y dedicar ‘JdO’ al tema. Busqué en mi
archivo, pedí libros y ensayos, hablé con expertos e intelectuales, medité,
reflexioné… y recuperé un sentimiento que creía olvidado desde mi paso por las
aulas: así como don Gabriel no simpatiza con las entrevistas yo no tengo maldito
gusto por la hermenéutica literaria.
“¿Qué es lo que realmente interesa? ¿Leer y disfrutar una obra o descubrir
las verídicas o supuestas motivaciones del autor ante la página en blanco?
“Con la generosidad que le es característica, Omar Raúl Martínez puso en
mis manos una joya de su biblioteca para ilustrarme: Entre cachacos-1, volumen
III de no sé cuantos editados en 1983 para analizar la obra del aracataqueño. En
el libro, Jacques Gilard emplea 72 de las 411 páginas, el 17.5% del texto en letra
de 9 puntos, para llegar a conclusiones tan asombrosas como que don Gabriel fue
en realidad muy mal crítico de cine, o que en numerosísimos textos anónimos en
El Espectador de Bogotá y El Heraldo de Barranquilla pueden detectarse indicios
que eventualmente llevarían a suponer que habría altas probabilidades de que el
joven Gabriel hubiese intervenido en su redacción.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas

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O joyas como ésta (p. 53): ‘Está claro que la práctica del reportaje le sirvió
(a García Márquez) como una forma de preparación antes de emprender la
redacción de obras literarias’. ¡Oh!
“Algún oscuro placer debe entrañar, supongo, el ejercicio de rastrear y
recuperar textos reconocidamente menores y llegar a la conclusión de fueron justo
67 en el periodo analizado, número que crecería a 70 ‘si se tienen en cuenta dos
reportajes anónimos pero atribuibles a García Márquez’. Que me maten si sé
cómo tal muestra de cuestionable erudición beneficie a la obra.
“Leo en ‘El Ángel’ de Reforma el ensayo de Carlos Rubio Rosell titulado
‘Volver a la semilla: ¿Dónde nace el mundo de Gabriel García Márquez, por qué,
de qué manera y cómo se amamantó la imaginación del autor de Cien años de
soledad, dónde están las claves que engendraron esa narrativa poderosa,
desbordante, alucinada, del hombre?’, y me pregunto: ¿tener conciencia de todo
eso me haría vivir y disfrutar mejor la obra? Como diría el indeciso, quizá sí, quizá
no.
En todo caso, ¿importa? Puedo citar de memoria pasajes enteros de Cien
años de soledad, libro que conocí en la primera edición que llegó a México, la de
Sudamericana, con la portada azul de las carabelas. El libro me mantuvo sin
dormir durante meses. Lo leí y releí como creo ninguno otro desde entonces. Me
enamoró fatalmente, al extremo de que no ha habido otro de don Gabriel que me
haya provocado ni un pensamiento de infidelidad. ¡Al carajo las oscuras
motivaciones del escribidor frente a la hoja en blanco! Choquemos las copas por la
existencia de la obra entre nosotros y todo lo que ella nos dio.
“El mismo Rubio Rosell nos convida con otro espléndido ejemplo de cómo
se puede retroalimentar y enredar hasta que la materia del análisis quede
irreconocible incluso para el autor que la parió: ‘El germen, el humus de todo ese
portento (García Márquez, of course) está en sus primeros diez años de vida. Y su
mundo literario no podía venir de otra cosa sino de ahí, de esos años que fueron
decisivos para que surgiera el escritor que es, dice Dasso Saldívar’, quien, nos
informa un poco más adelante Rubio Rosell en el artículo citado, invirtió nada
menos que 20 años de su vida en una biografía de don Gabriel. Lástima que nadie

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le haya informado al señor Dasso que no sólo García Márquez, sino todos los
humanos, tenemos el germen de nuestro humus (?) en ese periodo crítico de la
vida. En fin. Yo regreso a leer Cien años… y me vale que el mentado humus haya
surgido en los diez, veinte o treinta primeros años de GGM. El libro, la obra, ya es
mía.”
Saludos, Gabo, en donde quiera que te encuentres. Tengo en mi despacho
la foto que nos tomamos con Fuentes al salir de aquella cena en casa de Pepe
Carreño. Joder, algunos de mis alumnos no los reconocen.

12 de abril de 2020

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