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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: La peste

Entre febrero y julio de 1348, Eduardo III celebró su victoria contra los
franceses y la toma de Calais con torneos de caballería a lo largo y ancho de
Inglaterra. La realeza competía para deslumbrarse entre sí e impresionar a la
gleba que se desgañitaba de admiración y aullaba de placer por las viandas, las
bebidas y el desfile de atuendos a cuál más espectacular. Un cronista de la época
describió ajuares confeccionados con tres kilos y medio de oro de Chipre, tres
kilos de seda escarlata y tres mil laminillas de oro.
Como consignó un cronista a propósito de festejos semejantes, “avia dentro
tanta abundancia de coetes y fuego que no pareçía realmente sino fuerça que la
entravan los enemigos, tan grandes eran los truenos y tan espesos los coetes que
subían por el aire con grandísimo estruendo de atanbores y tronpetas en toda
aquella plaça”.
Unos meses después, en abril de 1349, más de la mitad de los miles que se
habían congregado para glorificar las proezas militares del Rey yacían en fosas
comunes o desbordaban los cementerios, mientras que multitudes abarrotaban los
templos y nutrían las procesiones que rogaban la clemencia y protección del
Altísimo ante la guadaña de la peste que arrasaba al país sin distingo de edad,
sexo o clase social.
Las verbenas imperiales fueron el caldo de contagio de la pandemia
bautizada “muerte negra”, lo mismo que las turbas en los santuarios y en las
peregrinaciones. Las pulgas portadoras de la bacteria tomada de ratas
probablemente infectadas en Asia y transportadas en barcos a Europa en 1347,
no tenían que brincar lejos para saciar su hambre y propagar la plaga.
Eduardo III probablemente sabía de la peste que ya entonces asolaba a
Italia. El arzobispo de Canterbury alertó a los curatos sobre “la pestilencia e
infección que amenazan al mundo”. Pero ni el monarca ni su corte ni la alta
clerecía iban a tener el mal gusto de privar al populacho de su pan y circo.

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La alucinante jornada de hace setecientos años que describe el historiador
Richard Barber es sólo uno de cientos de episodios letales que ha capeado
nuestra especie desde su aparición en la tierra.
Justiniano vio descompuesto su imperio por la pandemia del 541. Los
conquistadores trajeron consigo enfermedades que diezmaron a las poblaciones
del Nuevo Mundo.
En su Decamerón, Bocaccio describió escenas de la peste: “Cuando todas
las sepulturas quedaron llenas, se excavaron enormes fosas alrededor de las
iglesias en donde los muertos eran colocados por cientos como si se almacenaran
en la sentina de un barco, unos sobre otros”. Y, nos dice el sienés Agnolo di Tura,
“tantos murieron que todos creían llegado el fin del mundo”.
En 1606 la peste azotó de nuevo a Inglaterra. En Londres, los moribundos
eran acuartelados con sus familias y se expidió un decreto para cerrar los teatros,
los burdeles y los corrales de peleas de osos. Shakespeare escribió sonetos sobre
la plaga.
Además de las guerras y de los abismos económicos, incontables olas de
enfermedad han amenazado a la humanidad a lo largo de la historia. A principios
del siglo pasado, “El jinete pálido”, la gripe española, cobró alrededor de 100
millones de vidas, la mayor matanza desde la peste negra del medievo y cambió la
historia del mundo. En nuestros días el ébola, el Sars, el Sida, el H1N1 y el
Covid19, entre otras pandemias, son espadas sobre el cuello del hombre y
cambiaron la sociedad de formas que apenas comenzamos a comprender.
Espanto, miedo, terror, desolación, desesperanza… los adjetivos son tantos
como las amenazas. Pero lo cierto es que hay un patrón en estos capítulos:
siempre los hemos sobrevivido, pero nunca hemos salido iguales: a la plaga
siempre ha seguido el peligro mayor de la desigualdad, la opresión, el control y la
pérdida de las libertades.
Cuando las poblaciones se recuperaron después de las plagas de
Justiniano, la peste negra y las pandemias americanas, el historiador de Stanford
Walter Scheidel nos hace notar, siempre la consecuencia fue una mayor
concentración de riqueza y poder en las élites y la pauperización de las masas.

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“Los registros históricos demuestran que en la Edad Media las élites no cedieron
terreno ni bajo la presión de las pandemias […] En otras regiones la represión fue
el sello del día; desde Prusia y Polonia hasta Rusia, los nobles se coludieron para
llevar a la servidumbre a las masas y monopolizar la fuerza de trabajo. […] Más al
sur, los mamelucos de Egipto […] organizaron un frente común para conservar el
dominio de la tierra y continuar explotando al campesinado”.
En el actual peligro no se puede perder de vista que acecha una amenaza
mayor, de la que ya alertan algunas voces: para mantener la unidad frente al
amago de coronavirus, estamos cediendo libertades que el autoritarismo rampante
de la era está controlando y difícilmente cederá pasada la emergencia.
Se centraliza el control de los movimientos individuales, se pide la
adecuación de las leyes y el aumento de los poderes ejecutivos, se fortalece la
autoridad de las fuerzas militares y policiacas, se pide el control del tesoro público
para una burocracia autoritaria y se adecuan otras medidas que juzgamos
“razonables” ante la magnitud de la amenaza.
Mas no debemos perder de vista que en el horizonte se avizora el rostro de
una plaga más letal, la del autoritarismo, el control social y la represión. En un
artículo en el Financial Times el pasado 19 de marzo, Yuval Noah Harari hace una
advertencia que no debe pasar desapercibida:
“Por primera vez en la historia, hoy los gobiernos tienen la capacidad de
monitorear a toda su población al mismo tiempo y en tiempo real, dispositivo que
ni la KGB soviética consiguió́ en un solo día. Los gobiernos de hoy lo consiguen
con sensores omnipresentes y poderosos algoritmos, tal como lo demostró́ China,
al monitorear a la población a través de los celulares y las cámaras de
reconocimiento facial. La pregunta es si los datos de sus reacciones serán luego
empleados políticamente para saber cómo responden las emociones del
electorado a ciertos estímulos: en otras palabras, para manipular a grandes
masas.”
Vaya, hasta Herr Professor Henry Kissinger, quien detenta un rosario de
virtudes más largo que la Cuaresma, entre ellas autoritario, déspota, arbitrario,

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opresor, cacique intelectual y otras más, está preocupado. Y esto, por lo menos
para mi, es motivo de susto.
En su columna del 3 de abril en el Wall Street Journal titulada “La epidemia
de coronavirus alterará el orden mundial para siempre”, este sujeto que recibió el
Premio Nobel de la Paz después de haber organizado el golpe en Chile, el
asesinato de Allende y el encumbramiento de Pinochet, entre otras faenas de
ingeniería social, advierte:
“Ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente
nacional superar el virus. Abordar las necesidades del momento debe, en última
instancia, combinarse con visión y programas de colaboración global. Si no
podemos hacer ambas cosas a la vez, enfrentaremos lo peor de cada una.
“La leyenda fundadora del gobierno moderno es una ciudad amurallada
protegida por poderosos gobernantes, a veces despóticos, otras veces
benevolentes, pero siempre lo suficientemente fuertes como para proteger a las
personas de un enemigo externo. Los pensadores de la Ilustración reformularon
este concepto, argumentando que el propósito del Estado legítimo es satisfacer
las necesidades fundamentales de las personas: seguridad, orden, bienestar
económico y justicia. Las personas no pueden asegurarse esos beneficios por sí
mismas. La pandemia ha provocado un anacronismo, un renacimiento de la
ciudad amurallada en una época en que la prosperidad depende del comercio
mundial y el movimiento de personas”. Las democracias del mundo necesitan
defender y sostener los valores de la Ilustración. Un retiro global del equilibrio del
poder con legitimidad hará que el contrato social se desintegre tanto a nivel
nacional como internacional. Sin embargo, esta cuestión milenaria de legitimidad y
poder no puede resolverse en simultáneo con el esfuerzo por superar la
pandemia.”
Amén.

3 de mayo 2020

☛ @juegodeojos ☛ facebook.com/JuegoDeOjos ☛ sanchezdearmas.mx

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