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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – JUEGO DE OJOS: Prohibida la entrada a mujeres , uniformados, ambulantes y perros

Parece que fue ayer, pero, ¡ay wey!, han pasado 38 años. Yo era un joven
treintañero, delgado y con pelo, sin deterioro en el secsapil. Y para más señas
reportero de un diario cuyo nombre no quiero recordar. Estábamos a finales de junio de
1981.
Era sábado y me reponía de alguna celebración, cuando habló mi querida cuata
B.F., en aquellos ayeres la reportera estrella de cierto gran diario de México. Su voz,
siempre templada y gentil, denotaba urgencia.
-Necesito tu ayuda, pinche Miguel Ángel.
-Sí mamacita, a mi también me da gusto darte los buenos días en sábado.
-Ta güeno, ta güeno. Espero que hayas soñado con los angelitos y que tu día se
presente luminoso y propicio. ¿Ya? Escúchame. Ayer el profe Hank quitó la prohibición
de que las mujeres entren a las cantinas…
-¿Y a mi qué $%& me importa? Todas las pulquerías tienen un departamento de
mujeres.
-¡De las cantinas, wey! Y como el jefe de información me trae ojeriza me puso en
la orden traer un reportaje del primer día de esta jalada.
-Pos buena suerte. No veo de qué te preocupas. Eres la mejor reportera de la
comarca. Ya es tiempo de que desquites el premio que te dio el Club Primera Plana.
-Muy gracioso. En primer lugar, no conozco ninguna cantina. En segundo, me da
miedo entrar a esos lugares infectos. En tercero, no le voy a pedir a Pepe [el fifí con el
que andaba entonces] que me acompañe, y en cuarto, me debes 200 pesos. Así que
en friega vienes al periódico para acompañarme.
Colgó. Dudé unos momentos, pero tan contundentes argumentos no me dejaron
salida y me puse en marcha. Me animó un poco la perspectiva de unas chelas con
tequila y algo de botana. Y como iba de agregado cultural, no me preocuparía por la
cuenta. Así comenzó aquella aventura que hoy recuerdo con motivo del trigésimo
octavo aniversario del derrumbe de aquellos templos de solaz y camaradería
exclusivos del sexo hórrido (Borolas dixit) llamados cantinas. ¡Qué tiempos!

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Me hizo gracia que B.F. estuviera nerviosa. Esa mujer había entrevistado a
feroces caciques en sus madrigueras y era autora de crónicas de la violencia en El
Mozote, Huehuetenango y Sonsonate, lugares en serio peligrosos. En una cantina su
mayor riesgo iba a ser que no hubiera mesa o cambio de un billete de 50 de los que
acostumbraba cargar [recuerde el lector que estamos en 1981, cuando ese biyuyu sí
valía].
Así pues, la conduje a “Las glorias de Cuitláhuac”, aquel acreditado salón del
barrio bravo, ya desaparecido (el salón, no el barrio). Caballero que soy, en la entrada
abrí el cancel para darle el paso, pero ella me echó por delante. Era un sábado al
mediodía. Ya rezumaba el parloteo de los parroquianos y flotaban aromas de aserrín y
cerveza -y unos más agrios que emanaban del fondo a la derecha.
Avancé entre miradas de indiferencia. Apareció ella -ataviada en un elegante
vestido melocotón- y la sala se electrizó antes de que prorrumpiera de todas las
gargantas, como si la clientela se hubiera puesto de acuerdo para ese preciso
momento, un largo, armónico y estruendoso, “¡Maaamaaaciiitaaa!”, seguido de un
tutifruti de requiebros y dicterios, unos ingeniosos, otros ofensivos y algunos que no
entendí. Desde luego me hice el occiso: los pleitos de cantina no son bonitos.
Aquello parecía el coro de San Gervasio: “Cuñáo, ¡échame la bendición!”, “mi
cara blanca, acastá tu rin de magnesio”, “quisiera ser garrotero para acomodar mesas”,
“mamacita, ¡si lo bonito fuera pecado tú ya estarías en el infierno!”, y así y así, hasta
que un mozo que apenas contenía la risa nos acomodó en un lugar al fondo. Noté que
había mesas vacías y entendí que se habían preparado para la ocasión.
Poco a poco el barullo se extinguió y la asamblea regresó a los más importantes
asuntos de beber, echar botana y maldecir al pentonto del regente que no dejaba de
molestingar con sus jaladas a la gente decente [pienso que el profe Hank se anticipó al
doc Mancera: aquél nos quitó las cantinas, este los saleros. Ahhh, los políticos. Cómo
se extraña al llorado Jesús Robles Toyos].
B.F. se tranquilizó y comenzó a otear el ambiente. El camarero apareció con
guacamole, chicharrón carnudo y pata de cerdo y solicitó la orden. Ella, distraída, pidió

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una limonada. El mesero se mantuvo inmóvil y carraspeó. En voz baja dije, “Mamacita,
estamos en-una-can-ti-na…” Pareció sorprenderse. “Sí claro. Tú pide”. ¡Mejor que la
hora feliz!, pensé al ordenar dos cervezas y otras tantas dosis dobles del tequila más
fino, brebajes que ella no tocaría.
La siguiente hora se dedicó a tomar notas que juzgué ociosas. Para no
aburrirme, repetí las pócimas. Ya estaba, como se dice, agarrando presión, cuando
puso su mano sobre la mía. Volví la mirada. Tenía las mejillas encendidas. Me invadió
una agitación hormonal. Rápidamente la domeñé: me dijo, con un toque de apuro, que
necesitaba el “tocador”.
Me espanté. Hasta las cero horas de ese día sólo los valedores habían requerido
de esos servicios, y al fondo a la izquierda, sobre una puerta, un letrero destartalado
así lo decía. Sin duda los idiotas que cambiaron el reglamento no pensaron en ese
pequeño detalle. Estábamos en el corazón del barrio bravo, en una era anterior a
Sanborns y a diez kilómetros de la gasolinera más cercana [que de nada hubiera
servido, si recordamos como eran aquellos w.c.]
Fui a buscar al mesero. Le expliqué la situación. “No se apure, don”, respondió.
Entró al baño. Salió. Hizo señas para que B.F. se aproximara. Con rostro inexpresivo le
dijo, “Está vacío”, y le indicó la puerta. Acto seguido se colocó en la entrada, mirando
hacia el salón, los brazos en jarra cual sarraceno guardando el harém. Pensé que sólo
le faltaba la cimitarra. Al poco B.F. apareció de regreso y en “Las glorias de Cuitláhuac”
el respetable estalló en aplausos y aullidos de lobo.
De puntitas, con gran dignidad, B.F. regresó a la mesa. Pero se tropezó en el
último tramo y fue a dar a mis brazos. El jolgorio se alzó de nuevo. Su mirada me dijo
que estaba en peligro y contuve la risa. Creo que el orgullo le impidió salir corriendo del
lugar, gracias a lo cual pude recetarme otra dosis de las agüitas que atarantan.
Su crónica, espléndida, rebosante de humor y detalles como manda el canon,
apareció al día siguiente en primera plana con un gran despliegue en interiores. Lo
malo fue que puso mi nombre y por poco me expulsan del club de los rudos. Eso fue un
día como hoy, hace 38 años. ¡Dios santísimo!

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30 de junio de 2019

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