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No hay otra manera de decirlo: su problema es que nació gringo y sigue
siendo un gringo.
Por favor no se me malinterprete. No hay xenofobia en este juicio. No
puede haberla de parte de alguien por cuyas venas corre sangre negra
(Camerún), árabe (Andalucía), vikinga (Islandia), teutona (Magdeburgo), mexica
(Culhuacán) y trazos de origen tan alejado como Niuatoputapu, una pequeña isla
del Pacífico Sur, que ni mi madre pudo explicar cómo fue que se colaron en la
familia.
Aclarado esto, sostengo que El Gringo reveló su verdadera naturaleza
cuando fue exhibido -no por primera vez- como un tipo mendaz y tramposo, un
pendenciero de navaja y nudillera. No puede ser de otra manera. En su ADN lleva
los mismos genes que su paisano el presidente con nombre de osito, aquel que
urbi et orbi proclamó la superioridad gringa sobre todos los pueblos prietos. Y en la
espalda soporta la pesada carga que tan certeramente describió Kipling;
permítaseme citarla en el idioma de El Gringo: The white man’s burden. Por lo
demás, su actual reyerta puede ser descrita con otra cita yanqui: You and me
against the world!
Realmente siento pena por él. La expatriación, voluntaria o no, siempre es
dolorosa. Lejos está El Gringo del temple de un Conrad, que nacido polaco se
construyó a sí mismo como uno de los grandes novelistas en lengua inglesa…
aunque como bien dijera Chinua Achebe, nunca peridó la veta racista.
Si trasterrados de alta estatura moral e intelectual vivieron con gran dolor su
calvario, imagino el sufrimiento de El Gringo, que ni se ha integrado aquí ni puede
volver allá ni es persona de alta estatura moral e intelectual. Pero no tiene la culpa
el gringo, sino el que lo hizo pariente.
En un artículo juguetonamente titulado “El mexicano indomable” en Harper’s
de junio de1937, el hoy olvidado historiador Hubert Herring explicó lo que todo
gringo sabe de los mexicanos: “Son bandidos, andan empistolados, hacen el amor

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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a la luz de la luna, comen comida muy picosa y echan tragos muy fuertes; son
flojos, son comunistas, son ateos, viven en chozas de adobe y tocan la guitarra el
día entero. Y algo más que todo gringo nace sabiendo: que está por encima de
cualquier mexicano”.
Este pasaje viene como anillo al dedo para explicar la rabieta de nuestro
personaje. Llegó como Julio César a sus atezadas Galias, veni, vidi, vici… pero a
diferencia de la Reina de Bitinia, los pollos sagrados le salieron respondones.
Pero me estoy desviando. En realidad mi intención no era hablar de El
Gringo, personaje que me da flojera, sino de lo gringo, en vísperas del encuentro a
orillas del Potomac entre los presidentes a quienes separa el Río Bravo.
Estos mandatarios son personalidades que parecen encaminadas a una
relación geológica: los cambios tectónicos de su carácter, la potencia de géiser de
sus argumentaciones, la voluntad volcánica que exhalan para modelar el futuro,
las colocan en la misma dimensión. Esperemos que su encuentro no se deslave
en un archipélago menor de temperamentos políticos.
Aunque mi querido y respetado amigo G.B. me reprende cuando cree
detectar en mis escritos el síndrome del jamaicón, me es imposible hoy no citar
algunos pasajes históricos que nuestra clase política bien haría en tomar en
cuenta en el trato con los vecinos. Digo esto a riesgo de dar otro machucón a la
manida sentencia de Santayana.
México ha sido visto por Estados Unidos como patio trasero, amortiguador y
dique protector de su frontera sur, fuente de materias primas, mercado para sus
productos o territorio anexable.
Los liberales mexicanos del siglo XIX admiraron la gesta fundadora del
vecino país, pero nunca perdieron de vista que el gigante que ante Dios postrado
declaró la igualdad de todos los hombres y proclamó como derechos universales
la libertad y la búsqueda de la felicidad, es un gran peligro para nosotros.
Desde la pluma de Fray Servando hasta la de Silva Herzog, pasando por
las de José María Luis Mora, José Manuel Zozaya y un batallón de pensadores
liberales, tan caros en la actual hagiografía política, leemos admoniciones y

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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advertencias sobre el riesgo en que nos coloca vivir frontera de por medio con la
potencia imperial.
Zozaya, el enviado extraordinario y plenipotenciario de Iturbide en Estados
Unidos, reportó desde su misión el 26 de diciembre de 1822: “La soberbia de
estos republicanos no les permite vernos como iguales sino como inferiores; su
envanecimiento se extiende en mi juicio a creer que su Capital lo será de todas las
Américas”.
Como en El Gringo de nuestra historia, la conducta de “estos republicanos”
estaba grabada en su ADN colonial. Ya en 1798 Rufus King y John Trumbull
cocinaron un complot con el general venezolano Francisco de Miranda, para que
George Washington liberara a México y promulgara una constitución “de pureza
semejante a la británica, a cargo de los herederos de Moctezuma”. Mas el “Padre
de la patria” declinó el honor y todo quedó en un sueño guajiro.
Hubert Herring ridiculizó a sus compatriotas, pero algunos se tomaban muy
en serio tal “superioridad”, como Samuel Flagg Bemis, profesor de Yale, dos veces
premio Pulitzer, Premio Nacional del Libro y presidente de la Sociedad Histórica,
quien a los cuatro vientos urgía apropiarse de la valiosa bodega de recursos
naturales llamada México, país al que Estados Unidos dispensaba, en su augusta
opinión, “una tolerancia galiléica”.
Bemis sólo seguía la escuela inagurada por King y Trumbull y continuada
por una pléyade de personeros del imperialismo yanqui, algunos grandes y otros
pequeños pero igual de nocivos, como el teniente coronel Edward Davis, agregado
militar en la embajada gringa, quien el 31 de diciembre de 1926 cursó “Un conciso
repaso del año 1926 en México”, en donde sin rubor dijo:

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… es natural que el hombre blanco sea visto con algo de antipatía, pero
si los mexicanos alguna vez tuvieran la bendición de una intervención y
administración [yanqui] el supuesto odio encarnizado hacia los [yanquis]
se disolvería en una farsa superficial… El año ha comprobado que
México tiene escasa, si alguna, esperanza de convertirse en un
miembro autosuficiente y respetado de la comunidad de naciones, a
menos que reciba del exterior algo que nunca ha tenido: una

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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capacitación radical en autogobierno combinada con educación para las
masas y un adecuado desarrollo económico.
Un curso rápido para mejor entender el carácter de “estos republicanos”,
como dijera Zozaya, está en el recién aparecido libro de John Bolton, ex asesor de
seguridad nacional de Estados Unidos, un texto a la vez escalofriante y divertido:
La habitación en donde sucedió: una memoria de la Casa Blanca.
Bolton es un modelo de laboratorio del ADN imperial. Posee un doctorado
en derecho y cita con soltura a Tucídides, a Aristóteles y a Homero, pero al mismo
tiempo exhibe la penosa condición, casi canina, de ver el mundo en blanco y
negro: acá los defensores de Occidente, allá la amenaza a la civilización.
Harían bien nuestros funcionarios en no perder de vista este rasgo que
parece común a la clase política que hoy anida en los pantanos que el suegro de
Yared iba a drenar y también entre los del otro bando que se dice demócrata.
Considero mi deber llamar la atención de nuestro enviado especial a cómo
Bolton caracteriza la relación del actual gobierno con nuestro país: “El vigor
administrativo en dependencias clave se consume en disputas sobre cómo
financiar el muro mexicano de Trump. Esto ha sido el pozo de chapopote de esta
administración…”, en alusión a las charcas de La Brea en donde hace 50 mil años
perecieron los poderosos mastodontes que enseñoreaban la comarca.
Interesante reflexión aplicada a las actuales circunstancias: he aquí una
vulnerabilidad del mastodonte republicano cuyo manejo daría una ventaja táctica
al mexicano en su encuentro tectónico con su par gringo.
Esto lo digo en el desierto, porque desde luego nadie me hará caso.

5 de julio de 2020

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