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JORGE HERRERA VALENZUELA – A L F A O M E G A: ¿Qué fue “La Santa Inquisición”? Operó 249 años en la Nueva España

Si usted nació, vive o trabaja en lo que fue la Región Más
Transparente, la Capital del País, probablemente ha llegado a
detenerse en la esquina de las calles República de Brasil y República
de Venezuela, en nuestro hermoseado Centro Histórico. Pues ahí,
está, en el lado nororiente, el edificio que actualmente es la sede
del Museo de la Medicina, donde hace 199 años cerró sus puertas
la llamada “Santa Inquisición”, la horrorizante institución que nos
impusieron los españoles para sentenciar a quienes fueron
considerados herejes, protestantes, hechiceros, practicantes del
judaísmo, homosexuales o responsables de rebelión.
Resulta que en la lectura de algunos pasajes de nuestra historia, me
encontré que el 5 de diciembre de 1732 un grupo de indios y
españoles a las órdenes del arquitecto Pedro de Arrieta comenzó
la construcción del edificio para juzgados, salas de audiencia y
celdas del Santo Oficio de la Inquisición; los trabajos terminaron en
1736. La construcción fue conocida, en tiempos coloniales, como
“La Casa de la Esquina Chata” que tenía celdas, cuyas medidas eran
“16 pasos de largo por 10 pasos de ancho”.
En el Palacio de la Inquisición a partir de 1842 quedó instalada la
Escuela Nacional de Medicina, cuyo primer director se llamó
Casimiro Liceaga y Quezada. En ese entonces la Escuela pertenecía
a la Universidad de México, que en 1910 ya fue Nacional y más
tarde, en el 29, Autónoma. En ese edificio terminaron sus estudios
los médicos de la Generación 1956-1961 y los de la Generación 57-

62 fueron los primeros en cursar los cinco años en las instalaciones
de la Facultad, en Ciudad Universitaria. A esta última pertenecen
Raúl M. Simancas y Pérez Cortés, Jorge Saavedra Fernández y
Jorge Malouly Moisés, entre otros; Malouly nos dejó hace unos
años.
Ya en terrenos de la Ciudad Universitaria, en 1960, el Consejo
Universitario aprobó la creación de la Facultad de Medicina al
frente de la cual estaba el doctor Raoul Ignacio Fournier Villada y
él inaugura el Museo de la Medicina Mexicana, el 22 de diciembre
de 1980, en el antiguo y colonial edificio del Centro Histórico de la
Ciudad de México.
Según los cronistas de la época, Fray Juan de Zumárraga fue el
primer inquisidor en la Nueva España, aunque la Corona Española
designó a Pedro de Córdoba como primer inquisidor “de todas las
tierras descubiertas” por españoles.
EL PRIMERO EN LA HOGUERA
La historia y la leyenda encierran muchos capítulos interesantes en
el ejercicio del Santo Oficio, cuyos antecedentes datan de antes de
que Hernán Cortés llegara a suelo azteca, desarrollando sus
actividades en Europa desde 1480 cuando el catolicismo español
introdujo la citada institución para “esparcir la fe y la creencia para
que los católicos tuvieran una verdadera fe”. La tarea a cumplir era
la de convertir a los nativos al cristianismo, lo cual fue considerado
como acción política como también se calificó a la inquisición.
Fray Juan de Zumárraga, también primer obispo de la Nueva
España, al primero que persiguió y mandó a la hoguera era un
“Señor Azteca” que aceptó convertirse católico y aceptó ser
bautizado, imponiéndosele el nombre de Carlos, pero, el pero que
nunca falta, Zumárraga lo acusó de que había vuelto a adorar a

otros dioses. Lo encontraron culpable y el 30 de noviembre de 1539
moría entre las llamas.
Los mayas también sufrieron las persecuciones del Santo Oficio.
Muchos sufrieron torturas, recibieron latigazos y la muerte. Sus
Códices y libros se perdieron en el fuego. Para entonces el
inquisidor Pedro Moya de Contreras, clasificado como de los más
crueles, había fundado el Tribunal de la Fe. Otro que aparece en la
historia de estos hechos, también conocido por ser un sujeto
deshumanizado, fue Tomás de Torquemada, pariente de Fray Juan
del mismo apellido.
HIDALGO Y MORELOS EN EL BANQUILLO
Se contaron por cientos los mexicanos y algunos migrantes que
estuvieron en las garras de los inquisidores, cuyo fanatismo
“ajustició” a no pocos inocentes, víctimas de intrigas, venganzas y
calumnias. Hombres y mujeres terminaron su vida en una hoguera.
Bueno, en forma sintetizada comento sobre los dos juicios más
importantes por tratarse de los ilustres acusados: Miguel Hidalgo y
Costilla y José María Morelos y Pavón, los curas que lucharon por
la Independencia de México, que acabaron con la Nueva España y
302 años de dominio español ejercido por 62 virreyes.
Como sabemos, desde que terminamos la Educación Primaria,
Miguel Hidalgo inició el movimiento independentista en septiembre
de 1810 y después de perder, la Batalla de Puente de Calderón, en
tierras jaliscienses emprendió su camino hacia el Norte del País y en
Acatita de Bajan, Chihuahua, fue capturado y llevado a la capital de
esa entidad, donde lo fusilaron y decapitaron, exhibiéndose su
cabeza en el exterior de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato.
Al Padre de la Patria desde el año 1800 lo vigilaba el Santo Oficio
de la Inquisición, recibiendo denuncias de los frailes Joaquín

Huesca y Manuel Estrada, quienes lo acusaron de hereje, de
expresarse mal de miembros de la iglesia, de leer libros prohibidos,
de apelar a las leyes y a la ciencia “antes que hacerlo hacia Dios y la
fe”. Los inquisidores Ramón Casasús y José Luis Guzmán no
coincidieron en criterios y dejaron abierto el expediente. Ya en
plena marcha del movimiento independentista, el Tribunal de la
Santa Inquisición le imputó a Hidalgo responsabilidad en “53
crímenes en contra de la iglesia”.
Reunidos en Chihuahua, los juzgadores presididos por Francisco
Fernández Valentín, sentenciaron el 27 de julio de 1811 al
manifestar que el cura Hidalgo dejaba de serlo y “se le depone de
todos los beneficios y oficios eclesiásticos”. Tres días después el
sacerdote nacido en Pénjamo, Guanajuato, fue fusilado.
Recuérdese que también estuvo sujeto a juicio militar.
En el caso de El Siervo de la Nación la sentencia de pasarlo por las
armas fue dictada el 20 de diciembre de 1815, lo cual se cumplió
dos días después en el atrio de una parroquia de San Cristóbal
Ecatepec, Estado de México. A José María Morelos y Pavón lo
vendaron de los ojos, puesto de rodillas, con un crucifico en sus
manos y de espaldas a sus ejecutores, fue acribillado la tarde del
viernes 22 del mes y año citados. “Señor, si he obrado bien, tú lo
sabes, pero si he obrado mal, yo me acojo a tu infinita
misericordia”, últimas palabras pronunciadas por quien nació en
Valladolid, hoy Morelia, un 30 de septiembre.
Morelos fue acusado de 23 cargos, desde herejía hasta asesinato,
pasando por traición a Dios, al rey, al Papa y perjudicar a la
economía. Lo humillaron y sufrió tantas penalidades como Hidalgo.
Morelos fue aprehendido tras de perder la Batalla de Tezmalaca,
Puebla, el 5 de noviembre de 1815 y hasta ocho días más tarde lo

trasladaron, encadenado, a la Capital del País. Su proceso en la
Santa Inquisición se desarrolló sin presentar pruebas en su contra,
pero todo estaba dispuesto para darle muerte. Ambos insurgentes
fueron expulsados de la iglesia, a los dos se les acusó de rebelión y
los dos quedaron excomulgados, aunque sigue la polémica sobre
este punto porque la iglesia ha afirmado que nunca se les aplicó la
excomunión.
LA MINISTRA NÚMERO 13
La tarde del jueves pasado 94 senadores decidieron que la
regiomontana de 46 años de edad y egresada de la Facultad Libre
de Derecho de Monterrey Ana Margarita Ríos Farjat, sea la nueva
ministra de la Suprema Corte de la Nación. Coincidencia: el 5 de
diciembre de 2018 el Presidente de México la nombró directora del
Servicio de Administración Tributaria, el SAT, y en la misma fecha
pero en este 2019 recibe el nuevo encargo.
Ana Margarita es conocida en su natal Monterrey como “abogada y
poeta”. Ha sido profesora de Derecho en la Universidad Autónoma
de Nuevo León y trabajó en el Poder Judicial Federal. De 1961 a la
fecha sus antecesoras son: María Cristina Salmorán de Tamayo,
Levier Ayala Manzo (murió al día siguiente de ser nombrada),
Gloria León Orantes, Fausta Moreno Flores, Victoria Adato Green,
Martha Chávez Padrón, Irma Cué Sarquis, Clementina Gil Guillén,
María del Carmen Olga Sánchez Cordero, Margarita Beatriz Luna
Ramos, Norma lucía Piña Hernández y Yasmín Esquivel Mossa. Las
dos últimas están en funciones.
P.D. Para los aficionados a la fiesta brava, les comento que el 3 de
diciembre de 1919, la Cámara de Diputados en una tormentosa
sesión derogó la prohibición de las corridas de toros en la Ciudad de
México, disposición que el presidente Venustiano Carranza decretó

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el 11 de octubre 1916 derivada de la campaña emprendida por el
diario El Universal en contra de la fiesta taurina. El coso de El Toreo
se abrió nuevamente hasta el mes de mayo de 1920 por órdenes
del entonces gobernador del Distrito Federal, Manuel Gómez
Noriega.
jherrerav@live.com.mx

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