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Columnistas

JORGE HERRERA VALENZUELA – R Á F A G A: Éramos Cuatro… ¡Quedamos Dos!

LA PRIMERA VACUNA, ES PREVENTIVA. ¡CUIDÉMONOS!
En la vida de los reporteros diaristas, de periódico, de radio o de
televisión, además de gozar con la tarea cotidiana de llevar la
noticia hasta la punta de los cerros, se crea un ambiente de relación
familiar y lo más socorridos son los compadrazgos o el
establecimiento de una amistad fraternal, los hermanos que “no
son de sangre”, que perdura hasta que se exhala el último suspiro,
el fin de la respiración, cuando el Todopoderoso lo determina.
Permítaseme que mi comentario de esta media semana, lo enfoque
hacia el recuerdo que guardo de mi vida en la redacción de La
Prensa, el diario donde me formé como reportero-redactor y donde
participé en infinidad de aventuras profesionales al lado de tres de
mis grandes amigos, compañeros de los que aprendí mucho, en la
hermosa profesión u oficio como también le llaman, para cumplir
con la misión en las “fuentes policíacas”, entonces la mejor escuela
práctica para reportear y darme cuenta de que requería un “baño”
de cultura general.
La semana pasada se fue Mario Alberto Santoscoy, mi primer amigo
en la redacción de La Prensa, en la época de oro del diario. Preciso
que fue otro reportero y amigo, Mario Luis González Márquez,
quien cuando íbamos caminando por la Avenida Juárez, frente a la
Alameda Central, me presentó con el jefe de información,
Armando González Tejeda, conocido como “El Bolchevo”, y Mario le
dijo que yo podría ser reportero suplente que necesitaban.

Así llegue al edificio de Basilio Badillo 40 y en el quinto piso, la
redacción, el último viernes, 29 de agosto de 1958 y a las 9 de la
mañana, recibí mi primera orden de trabajo. Por la tarde pregunté
qué escritorio y máquina podía ocupar y fue Mario Alberto quien le
señaló al ayudante el espacio que correspondía a la gran
Magdalena Mondragón, encargada de las “fuentes educativas” y a
quien suplí ese día. Tenía una Woonderwod, de las máquinas
mecánicas de la postguerra. Luego le dieron una Olivetti, nuevecita,
que al jubilarse Magda, la compré y la conservo.
MARIO ME PRESENTÓ CON BUENDÍA
Como era su costumbre, Manuel Buendía llegaba alrededor de las
cinco de la tarde. Se quitaba el saco y la corbata de moñito. Ya era
un respetado reportero, dentro y fuera de La Prensa. Lo conocí
años atrás, cuando yo era reportero del diario Zócalo, dirigido por
su dueño don Alfredo Kawage Ramia. No fui por aquellos días
amigo de quien, al paso de los años aceptó ser padrino de bautizo
de mi hija Claudia Leticia; su esposa, Lolita Abalos, la madrina.
Manuel cubría las informaciones de la Presidencia, de
Gobernación y de Relaciones Exteriores. En Palacio Nacional sus
amigos Humberto Romero, Salvador Olmos y el general Radamés
Gaxiola, secretario de prensa, secretario privado de don Adolfo Ruiz
Cortines y jefe de Ayudantes, respectivamente. En Gobernación,
sostuvo amistad con el subsecretario Fernando Román Lugo y el
oficial mayor Gustavo Díaz Ordaz. En Relaciones Exteriores, el
titular, don Manuel J. Tello, y Elenita Vázquez Gómez, responsable
de prensa, le tenían especial aprecio.
Fue Mario Alberto el que, esa misma tarde, me presentó con
Manuel, quien simplemente después del saludo de mano, me dijo
que había que trabajar duro y derechito. Los tres escritorios

estaban próximos y no pocas veces intercambiamos información y
opiniones. Nació una bonita amistad. Santoscoy se encargaba de las
“fuentes obreras y sindicatos”. Heredaba ese sector que durante
largo tiempo atendió Jorge Joseph Piedra, quien dejó el periodismo
para ser presidente municipal de Acapulco. En la fuente obrera,
Joseph fundó el FUFO, Frente Único de la Fuente Obrera. Mario
comenzó, en los años sesenta, a hacer una columna de comentarios
diversos y tuvo buen recibimiento.
Santoscoy en la etapa de Buendía como director de La Prensa, se
“especializó” en cubrir las inundaciones que se registraban en
Villahermosa, Tabasco; en Manzanillo, Colima y en el Estado de
Guerrero. Lo comento, porque otros dos grandes reporteros
anduvieron en esos caminos, mi compadre Fernando Aranzábal, de
Excélsior y por El Universal, Ariel Ramos Guzmán. Ahora se
encontrarán los tres en las alturas.
Otro capítulo interesante en la tarea de redactor, fue cuando Mario
Alberto recibió la orden de redactar los mensajes que enviaba, en
las giras presidenciales, desde el extranjero, César Silva Rojas. Eran
los viajes que hicieron famoso al presidente Adolfo López Mateos,
al que el humor de los caricaturistas calificó como “López Paseos”.
Por esas notas, de detallada información, César recibió un
reconocimiento y felicitaciones.
Otro recuerdo. La noche en que Buendía terminó de redactar su
primera columna Red Privada, antes de entregarla al director
volteó hacia Mario y yo, diciendo: “Bueno muchachitos, ustedes
van a ser mis reporteros para la columna”. Por supuesto era una
broma más y jamás nos dimos a esa tarea, simplemente hacíamos
comentarios.
EL ENCUENTRO CON FÉLIX FUENTES

La mañana del lunes 4 de enero de 1960, primer día de Manuel
Buendía como director de La Prensa, Félix Fuentes Medina y un
servidor comenzamos la apasionante tarea en la “fuente policíaca”.
El que Félix haya aceptado pertenecer a la redacción de “el
periódico que dice lo que otros callan”, no fue nada sencillo. Mario
y yo lo anduvimos “enamorando” para que del diario ABC se fuera
con nosotros. Don Federico Barrera Fuentes, inolvidable periodista,
y Vicente Fuentes Díaz (periodista, historiador y político
guerrerense, tío de Félix) le aconsejaban que no aceptara la
invitación. Pero, Manuel lo convenció y no se equívocó.
Para ese entonces la amistad entre Manuel, Mario y el que
comenta, se había estrechado. “Éramos los consentidos de
Buendía”. No había tal, pero cierto era que un día a la semana
comíamos los tres. Por las noches, esperábamos al cierre de la
edición, a petición del jefe, para irnos a cenar. Si ganábamos una
noticia, era nuestra obligación. Sí la perdíamos, a las siete de la
mañana sonaba el teléfono para reclamación al canto y regañada.
Sin embargo, el cuarteto se integró. La comida semanal no se
suspendió nunca. Unas veces en El Grill del Hotel Prado, otras veces
en la Zona Rosa, en La Trucha Vagabunda, en La Llave de Oro, con
Alfredos. Delmónicos y Bellinhousen, eran también nuestros
lugares preferidos o el lejano restaurant La Tablita, de Paseo de la
Reforma, por las Lomas de Chapultepec.
Nuestra relación laboral se extendió a lo familiar. Ya comenté que
Manuel y Lolita fueron padrinos de nuestra hija Claudia. Félix y
Alicia lo eran de Georgina. Mario y Pilar encompadraron con
Manuel y Lolita. Llegamos a salir a cenar los cuatro matrimonios. En
una de esas ocasiones, Manuel “se justificó” frente a las esposas,
diciendo: “Estos vaquetones llegan tarde a su casa, diciendo que yo

los tengo trabajando, cuando los busco a las ocho y media de la
noche, ya no están”. Obvio, las carcajadas no tardaron en oírse.
Pues bien, de ese grupo, solo estamos en este mundo y por ello
damos gracias a Dios, Félix, mi esposa Esther Lilia Navas Ruiz y yo.
Fuimos cuatro reporteros que cumplimos con la noble misión.
Éramos cuatro fraternales amigos, compañeros y compadres.
jherrerav@live.com.mx

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