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·        Convertir el miedo en prudencia  ·        Enamorar de otras maneras

Aseguran los expertos en cuidado de la salud que tendremos que convivir, quién sabe por cuánto tiempo, con el llamado nuevo coronavirus (SARS-Cov-2), que produce la enfermedad de Covid-19. Hasta ahora no hay cura, y aunque son más los que se salvan que los que mueren, los dolores son insoportables, de acuerdo con testimonios de sobrevivientes.

Hasta ahora, se han contagiado unos 17 millones de personas en el mundo, y han muerto unas 650 mil, según los registros oficiales. En México han muerto alrededor de 43 mil entre los meses de febrero y julio y el número de contagios, muchos de los cuales ya están curados, asciende a casi 400 mil personas.

Los contagios podrían cesar en el momento en que toda la humanidad sea vacunada, lo que podría ocurrir hacia finales del año. Mientras tanto sigue reinando el mal fario del coronavirus. Y lo grave es que las mayorías humanas están ya cansadas del confinamiento y tienen hambre. Por esto, se ven obligadas a salir a la calle a buscarse los recursos para seguir viviendo.

Hay lamentables rebrotes de la enfermedad porque no se respetan los protocolos de sana distancia. Por el momento, hay regiones que están ya en semáforo naranja, lo que indica que la pandemia está cediendo. Sin embargo, de un momento a otro aumentan los nuevos casos de contagios, y las autoridades han advertido que se podría regresar al semáforo rojo. Esto implicaría el cierre de muchos comercios e industrias que están ya abiertos y operando.

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Esta condenación pandémica significa que tendremos que ir, cada uno, por nuestro pequeño mundo, como bandidos de las películas del oeste o como zapatistas, en nuestro caso de mexicanos, con la cara cubierta si no guardamos la llamada sana distancia. Podemos no usar el cubre bocas, si guardamos la sana distancia protocolaria de unos dos metros, para no intercambiar la lluvia de saliva cuando platicamos con alguien. Pero para mayor tranquilidad de los timoratos mejor cubrirse boca, nariz y ojos.

Éste será nuestro nuevo modo de vida, lo que los encargados de la sanidad llaman la “nueva normalidad”. Hoy vino a visitarme uno de mis hijos. Lo vi en la puerta de casa. No le di ni me dio la mano. Y eso que estoy seguro de que ninguno de los dos está contagiado. Sin embargo, el protocolo dice que todo el mundo tiene que guardar la sana distancia.

Traer cubierta la cara, observar los protocolos de autoprotección, enjabonarse las manos, desnudarse y bañarse cada vez que se retorna a casa, después de una salida obligada, podría ser lo de menos.

Lo más desagradable es hablar únicamente por teléfono o por una video llamada con nuestros seres más queridos: los hijos, los nietos, los hermanos, los padres, las madres. No poder abrazarlos. Menos besarlos. Y enamorarnos, muchos, de la soledad que se convierte en nuestra fiel y agradable compañía. Estar conscientes de que en casa no hay nadie más que uno. Mi amiga Lupita está ciega de no ver nada, y vive sola. Para muchos es un grave problema. No tienen a nadie que los ayude.

Pero tendremos que cambiarle de nombre al miedo y llamarle prudencia. No podemos contagiarnos. Para quienes tienen más de 60 años y padecen de diabetes, hipertensión, epoc, la Covid-19 es el cumplimiento de una sentencia de muerte.

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En el caso de México, 43 mil muertos en cuatro meses es una cantidad preocupante. Y tales muertes pudieron evitarse con sólo cumplir el protocolo de protección.

Así que la nueva normalidad implica alejamiento entre los seres humanos. Me preguntaba un joven. Cómo voy a enamorar a mi novia con el cubre bocas. Es un problema aparentemente insalvable y es tan importante enamorar a alguien. Es vital. La propaganda no es baladí: autoprotegerse no sólo por uno, sino por los demás.

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