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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: Actualidad de Watergate

Este mes se cumplen 48 años de un episodio que marcó para siempre la
relación entre los medios masivos y el poder político: el llamado “escándalo
Watergate”, episodio que culminó en la primera renuncia de un presidente de los
Estados Unidos, Richard Milhous Nixon, y la encarcelación de 43 funcionarios de
alto nivel.
Watergate fue una bola de nieve. Comenzó con el arresto de unos
ladronzuelos en las oficinas de un partido político y creció hasta pasar al habla
popular como apellido de escándalos con tinte político: “Irángate”, “Lewinskygate”,
“WhiteWatergate”, “Migragate” and so on. En México tenemos nuestra propia
cosecha: el “toallagate” ocasionó la renuncia de un administrador de la casa
presidencial; el “AguasBlancasgate” culminó con la caída de un gobernador
Para siempre vinculado a Watergate quedó el nombre del Washington Post,
rotativo que documentó el caso desde su inicio y cuya perseverancia contribuyó a
una alerta social que puso al descubierto en la Casa Blanca una conspiración
criminal. Mas pese al romanticismo de la película Todos los hombres del
Presidente y del aluvión de reportajes y libros que brotaron a la vera de Watergate,
no puede decirse que los medios hayan derribado a Nixon. Fue el Poder Judicial el
que encontró elementos para la destitución, y fue el presidente quien eligió
renunciar antes que ser defenestrado. El caso confirmó lo que desde 1922 había
observado Walter Lippmann: “Los medios no dicen a la gente cómo pensar; sí le
dicen en qué pensar”. Es decir, conforman la agenda social.
Watergate no fue un accidente, como no lo es la supuración que se pone al
descubierto por una incisión de rutina. Fue el resultado de una época turbulenta y
de la participación de actores cuyas personalidades fueron como agentes
reactivos que precipitaron y pusieron al descubierto la trama de una conspiración
desde el poder.

Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Si se comienza en sentido inverso, Watergate no estuvo en la agenda de
los electores en particular ni en la de la ciudadanía en general durante 1972. Ello
explica que Nixon hubiese sido relegido por el más alto porcentaje de votos en la
historia del país. Los estadounidenses en aquel momento tenían en la mente, para
citar de nuevo a Lippmann, imágenes distintas. Watergate se hizo parte de la
agenda social y comenzó a presionar a la agenda política cuando los medios
comprobaron que Nixon y sus colaboradores mintieron deliberadamente.
En la Casa Blanca, la agenda fue ocultar la verdad, mentir sin medida y
utilizar las herramientas que fuesen necesarias, independientemente de su
legalidad, para evitar que se hiciera pública la conspiración organizada para dañar
a los enemigos políticos de Nixon.
De junio de 1972 cuando se descubrió el allanamiento, hasta mediados de
1974, la agenda de los legisladores republicanos se centró en la defensa de Nixon
y la descalificación del Post y los medios que crecientemente abordaban temas de
Watergate. Los demócratas, por su parte, utilizaron las informaciones de los
medios para desgastar a la administración Nixon y, en el 74, para sustentar el
inicio de los procedimientos legislativos para defenestrar al Presidente.
Hoy sabemos que Mark W. Felt, el segundo de a bordo del Buró Federal de
Investigaciones (FBI por sus siglas en inglés) fue la fuente del Post apodada
“garganta profunda” y que operó no por amor a la verdad y para preservar los
valores de la nación, sino en beneficio de su propia agenda, que era ser nombrado
director general de la agencia a la muerte de J. Edgar Hoover. Cuando Nixon
designó a un director ajeno a la comunidad de inteligencia y los mandos de carrera
clamaron que ello dañaría al aparato de seguridad interna del gobierno, Felt utilizó
su contacto con los reporteros del Post para combatir la designación presidencial.
Watergate en sus inicios, por lo menos de junio a octubre de 1972, casi
exclusivamente estuvo en la agenda del Washington Post. A Katherine Graham, la
dueña y editora, le advertían desde diversos ambientes que su empresa corría el
peligro del ridículo y del escándalo al sobredimensionar la importancia de un “robo
de tercera”.

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Por lo menos hasta el tercer cuatrimestre de 1973 no hubo en otros diarios
de gran circulación una reacción en cadena respecto a las informaciones de
Watergate publicadas por el Post. En este sentido se confirma el postulado de que
no basta que un tema aparezca frecuentemente en las noticias para hacerlo parte
de la agenda. Si no aparece resaltando algún aspecto de un problema, o si sólo se
resaltan sus aspectos positivos, el asunto pierde urgencia y, por lo tanto, la
agenda se colapsa. Si, por el contrario, el tema muestra cada vez una cara
distinta, la agenda se refuerza.
El senador Robert Dole, a la sazón presidente del Partido Republicano,
acusó al Post de estar a sueldo de la campaña presidencial del Partido
Demócrata, mientras que a diario el vocero de la Casa Blanca, Ron Ziegler,
aparecía en las noticias para expresar su “horror” por el “periodismo execrable” del
Washington Post.
Al interior del diario, Watergate no contaba con el consenso de la redacción.
Varios jefes de sección opinaban en las juntas editoriales que el asunto estaba
colocando en riesgo innecesario al periódico. Para Richard Harwood, responsable
de la sección nacional, la cobertura del asunto estaba al borde de la fantasía, una
investigación carente de lógica que bordeaba en la paranoia. A eso se añadían las
crecientes descalificaciones políticas del diario por parte de políticos respetados.
No menos inquietante era la noción que el Post también tenía su propio problema
de “gargantas profundas” al servicio del gobierno.
Este ambiente fue descrito años después por Leonard Downie, uno de los
editores durante el caso: “Nos sentíamos pequeños, no grandes o poderosos […].
Sentíamos una enorme responsabilidad. No creíamos que el Presidente fuera a
renunciar y la noche en que eso sucedió casi todos enfermamos. Era un grupo
pequeño el involucrado. De eso se trata este negocio. Eso todavía es lo que hace
la diferencia. Fueron tiempos duros, nada brillantes. Muchos le advertían a
Katherine Graham que arruinaríamos su periódico”.
Hay una extendida creencia de que el presidente Nixon renunció al puesto
como consecuencia directa de las publicaciones del diario The Washington Post
sobre el caso Watergate. Sin embargo, pese a que el rotativo fue el primer medio

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Juego de ojos
Miguel Ángel Sánchez de Armas

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en dar a conocer el asunto y lo mantuvo en sus páginas desde junio de 1972, no
influyó determinantemente en la agenda ciudadana. Tuvieron que darse una serie
de acontecimientos sociales, de política interna y externa, y económicos, para que
Watergate fuera percibido como el tema clave en la agenda social y fuese
retomado en la agenda política.
Watergate revivió la vieja discusión sobre la paradoja de la importancia que
atribuimos a los medios en la democratización de las sociedades y la importancia
relativa que éstas dan a aquéllos. Quienes se apresuran a señalar que la mejor
prueba de que “la prensa” es “el motor” de la democracia y ejemplifican con el
papel desempeñado por The Washington Post en Watergate y la primera renuncia
de un Presidente estadounidense, suelen pasar por alto que en noviembre de
1972, cuando los pormenores del asunto tenían seis meses en la primera plana
del Post y que Walter Cronkite, el “Gran Padre Blanco” de la televisión, “el hombre
con mayor credibilidad en Estados Unidos” hiciera suyo y validara
periodísticamente el caso, Nixon ganó su segunda elección presidencial por el
más amplio margen de votos en la historia.
¿Qué sucedió? La respuesta se debe buscar en el papel que realmente
juega la prensa en la democracia. Tiene que ver con lo que Hamilton llamó “el
estado de ánimo” de la sociedad, otros “las imágenes en nuestra mente” o la
“construcción de las agendas. Parece indiscutible que la prensa provee no sólo
información, sino el marco conceptual en el cual se ordenan la información y las
opiniones: no únicamente los hechos, sino una visión del mundo. Así, los actores
políticos se ven obligados a configurar sus mensajes al modelo propuesto por la
prensa y esto influye en la percepción del proceso político que tienen las
audiencias.

7 de junio de 2020

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