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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: Recuperar el pasado

Vidal Elías es un veracruzano que se zambulló en su niñez en Xalapa, en
Banderilla y en otros rincones jarochos y, como el Carlitos de José Emilio Pacheco
en Las batallas en el desierto, recuperó una memoria infantil. Pero si Carlos-adulto
lleva al lector al rincón opresivo de una cantina, Vidal lo convida a un soleado
jardín en donde la pobreza y el azoro de verse tan frágil y pequeño ante la vida no
son miedos sino pedacitos de la íntima alegría de saberse, hoy, hijo logrado de
aquel tiempo.
En aquellos años, dice Vidal, cualquier palo de escoba era caballito. Y –digo
yo- cualquiera de nosotros héroe, hombre alado, capitán de corsarios, jefe de
pandilla y, por la noche, niño acurrucado entre brazos amorosos que eran como el
fin del mundo, cuando nuestras madres y abuelas nos dejaban en la cama
después de la merienda. Con su libro Vidal Elías se reveló como un cuidadoso
artesano que mezcla recuerdos, sueños y fantasías y con ellos reinventa el jardín
de su niñez: Cuando cualquier palo de escoba era caballito.
Una sentencia irlandesa dice que las tres más breves huellas son las de un
pájaro sobre una rama, la de un pez en un estanque y la de un hombre en el alma
de una mujer. Añado una cuarta: la de la niñez en la vida del adulto.
¿Qué pasa con la literatura testimonial, con las cuartillas del recuerdo? Casi
todos tenemos algo que decir de nuestro pasado… aunque algunos pobres
apenas si se dan cuenta de que viven en el presente. No tengo idea si este género
sea ralo o abundante. Mi percepción es que son muy pocos quienes tienen la
fortaleza para compartir recuerdos infantiles porque a la mayoría nos da pena y
nos agobia exhibirnos al mundo. Puede ser insoportable que los otros se enteren
de que dormíamos con un osito de peluche, porque de ahí a deducir que
mojábamos la cama hay apenas un paso.
Pero quiénes sí se atreven, cual fue el caso de Vidal, nada más y nada
menos que iluminan nuestras vidas. Todos recordamos páginas autobiográficas de

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
los muy famosos. Pero yo me pregunto, ¿valen más, desde el punto de vista
emocional, los recuerdos del Nobel sudafricano Coetzee que la deliciosa narración
de la tamaulipeca Rosa de Castaño en su Rancho estradeño? ¿Es más importante
la Historia de una granja africana de Olivia Schreiner que la memoria que Rosa
King nos legó en Tempestad sobre México? Es más: ¿quién ha leído esos libros?
Yo me quedo con el recuerdo de Vidal.
Es de ociosos eso de la crítica, y lo traigo a colación únicamente para
ejemplarizar mi argumento. Visitar un libro de memorias es como abrir, sin haber
tocado, la puerta de una casa que sólo conocemos por fuera: al entrar y conocer el
interior, algunos sentirán que la sangre les sube al rostro, otros se regodearán con
el morbo, a unos les dolerá el estómago y los más sentirán que el corazón se les
acelera al reconocerse en los personajes que pueblan un jardín amorosamente
construido, como el de Vidal… pero nadie, téngase por cierto, la habrá abierto en
vano.
Vaya que se requieren agallas para exponerse así. “Aquí mis entrañas;
¡venid, cuervos!”, dijo el bardo. Pero no sólo de agallas se nutre la literatura, como
sabe cualquier estudiante de letras. ¿Cualquier estudiante de letras? ¡Cualquier
lector! La literatura se hace, con perdón de don Perogrullo, con pasión, con amor,
con coraje, con obsesiones, con ritmo, con eufonía, con imágenes, con el diestro
manejo del lenguaje en que tuvimos la gracia de crecer… y con trabajo, ¡con
mucho trabajo!
“La mañana en que conocí el mar, lo habían traicionado las gaviotas y no
tenía a una Alfonsina ni naufragios que me reconfortaran”, dice Vidal de su
primera excursión al lugar en donde termina la tierra, a donde llegó enfundado en
una cotorina multicolor y protegido por su inseparable Osín. Y no tiene que decir
más para que el lector se sienta transportado a la pedregosa playa azotada por los
fríos y arenosos vientos cruzados del norte.
Hay en las páginas del libro de Vidal una memoria, sí, pero también el
anuncio de una obra literaria. Porque en literatura ni todos los palos son caballitos
ni todas las azoteas bases lunares. La literatura es la posibilidad de no perder la

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Miguel Ángel Sánchez de Armas
memoria. Es recuperar, sin esquizofrenias, una parte de la vida que llevamos
dentro y entregarla a otros que llamamos lectores.
Es antigua y casi lugar común la sentencia de que un libro no tiene dos
lecturas iguales. Ya otros darán su propio testimonio, pero a mí el de Vidal me hizo
recordar que Javier Ruiz y yo tendríamos seis años cuando convertimos la azotea
de nuestra casona en el centro de transmisiones ultrasónicas desde donde
lanzábamos apremiantes mensajes a la flotilla espacial que debía rescatarnos de
las huestes de Ming, emperador de Mongo, al que invariablemente vencíamos
cinco minutos antes de salir destapados a la panadería para atrapar la mejor
ganancia, la rosca o la concha con la que el gachupín de “La Paloma” compraba la
lealtad de los chamacos y de las muchachas que todas las tardes salían por el
pan.
¡Llamando a la base de la luna…! ¡Llamando a la base de la luna…! Ese
susurro precipitado y urgente lanzado desde una caja de cartón olorosa a fab es la
mágica conjura que abre el portón a los recuerdos de una infancia que, como a
Vidal, se me escurrió sin remedio entre los dedos. “Qué horrible destino para un
muchacho tan bello”, exclamó el viejo poeta inglés al encontrarse con su retrato
infantil.
¿Los libros que recuperan una memoria son el equivalente a un diario? ¿Es
esta remembranza del tiempo pasado la transcripción de las notas cotidianas que
muchos llevamos como registro de vida, o se trata de un género literario? Si
acepto lo segundo debo suponer que los autores son los “hábiles artistas” de que
hablaba Poe, que “habiendo concebido, cuidadosa y deliberadamente, cierto
efecto único a lograr”, se permiten pergeñar incidentes y combinar hechos como
mejor sirvan para lograr su efecto preconcebido. Si lo primero, entonces tengo
derecho a concluir que estoy ante una relatoría de hechos verdaderos hábilmente
confeccionada. José Emilio Pacheco se apresura a salvar esta duda y de principio
nos informa que su libro es la “crónica falsa de la verdadera destrucción de la
colonia Roma antes del terremoto”. Vidal no hace tal cosa. Deja que sea su yo-
niño el narrador sin mediaciones, al grado que uno supondría que el autor adulto
cerró los ojos, pensó en su niñez y ejercitó la escritura automática.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas
Habrá que preguntarle a Vidal si él vivió “con terror del calendario”. Mi
propio sentir es que somos los adultos quienes tenemos esa fobia. Pero salvada la
disquisición técnica, que introduje sólo para satisfacer mis propias ignorancias,
queda la deliciosa posibilidad de recuperar aquel tiempo Cuando cualquier palo de
escoba era caballito.

 

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