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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: Nostalgia de París

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Estoy en la Ciudad Luz y recorro las calles que fatigué hace 30 años
cuando llegué aquí con una mochila llena de juventud, melena y barba, unos
cuantos centavos en la bolsa y una felicidad a prueba de lugares comunes.
A golpe de vista –coup d’œil- nada ha cambiado en la ciudad. El otoño casi
es invierno y el viento frío da a las mejillas de las muchachas un toque de rosa que
ilumina su paso altivo en las concurridas aceras del quartier Latin.
Los clochards comienzan a instalarse en las salidas de aire caliente del
metro. Los cafés han retirado las mesas de las aceras y en Montmartre ya
prendieron las estufas para los que insisten que ahí no se puede tomar du café si
no es en el empedrado de los callejones.
Pasada la primera impresión, entiendo que mucho ha cambiado. Hace tres
décadas vivía en una azotea y mis vecinos eran senegaleses de Matam que se
sentían enfants de la Patrie y ahorraban cada céntimo para dar a su parentela una
vida mejor.
Los descendientes de aquella tribu incendiaron autos y balearon policías en
los suburbios de París. Lo supe por Abu. Vive aún en los cuartuchos y me
reconoció al verme parado frente al derruido edificio. Abu ya es un anciano. Me
dijo que la Patrie los traicionó. Que sus hijos, nietos y bisnietos, estaban
desempleados. Que no tuvieron oportunidades. Que los discriminaron. Abu me
preguntó si en México podrían rehacer su vida.
Lo invité al café y bebimos pastis toda la tarde. Prometí escribirle.
En todos estos años mis pies no perdieron la memoria. Sin que les ordene
me llevan de uno a otro quartier a los lugares de mi juventud parisina. En la Rue
du Chat qui Pêche ya no está el bar en donde una española inmensa cantaba
aires de zarzuela, me gritaba, “¡Olé, mexicano!”, y me regalaba vin rouge a cambio
de las historias de un mi abuelo que salió de las Canarias y sin saber cómo llegó a

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Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Acámbaro y se robó a una mi abuela con la que inauguró una de las familias más
disfuncionales de las que se tenga noticia.
Pero el recuerdo sigue ahí, fundido en las piedras que fueron de la ciudad
romana, o la celta, vaya uno a saber.
Después me conducen a Shakespeare and Company y al estar frente al
bajorrelieve del bardo sobre la entrada, revivo, como diría M., la magia de la
primera vez .
No es el mismo local en donde Sylvia Beach soportaba las fatuidades de
Hemingway y aliviaba con té de flores la melancolía de Joyce y se resignaba al
insoportable ego de Pound. Aquél fue pulverizado por una bomba alemana.
Pero no tengo duda de que los mismos espíritus siguen rondando el local
mohoso al amparo de la sentencia de Henry Miller: “No seáis descortés con los
extraños porque pueden ser ángeles en disfraz”.
Ahí, en el tercer piso, junto a la cama de George Whitman en la que retozan
los gatos de la casa, mi duende doméstico me reencontró… pero de eso hablaré
más adelante.
París no es como Nueva York. Tampoco es como Madrid, o Sydney, o
CdMx, o Praga. Vaya, ni siquiera es como Xalapa, Puebla o Monterrey. Y no lo
digo bajo los efectos del eau de vie que se dispensa en los alrededores de Les
Halles de donde acabo de volver, lo juro. París, regreso al lugar común, es un
momento en la vida de los jóvenes que tienen la osadía de ir a vivir ahí… y el valor
de enfrentarse a su recuerdo 30 años después.
El funcionario no cree que hace 30 años viví en París con 200 dólares al
mes. Le digo que mil millones de personas en el mundo sobreviven con un dólar al
día, así que no fue una gran hazaña. Deja sobre la mesa su gin & tonic, me
obsequia una mirada de conmiseración y vuelve la vista a los ventanales del Café
de la Paix que refulgen con la luz del atardecer parisino. El es un político y no se
siente cómodo en compañía de un periodista. Así debe ser. No somos iguales.
En la avenida hay un abigarrado transitar de personas y vehículos. Me
pregunto qué hace que las calles de París siempre estén de fiesta. Quizá sean las
mujeres. O los jóvenes. O los ancianos. O los clochards. O los edificios. Tal vez

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sea un hechizo celta. No lo sé. De todas las ciudades que conozco, ninguna está
en sus calles como esta.
En la acera frente al café un motociclista vestido de rojo estaciona su
vehículo tapizado de calcomanías deportivas, comerciales y eróticas. Se abre la
chamarra y aparece un pequeño can con un casco. El chucho no parece estar
incómodo. Sólo en París…
Hace tiempo en un suburbio de la ciudad dos jóvenes que huían de la
policía se escondieron en la caseta de un transformador y se electrocutaron. Eso
desató una ola de violencia como el episodio de Rodney King en California.
Cientos de autos fueron incendiados. Fue una competencia perversa. Si los diarios
reportaban X voitures flammes en un arrondissement, los movilizados en el de
junto le metían gasolina y cerillo a N al día siguiente.
En los periódicos, en la tele y en la radio aparecieron los sociólogos del
Apocalipsis para explicar las causas profundas del alzamiento. Mejor recurrí a un
experto: un taxista. Dijo que los inmigrantes eran todos unos rufianes, que el
presidente debería estar en la cárcel y que mientras el Ministro del Interior no
tomara las riendas, la República no hallaría la paz. Vive la France!
Los meseros son, más que una clase social parisina, una cofradía
masónica. Seis lustros después parecen un poco más tolerantes y algunos incluso
hablan inglés, pero en el fondo no han cambiado.
En México uno pregunta si tal o cual platillo va acompañado de papas o
ensalada. Acá, revisar la carta más de 30 segundos es un agravio. Y ni hablar de
pedir, por ejemplo, un omelet de claras. Mon Dieu! ¿Pues qué el Señor no dispuso
que las gallinas nos dieran huevos con yema? Sólo a un extranjero salé se le
ocurren tales tonterías.
Cierto que hace tres décadas tuve muy pocas discusiones con meseros
porque con 200 dólares al mes no se conocen muchos restaurantes, pero cuando
se dio el caso me vengué no dejando propina. Hoy en todas partes es service
compris y aunque el adiposo garçon nos arroje el plato o grite que le hemos
interrumpido en su repás, de todos modos se lleva el 17% sobre la cuenta.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Los callejones del barrio universitario y de Montmartre tienen el mismo olor
e iguales tonalidades terrosas, pero ya no son tan divertidos pues no es necesario
que revise con lupa los menús que los griegos colocan a la entrada de los
comederos para ver qué puedo pagar.
Y en Au Chez Eux no sudo cuando mis invitados piden otra botella de vino.
Ya puedo tomar un taxi sin ver el medidor.
En esto, mi París ha perdido el encanto. Pero hay pasados que son
implacables. Como dije, en el cuarto piso de Shakespeare & Company mi duende
personal me reencontró. Hace tiempo que vivía entre los libros en espera de mi
regreso. Es un espíritu chocarrero, mezcla de aluxe y gremlin.
En aquellos años setenta me torturaba sin miramientos. En este regreso se
apropió de mi pasaporte. Busqué, según dictan los cánones, por cielo mar y tierra.
Reporté la pérdida a las autoridades. Me resigné al exilio forzoso en tanto la
Embajada, o Relaciones Exteriores, o el Registro Civil o la Secretaría de
Gobernación, o la dependencia que sea la que certifica la ciudadanía, comprobara
que sí soy mexicano, que me sé el himno nacional y que me reconozco en la
Virgen de Guadalupe.
Mas París, además de una fiesta, es un milagro. Unas horas después, el
geniecillo depositó el verde documento sobre una mesa que varios testigos habían
visto limpia de cualquier objeto.
Creo que fue su bienvenida. No sé si habrá regresado a México conmigo.

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