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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: Mercaderes de la muerte

Los más letales instrumentos de exterminio no están en los arsenales
nucleares de las grandes potencias sino en las calles de las ciudades, en las
zonas de conflicto de “baja intensidad” y en los feudos de los señores de la guerra:
550 millones de armas “ligeras”, una por cada 12 habitantes del planeta.
Medio millón de seres humanos mueren cada año víctimas de balas de
calibre de pequeño a moderado. La inmensa mayoría de estas víctimas son
civiles. En algunas regiones del mundo quienes disparan esos proyectiles son
niños de entre diez y 15 años.
México ya forma parte de esas “regiones del mundo”: hace unos días en
Torreón un niño de once años asesinó a una maestra, hirió a compañeros y se
suicidó; en enero de 2017, un adolescente regiomontano balaceó a profesores y
alumnos antes de quitarse la vida. Además de las razones que convirtieron en
asesinos a estos chamacos, queda al descubierto la creciente facilidad para
obtener artefactos letales.
El tráfico de armas es una industria que rivaliza con el comercio
internacional de drogas. Así como los cárteles no escatiman energía e imaginación
para ampliar su base de consumidores, los proveedores de armamentos tienen
como meta pertrechar a tantos seres humanos como sea posible.
El movimiento de los arsenales es muy complejo. Comienza bajo la forma
de exportaciones legales en los países productores (Estados Unidos, China,
Israel, Rusia y otras naciones del ex bloque soviético y de Europa) y se inserta en
una red cuasi legal de comercio que desemboca en los mercados “legales” y
“negros” del planeta. El mecanismo que abastece a los talibanes en Asia, a los
tutsis y hutus en África y a los cárteles en México, Centro y Sudamérica, es el
mismo que facilita un AK47 “cuerno de chivo” en Tepito a quien pueda entregar mil
500 dólares en efectivo.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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El mercado de armas representa ingresos de cientos de millones de dólares
para los fabricantes y de miles de millones para los traficantes. ¿Cómo creer los
encendidos discursos de los representantes del primer mundo a favor de los
derechos humanos en los foros internacionales cuando son los países que
representan los principales fabricantes de pistolas, ametralladoras, rifles,
escopetas y otros instrumentos de muerte?
Hay estados que con una mano entregan ayuda a la Cruz Roja
Internacional y al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, y con la otra
tecnología y licencias de fabricación de armas a pujantes industrias del tercer
mundo. “Mientras escribo, seres humanos altamente civilizados vuelan sobre mi
con la intención de matarme”, apuntó George Orwell en El león y el unicornio.
En el mercado doméstico de Estados Unidos casi cualquier persona puede
adquirir un arma en tiendas o por Internet. Y hasta hace poco las balas se vendían
en los supermercados a poca distancia de las jaleas, la leche y las verduras.
Sicópatas gringos que masacraron a compradores en centros comerciales,
a comensales en locales de venta de hamburguesas, a estudiantes en escuelas o
a creyentes de sectas religiosas, probablemente compraron “legalmente” las
armas y las municiones.
Algunos las adquirieron a crédito y no las terminaron de pagar. Y mientras
la sociedad yanqui llora a sus muertos, los asesinos son defendidos por otros
sicópatas agrupados en una llamada “sociedad nacional del rifle” muy temida en
Washington por su capacidad de cabildeo y cortejada por una pléyade de políticos
crónicamente necesitados de fondos electorales. Apunto que los militantes de tal
sociedad se cuentan entre los mejores amigos de Mr. Trump, de funcionarios del
gobierno y de representantes populares.
El mercado de las armas obedece a las mismas leyes económicas que,
digamos, el mercado internacional de chatarra. Los fabricantes venden su
mercancía a exportadores “legales” (me resisto a utilizar el término “legítimos”).
Estos los entregan a la red de mayoristas, medio mayoristas y minoristas que
surte tanto a los clientes “naturales” a quienes se expedirá factura (ejércitos,

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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corporaciones de seguridad pública) como a los “pardos” que recibirán los
cargamentos con guías de aduana falsificadas en recónditos puertos.
Pero llega un momento en que los clientes “naturales” se encuentran con un
exceso de mercancía en las manos, como sucedió después de la guerra en los
Balcanes y a la caída de la cortina de hierro, y entonces esa mercancía reingresa
al circuito económico de la misma manera que los autos robados y presiona los
precios a la baja. Eso explica que en África oriental los ejércitos de niños estén
dotados con rifles de asalto Kalashnikov nuevecitos. Y también explica el
surgimiento de una red de comercio especializada en abastecer a las pandillas
criminales en todo el mundo. Entiéndase, no a terroristas o a traficantes de droga
o a movimientos de liberación, que tienen sus propios marchantes, sino a los
asaltabancos, a los secuestradores, a los piratas y a los papás de niños asesinos.
Y si a usted le parece que esto es diabólico, permítame decirle que hay
otras ramificaciones de este comercio execrable: la producción y distribución del
“gran” armamento: aviones, barcos, submarinos, cañones y misiles, así como la
fabricación de las “minas antipersonal” que han desfigurado a cientos de miles de
seres humanos, principalmente niños y niñas, en muchas partes del mundo.

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19 de enero 2020

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