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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – JUEGO DE OJOS: Recuerdo del General

Este lunes 18 se cumplen 81 años de la expropiación petrolera, después
de la Revolución la gesta más importante en la conformación del país que hoy
llamamos México.
Adolfo Gilly ha dicho que fue “un rayo en cielo sereno”. Difiero. Creo que lo
sucedido aquella noche del viernes 18 de marzo de 1938 fue la descarga
anunciada e inevitable de un cielo que se comenzó a encapotar cuando el General
fue comandante militar en las Huastecas a mediados de los veinte. La reforma
agraria y el ejido, la legalización del Partido Comunista, el asilo a los republicanos
españoles, la construcción de escuelas, la defensa de los trabajadores, la
consolidación del sistema político que a la fecha nos rige, fueron la concentración
de nubarrones que llevaron a la tormenta que puso a México al borde del conflicto
armado con Estados Unidos e Inglaterra. Un episodio que nunca antes se había
dado en el mundo moderno y que nunca después se repitió: la recuperación de
manos extranjeras de un recurso natural por parte de un país inerme.
Cárdenas fue sin duda un estadista. Y tomó decisiones de Estado que no
se han vuelto a igualar. Creo que sólo él pudo dar el paso de la expropiación:
incluso dirigentes de la izquierda nacionalista como Lombardo Toledano reculaban
ante la sola posibilidad de una medida así. Esto confirma que el hombre es
inseparable de su obra.
Hoy, en memoria del General, cuya ausencia resulta dolorosa en el México
contemporáneo, comparto con mis lectores una viñeta de su personalidad, tal
como la escribí hace unos años:
En una comida en la casa de Fernando Benítez en Coyoacán hacia finales
de los ochenta, hablábamos del general Cárdenas. Fernando preparaba una

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nueva versión de un libro sobre el divisionario de Jiquilpan para Océano y durante
algunos meses nos habíamos reunido periódicamente, yo para escucharle y
aprender, él para agobiarme con obsesivos detalles editoriales y constantes
cambios a su texto.
En esa oportunidad habló de la personalidad del General, seca como un
pergamino, impenetrable en su vida íntima, sólo abierta a lo público y a lo político.
Se preguntaba por qué alguien tan generoso y desprendido, paternal con los
débiles, campeón de los necesitados, hubiera decidido blindar su emotividad y
escudarse tras un hieratismo desesperante para sus biógrafos. En alguno de sus
libros Benítez escribió esta reflexión, no recuerdo ahora si fue el mismo que yo
edité. Parece que el apodo “La esfinge de Jiquilpan” que a don Lázaro le
acomodaron se debió tanto a lo impávido de su personalidad, como por que se le
percibía como un oráculo de nuestra política.
Todos los estudiosos del cardenismo han observado esta característica del
General, y es particularmente evidente en sus Apuntes. Más que autobiografía son
una cronología precisa y fría de hechos que en su momento tuvieron en vilo a la
nación, o desapasionadas narrativas de momentos que otros hombres en
semejante circunstancia hubieran consignado con pluma de fuego y arrebato
patriótico. Como aquél en donde asienta: “Al regresar de Zacatepec nos paramos
a las 21 horas en la desviación del camino que va a Palmira, entre los kilómetros
79 y 80 de la carretera Cuernavaca – Acapulco, y llamé fuera del auto al general
Francisco Múgica, secretario de Comunicaciones, y le hice conocer mi decisión de
decretar la expropiación de los bienes de las compañías petroleras…”.
Es decir, tomó la decisión política más trascendente en la historia moderna
de México y la registra con la frialdad de quien ha llegado a la conclusión de
cambiar el color de su casa. ¡Carajo! En contraste, cuando nuestro embajador en
Washington, Castillo Nájera, lo supo, exclamó: “¡Ah chingao, si hay expropiación
hay cañonazos!
Pero si uno es lector cuidadoso encuentra en la obra de Cárdenas y en
testimonios de quienes le conocieron ranuras que permiten atisbar más allá de su
blindaje. A partir de estos observatorios se revela una persona que protegía su

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timidez con un manto de hosquedad, que tenía una veta romántica y que sufrió de
inseguridad.
De niño escribe en su diario: “Siento que para algo he nacido”, y le aflige no
tener certeza de cuál será su camino. Durante la carrera militar que lo llevó por el
país, refugió su soledad en el regazo de numerosas jóvenes, al grado que en una
carta su amigo más cercano, Múgica, le reclama amistosamente su “anarquía
amorosa” y le insta a ponerle remedio.
La que sería su esposa, Amalia Solórzano, recuerda en sus memorias que
poco después de conocerlo hizo investigaciones para saber si el serio y apuesto
joven que atrapó su corazón era casado, enterándose de que no, “pero tenía una
muchacha en un rancho vecino”.
El 18 de marzo de 1938, después de anunciar la expropiación al país, el
General llegó a su casa y a esa hora, pasada la medianoche, pidió que se
despertara a su hijo, Cuauhtémoc, y se hizo retratar con él. ¿Cuántas lecturas
tiene este hecho? Y en un pasaje de un tomo en el que se recogen sus discursos
y documentos confirmé mi sospecha de que en aquel hombre impenetrable
habitaba un espíritu de sensibilidad no sólo política, sino poética.
El pasaje es:
“El indígena está acostumbrado al olvido en que se le ha tenido; cultiva
campos que no compensan su esfuerzo; mueve telares que no lo visten; construye
obras que no mejoran sus condiciones de vida; derroca dictaduras para que
nuevos explotadores se sucedan…”
Compárese con estas líneas de Hombres de Inglaterra, del gran poeta
clásico inglés Percy Bisshe Shelley, escritas en 1819:
“The seed ye sow another reaps; / The wealth ye find another keeps; / The
robe ye weaves another wears; / The arms you forge another bears.”
(“La semilla que siembran otro cosecha; / La riqueza que producen otro
acapara; / El vestido que hilan otro usa; / Las armas que forjan otro porta”.)
¿Comparación forzada? Creo que no. Este hallazgo me reconforta. Que
Shelley fue un poeta político y revolucionario además de romántico, es sabido: se
conoce la carga subversiva que puede tener la poesía. Pero que un político
mexicano de la era de los broncos lo leyera y apreciara al grado de incorporarlo en
sus textos, es otra cosa. Mi respeto y mi aprecio por el General crecieron a partir
de este hallazgo.

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En el mismo año de la expropiación, otro poeta, Archibald MacLeish, explicó
esta hermandad: “Hay una muy buena razón por la que la relación de la poesía
con la revolución política debiera interesar a nuestra generación. La poesía, para
la mayoría, representa la intensa vida personal del espíritu único. La revolución
política representa la intensa vida pública de una sociedad con la cual el espíritu
único debe, pero no debe, hacer su paz. La relación entre ambas contiene un
conflicto que nuestra generación entiende: el conflicto entre la vida personal de un
hombre, y la vida impersonal de muchos hombres.”
Quiero pensar que el General también leyó a MacLeish.

17 de marzo de 2019

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