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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas- Juego de ojos: Aquel dos de octubre

Son pasadas las tres de la madrugada y estoy en la acera frente al Kiko’s
de la avenida Juárez dentro de una bandada de alumnos de la prepa dos que en
zigzagueos y a saltos desde el Zócalo busca cobijo para llegar al amanecer y a la
corrida de los camiones “Bellas Artes – CU” que llevan a territorio libre y seguro. El
miedo transpira en los rostros. Está Rubí, ojos verdes a medio abrir, y Sergio, el
copete inmune a la agitación de la jornada. Hay una chica que se unió al grupo en
Santo Domingo. Tiene las manos manchadas de la pintura con que estuvo
estampando consignas en las mantas para el mitin de Tlatelolco. No dice su
nombre. No es muy alta. Tiene el pelo desordenado y me dirige una sonrisa
torcida. Hay un debate sobre si avanzar por Bucareli hacia el mercado y ahí
esperar, o caminar por Reforma al parque de La Madre.
De pronto una parvada de jóvenes aparece por Balderas y se desplaza
velozmente en dirección a la Alameda con un pelotón que agita fusiles y grita
pisándole los talones. Otros soldados llegan desde la Avenida Juárez. Los dos
contingentes arrinconan a los jóvenes contra los cristales de la librería Porrúa y las
culatas de los mosquetones caen sobre cuerpos que se desmoronan sobre las
baldosas. Gritamos, más para aliviar nuestro propio miedo que para detener la
golpiza. Varios fotógrafos de prensa se han aproximado y observan la escena
impávidos, con las cámaras inertes colgando al cuello. Me acerco y les reclamo
que no registren la alevosía, que son parte de la prensa vendida. Alguien me
alerta que los militares ahora se dirigen a nuestro grupo. Me alejo a paso veloz y
me detengo en la esquina, desde donde observo que el oficial al mando interroga
a los fotógrafos. Uno de ellos, alto, tez blanca y pelo gris plateado, traje bien
cortado y fuera de lugar en el escenario, me señala y le dice algo al soldado, quien
avanza en mi dirección. Corro como nunca en mi vida, como gamo aterrorizado
por las balas del cazador, como zorro perseguido por mastines. No vuelvo la
mirada. Llego a La Fragua, irrumpo en el Sanborn’s y choco de frente contra dos
meseras muy jóvenes. Sin decir palabra me toman de los brazos y me arrastran

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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por la cocina al patio de servicio y me arrojan en un enorme tambo de basura en
donde permanezco hasta bien entrada la mañana.
Por la noche me presento en Novedades en donde soy redactor y traductor.
Y ahí, frente a la entrada de departamento de fotografía, veo al delator. Me entero
que es un fotógrafo free lance apodado “el Che” y que es un argentino insufrible.
Me reconoce. Se acerca y quiere explicar que no tuvo opción. Le pregunto que a
cuántos otros ha denunciado. Le doy la espalda. No lo vuelvo a ver en mi vida.
Desde entonces pienso que era un espía de la dictadura videlista. Ojalá haya
corrido la misma suerte que su compatriota Alfredo Astiz, el torturador de monjas
que se rindió sin disparar un tiro frente a los ingleses en Malvinas.
En 1968 viví como incipiente periodista el gran movimiento que sacudió al
país aquel año en que vivimos en peligro. De las consignas de esas jornadas hubo
una que sobresaltó mi entonces virgen inocencia profesional: “¡prensa vendida!”
No alcanzaba yo a comprender el significado profundo de aquel reproche
lanzado una y otra vez por multitudes que rebosaban las avenidas defeñas. Las
mantas, los puños en alto y la expresión colectiva de encono me sumían en un
estado de confusión. Pero más temprano que tarde abrí los ojos a una dolorosa
realidad de nuestra noble profesión: demasiados medios están al servicio del
sistema y alejados de la sociedad a la que dicen servir.
Durante años me agobió la sospecha de que entre el diarismo sucio del
mundo, el mexicano ocupaba un lugar no menor. Con el tiempo comprobé que en
todas partes el llamado “cuarto poder” se engolosina con la misma presteza que el
primero, que el segundo y que el tercero.
En un fascinante libro, “The Trust”, se revela que el venerado New York
Times mantuvo en reserva la información del Proyecto Manhattan para desarrollar
la bomba atómica a cambio de la “exclusiva” después de que el artefacto fuera
empleado. También se da noticia de que los editores censuraron notas sobre los
campos de concentración nazis pues estaban convencidos de que se trataba de
propaganda.
En otro lugar he escrito que en los años de la guerra fría, respetados y
respetables editores del primer mundo de la democracia llevaban sus artículos al

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Miguel Ángel Sánchez de Armas

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escritorio del asesor presidencial Schlesinger quien a su vez compartía los más
“duros” con el presidente Kennedy para “suavizarlos” antes de su publicación,
complicidad que evoca la escena de “El Padrino” en donde el capo Hyman Roth
exclama satisfecho: “Por fin… ¡un gobierno amigo con el que se pueden hacer
negocios!”
En el curso de una investigación histórica di con el que puede ser el
ejemplo señero en esta materia. La confirmación de que en los más albos castillos
de la pureza puede haber una cloaca y muchos esqueletos en el ropero. Hablo de
The Atlantic Monthly, la gran revista liberal fundada en 1857 por Ralph Waldo
Emerson, Henry Wadsworth Longfellow, James Russell Lowell y Oliver Wendell
Holmes (¡acervo de pedigrí pocas veces visto!) que a lo largo de su centenaria
existencia ha publicado firmas que son las joyas de la corona de la inteligencia, la
razón y el conocimiento.
En una antología de la revista se pueden encontrar textos que iluminaron
épocas, como la “Carta de la cárcel de Birmingham” de Martin Luther King, Jr., el
ensayo “Ventanas rotas” de James Q. Wilson y George L. Kelling, el encuentro de
la poesía y la política de Archibald MacLeish o el profético artículo “La raíz de la ira
musulmana” de Bernard Lewis, además de letras de Kipling, de Mark Twain, de
Tagore y de Frost, entre muchas luminarias.
En junio de 1938, tres meses después de que el gobierno del general
Cárdenas expropiara la industria petrolera extranjera, esta casa de la virtud
publicó un número extraordinario: “The Atlantic Presents – Trouble Below the
Border – Why the Mexican Struggle is Important to You” (The Atlantic presenta –
Problemas al sur de la frontera – Por qué la lucha de México es importante para
usted) que de acuerdo a personajes de la época, entre ellos el embajador de
Estados Unidos en México, Josephus Daniels, y don Jesús Silva Herzog, fue una
de las más extremas muestras de la villanía de la prensa a cambio de treinta
monedas.
De esto hablaré en la siguiente entrega.

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20 de octubre de 2019

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