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El pasado jueves 6 fue el 75 aniversario del infame episodio en el que unos
generales, unos políticos y un hombrecillo llamado Harry Truman se cubrieron de
gloria con el primer ataque nuclear de la historia.
Se estima que 80 mil niños, mujeres y hombres fueron vaporizados en
Hiroshima en los primeros segundos después de la explosión. Tres días después
una segunda bomba fue arrojada sobre Nagasaki y unos 70 mil seres humanos
desaparecieron de la faz de la tierra.
A esos 150 mil muertos hay que sumar los miles y miles que murieron
después en la agonía de las quemaduras radioactivas, a los lisiados y a los que
enloquecieron por el horror.
La historia oficial gringa dice que sólo así se logró la rendición del Japón.
Que habría sido incalculable el sacrificio militar yanqui para vencer a un país
decidido en resistir hasta el último hombre. Que la bomba atómica en realidad
salvó vidas.
Es decir, la racionalidad fue acelerar la capitulación de un Japón ya
devastado. ¿En verdad? Si las hubieran arrojado sobre el Monte Fuji ese efecto se
hubiera logrado. El espanto de lo que le aguardaba al país habría llevado al
sagrado Emperador a ordenar de inmediato el cese de los últimos hálitos de
resistencia.
Pero un arma debe probarse empíricamente. ¿Cómo saber su potencia
destructiva si no se aplica en un objetivo real? Y como en todo experimento
científico serio, la repetición es obligada para confirmar el resultado.
Esto en lo militar. En lo político, había que hacer ver a los soviéticos, hasta
unos meses antes “aliados” en la lucha contra el fascismo, quiénes eran los
verdaderos amos del planeta a partir de ese momento. Nada de medias tintas.
En esto debió estar pensando el general Curtis LeMay, jefe de la fuerza
aérea y responsable de los vuelos que llevaron los artefactos, cuando le dijo a

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Robert MacNamara, secretario de la defensa, que de haber perdido la guerra,
serían ellos los criminales de guerra en el banquillo del tribunal de Nurenberg.
El piloto del avión que llevó la bomba a Hiroshima, Paul Tibbets, murió en el
2007, en cama, a los 92 años. ¿Habrá vivido con remordimientos? No lo creo. Al
bombardero “Superfortaleza B29” que piloteó le puso el nombre de su mamacita,
“Enola Gay”. Así supimos que tuvo progenitora. De los otros, no estoy seguro.
¿Y la bomba? Algún mentecato tuvo la gracejada de bautizarla como “Little
Boy”: muchachito, escuincle.
El 9 de agosto, otro aparato, bautizado Bockscar, dejó caer sobre Nagasaki
la bomba a la que seguro entre risas pusieron “Fat Man”: gordo, gordinflón. Al
mando de la nave iba Charles W. Sweeney, quien también murió pacíficamente en
su cama, a los 84 años, en el 2004.
Con esta heroica hazaña quedaron muy satisfechos los profesores, los
militares y los políticos que diseñaron, construyeron y dieron la orden de utilizar
ese terrible artefacto contra un país que ya estaba aniquilado. Fue la locura de la
sangre. Las patadas al cadáver del enemigo. La aniquilación de quienes nos
enfrentaron y la construcción de un mensaje patibulario: esto es lo que les espera
a nuestros enemigos.
Han transcurrido 75 años de aquel día. Enola Gay se exhibe reconstruido
en un museo a las orillas de Potomac –sin que en ninguna parte se pueda leer un
“¡Nunca más!”
Pero Little Boy y Fat Man hoy son obsoletas chinampinas comparadas con
las capacidades destructivas del moderno arsenal nuclear con el que algún día
algún político hará pedazos este montón de tierra que gira en torno a una estrella
a la que llamamos Sol. Ya lo dijo el autor: la mayor hazaña del Diablo fue
hacernos creer que no existe.
Quince lustros después recordamos a las víctimas inocentes de aquellas
jornadas. Los diarios de la época publicaron espeluznantes reportajes. The Lima
News en su edición del 8 de agosto citó una transmisión de Radio Tokio en la que
se describía el impacto de la bomba, “tan terrible que prácticamente todos los

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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seres vivientes murieron rostizados por la ola de calor y la presión del estallido.
Los cadáveres carbonizados quedaron irreconocibles”.
Niños pequeños, adolescentes, mujeres y hombres, casi todos víctimas de
la penuria de un país derrotado y hambriento, fueron el blanco. Se dice que
también perecieron algunos militares y políticos.
John Hersey nos dejó un testimonio descarnado de aquella jornada en
Hiroshima, la crónica que alertó al mundo sobre la abominación que asomó en el
horizonte. La pieza comienza con la descripción del último instante de varias
personas comunes y corrientes y sigue, en una precisa y sobrecogedora
narración, la secuela de la detonación.
“El relámpago silencioso. Exactamente a las ocho y quince de la
mañana, el 6 de agosto de 1945, hora japonesa, en el momento en que la bomba
atómica fue arrojada sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del
departamento de personal de la Compañía Hojalatera del Asia Oriental, acababa
de sentarse ante su escritorio de la oficina y estaba volviendo la cabeza para
hablar con la muchacha del escritorio vecino…”
Varios padres de la tecnología que hizo posible la fisión nuclear,
encabezados por Albert Einstein, se opusieron a su utilización como arma de
guerra. Fueron acusados de comunistas y antiyanquis. Y los políticos apretaron el
gatillo: Harry S. Truman, el hombrecito que ocupó la presidencia a la muerto de
Roosevelt, mercero de profesión y juvenil militante del Ku Klux Klan, firmó la orden
de lanzamiento.
¿Habrá logrado conciliar el sueño el resto de su vida?

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[Hiroshima de John Hersey, en una edición trilingüe liberada en ocasión de un aniversario del
ataque, puede leerse en: www.sanchezdearmas.mx]

9 de agosto de 2020

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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