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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas- Juego de ojos: Escribir en el apando

Es más largo que la Cuaresma el inventario de escritores y luchadores
sociales que a lo largo de la historia han conocido la hospitalidad y el confort de
cárceles y sentinas por cortesía de padres de la patria, de hombres fuertes o de
indulgentes caudillos preocupados por resguardar la pureza de sus pueblos.
Entre esta pléyade de tanto en tanto encontramos un tipo de prisionero
especial: el que encuentra en la paz de la cárcel el ambiente para escribir, ya sea
obra literaria, científica o política. Los 27 años de encarcelamiento de Nelson
Mandela y su incansable lucha contra el apartheid lo convirtieron en un símbolo
que lo condujo de la condición de ex presidiario a la de galardonado con el premio
Nobel de la Paz. Su libro autobiográfico El largo camino a la libertad fue concebido
entre los muros de su celda.
Desde el gran Galileo, condenado a cadena perpetua por el Santo Oficio en
1633 por apóstata, hasta los cientos de periodistas y escritores que hoy purgan
condenas en muchas cárceles del mundo contemporáneo, incontables obras han
sido paridas tras barrotes.
Incluso el sanguinario cabo del bigote ridículo dictó al obtuso y cejudo
Rudolf Hess su Mein Kampf cuando purgaba prisión de 1923 a 1925 luego del
fracaso del golpe de Estado conocido como el “Putsch de Munich”.
En el caso de Galileo, de 1633 a 1642, año de su muerte, su obra se
desarrolló técnicamente bajo la condición de encarcelamiento, pues se encontraba
en lo que hoy llamaríamos arresto domiciliario. En esos nueve años el pisano
escribió su Discursos sobre dos nuevas ciencias donde se ocupa de los
fundamentos de la mecánica, piedra angular de los desarrollos posteriores en
física.
La Inquisición llevó a la cárcel a Fray Luis de León, el religioso agustino
renacentista, poeta y humanista, por traducir a la lengua vulgar el Cantar de los
Cantares, arrebatador pasaje que da ñáñaras a la ortodoxia clerical, espantada de

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la sensualidad que el maligno coló en El Libro. Durante los años que Fray Luis de
León estuvo encarcelado escribió De los nombres de Cristo y otros poemas. Se
dice que antes de dejar la cárcel consigno a la pared la siguiente décima:
Aquí la envidia y la mentira / me tuvieron encerrado /
¡Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado / y con pobre mesa y casa,
en el campo deleitoso / con sólo Dios se compasa
y a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso!
Utilizar las paredes de la chirona como cuaderno es algo muy extendido.
Acá en tierra santa el cura Miguel Hidalgo y Costilla plasmó en los muros del
Colegio de los Jesuitas en Chihuahua -habilitado como cuartel y cárcel-, dos
décimas dedicadas a sus carceleros Ortega y Melchor por haberle brindado un
trato comedido y respetuoso a pesar de órdenes al contrario.
Activistas políticos que realizaron valiosas aportaciones a la teoría social las
trabajaron en muchas ocasiones confinados a una mazmorra. Un caso
emblemático es el del teórico marxista italiano Antonio Gramsci, quien fue
encarcelado en 1926, tomando como pretexto un atentado sufrido por Mussolini.
En el momento de su detención Gramsci era diputado al Parlamento, pero
esto a don Benito no le importó. De paso disolvió los partidos políticos de
oposición y canceló la libertad de prensa. Por cierto, Il Duce se llamaba Benito en
honor a nuestro Juárez, a quien su padre admiró profundamente.
Gramsci era periodista además de teórico. El ministerio público que pidió 20
años de cárcel para él, dijo en el juicio que se debía “impedir a ese cerebro
funcionar” por lo menos durante ese tiempo. Casi 24 meses tomó a Gramsci lograr
que le dieran papel y pluma, con lo que el creador de conceptos como “bloque
histórico” e “intelectuales orgánicos” pudo plasmar su legado a las ciencias
sociales en los famosos Cuadernos de la cárcel.
En México, un ejemplo de persistencia periodística al servicio de la lucha
política fue Ricardo Flores Magón. Regeneración, el periódico que fundó junto con
sus hermanos y con Librado Rivera, literalmente iba a donde iba Flores Magón,

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incluso la cárcel, lugar que pisó en numerosas ocasiones y que fue también
escenario de su muerte.
El escritor ruso Isaac Bábel fue víctima de las purgas con las que el
padrecito Stalin intentó acallar a muchos intelectuales que ponían en tela de juicio
su particular concepción revolucionaria.
Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, estuvo encarcelado por sus
actividades políticas y especialmente por haber escrito El medio más eficaz para
con los disidentes, un texto irónico, y por ello más leído, sobre el combate a la
disidencia. Fue sentenciado a la picota, que en la Pérfida Albión servía para
exponer al escarnio público a los condenados. Defoe, lejos del arrepentimiento,
escribió un poema llamado “Himno a la picota”, porque cuando estuvo expuesto,
los curiosos le arrojaban flores en lugar de piedras como era la costumbre.
Cervantes comienza el Quijote en la prisión de Sevilla en 1597. Miguel
Hernández, víctima del franquismo, escribe “Nanas de la cebolla” cuando preso se
entera que su mujer y su hijo no tenían más alimento que cebolla y pan. Oscar
Wilde escribe De profundis en su celda.
El poeta colombiano Álvaro Mutis estuvo encarcelado en México por una
acusación que surgió en su tierra natal cuando trabajaba para la petrolera Esso
por haber destinado recursos a obras culturales en lugar de hacerlo para obras de
caridad. En prisión recurrió a la prosa para escribir Diarios de Lecumberri.
Otros han hecho coincidir el trabajo político con el literario, como el caso de
José Revueltas, quien preso por su participación en las movilizaciones del 68,
escribió El apando, novela que describe una de las partes más oscuras del
sistema penitenciario mexicano.
Ezra Pound, quizá el mayor poeta en lengua inglesa del siglo XX, fue
acusado de propagandista de Benito Mussolini. Durante su estancia en la cárcel
escribió parte de sus Cantos. Después de la guerra el ejército yanqui lo tuvo seis
meses encerrado en una jaula con un foco encendido, una cubeta y dos sábanas.
Luego lo declararon peligroso y loco y lo confinaron en el hospital psiquiátrico
Saint Elizabeth de Washington D.C. durante 14 años. Es decir, igual que

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Alexander Solyenitzin en su Archipiélago Gulag, el mentor de James Joyce tuvo su
propio archipiélago a orillas del Potomac, en donde ondea Old Glory.
El escritor uruguayo Mauricio Rosencof, preso político de 1973 a 1984
narró, en un texto publicado en 1988 en el suplemento México en la cultura de la
revista Siempre, la experiencia de crear en la cárcel, donde escribió la obra de
teatro Y nuestros caballos serán blancos. Rosencof describe la cotidianeidad de la
falta de información que por aquel tiempo padecían los presos políticos y los
recursos para suplirla.
Los libros de Ngugi wa Thiongo fueron prohibidos en Kenia en 1977 por el
“padre de la patria” Jomo Kenyatta y su vicepresidente Daniel arap Moi y el
escritor fue gentilmente confinado a una celda, en donde sobre pedazos de papel
sanitario escribió la primera novela moderna en kikuyu, su idioma materno:
Caitaani Muthara-ini (Diablo crucificado). Ecos del Knut Hamsun de Hambre y del
Julius Fucik del Reportaje al pie de la horca.
Esta lista no se agota aquí por desgracia. Todavía son muchos los
periodistas y escritores que sufren cárcel por su obra o sus actividades. Ante esta
realidad parecen nada los miles de años transcurridos desde que los gobernantes
griegos encarcelaron y condenaron a muerte a Sócrates acusado de no creer en
los dioses atenienses y corromper a la juventud.

19 de abril 2020

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