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Sociedad

La bandera nacional es, sencillamente, un canto a la vida

La historia narra que de Aztlán, el islote poblado de garzas en Metztliapan, el lago de la Luna, los antiguos mexicanos salieron en busca de la señal que el dios Huitzilopochtli les indicara para fundar la Gran Tenochtitlán en otro islote donde un águila posada sobre un nopal devorara una serpiente, aunque algunos historiadores afirman que la majestuosa ave sagrada engullía un pájaro.

En la época de la Independencia, una dilación habría obligado al cura Hidalgo a improvisar un estandarte de la lucha con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Pero fue el jefe militar insurgente del Sur, José María Morelos y Pavón, cura de Parácuaro, quien retomó en 1812 la bandera albiazul de los insurgentes pioneros, y sustituyó a la Guadalupana con el ícono fundacional de México: un águila que posa sobre un nopal.

En marzo de 1821, los jefes del Ejército Trigarante de Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide firmaron el Plan de Iguala y adoptaron por primera vez en la bandera los colores rojo, blanco y verde en franjas oblicuas con una estrella en cada una, más una corona al centro representando la transición hacia el primer imperio mexicano.

Ya como emperador, en 1822, Iturbide adoptó definitivamente los mismos colores pero en posición vertical iniciando con el verde, y el blanco en medio ostentando un águila parada en su pie izquierdo sobre un nopal en el islote de una laguna, y la corona imperial.

Así transita en la conciencia colectiva, desde los tiempos precolombinos hasta nuestros días, una biodiversidad que impregna el espíritu nacional y que, con especies emblemáticas como el águila real, el nopal y la serpiente de cascabel, entre otros elementos, representa en el lábaro patrio la extraordinaria riqueza natural de México.

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