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Columnistas

Francisco Gómez Maza – Análisis a Fondo: Anarcos o infiltrados a sueldo

·        Siempre los ha habido: rompen marchas, huelgas, asambleas

·        Pero de anarquistas tienen lo que yo de astronauta reptiliano

Desde que tengo memoria periodística, allá por la mitad de la década de los sesenta, en cualquier manifestación estudiantil o popular, siempre ha habido desmanes, unos más violentos que otros, cuya autoría ha sido, o de cuerpos policiacos, o de infiltrados, de bandoleros y rufianes a sueldo del poder gubernamental, para intentar romper la marcha. También los ha habido para romper movimientos de huelga.

La asamblea de los cooperativistas del periódico Excélsior, el 8 de julio de 1076, fue violentada por infiltrados contratados por el gobierno de Luis Echeverría Álvarez, a la sazón presidente, por obra y tracia de la antidemocracia, para echar del periódico a Julio Scherer García, nuestro director general, porque el periódico no se doblegaba a los designios y deseos de su administración que prácticamente tenía comprada la prensa escrita, radiada y televisiva. No permitía que se le cuestionara y Excélsior, sus reporteros y editorialistas, estábamos en la nuestro, que era destapar las cloacas del poder. Gracias a los infiltrados fuimos echados al arroyo.

Anteriormente, en las manifestaciones del movimiento estudiantil de 1968 t 1971 también hubo infiltrados, que con violencia rompieron el orden de la protesta estudiantil. Los Halcones son un buen ejemplo. Estos animales eran soldados vestidos de civiles que con instrumentos de artes marciales rompieron sangrientamente la manifestación estudiantil los terrenos del Instituto Politécnico Nacional.

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Así que el fenómeno no es nuevo en la historia de las luchas populares en México, sólo que los infiltrados de la actualidad son llamados equívocamente “anarcos” y digo equivocadamente, por no decir por pura ignorancia, porque estos individuos (varones y mujeres) violentos no actúan como los anarquista, sino como golpeadores, rompehuelgas, destructores, incendiarios, pagados por algún poder oculto para desvirtuar cualquier manifestación popular que tiene un buen objetivo, como la lucha de los familiares de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero, o la lucha de las mujeres por sus derechos humanos (me refiero a las verdaderas feministas, que también entre las mujeres hay golpeadoras, rompehuelgas, rompe manifestaciones, destructoras), o la lucha de los obreros, aunque los tales “anarcos” iniciaron su carrera durante la toma de posesión del presidente Enrique Peña en la Cámara de Diputados.

Puedo decirles que estos sin oficio ni beneficio, vestidos de negro, con la cabeza cubierta, muchas veces con lanza llamas en las manos, y con botes de pintura, que pintarrajean todo a su paso y destruyen comercios, librerías, pintarrajean monumentos artísticos e históricos no pueden ser llamados anarquistas. Los anarquistas no son de esa cepa. Según los maestros de la filosofía, la palabra anarquismo como tal proviene del griego antiguo, y se compone de los vocablos an– (“sin”) y arkhé (“principio, fundamento, comienzo, término que fue utilizado por los primeros filósofos para referirse al elemento primordial del que está compuesta y/o del que deriva toda la realidad material.”), y surgió para nombrar a las etapas de vacío de poder que surgieron luego de la Revolución Francesa y la caída de la monarquía a finales del siglo XVIII. Era un término despectivo, para llamar a los partidarios del desorden y el terror revolucionario (tanto Robespierre como los Enragés fueron llamados anarquistas).

Ahora bien, los primeros movimientos anarquistas contemporáneos fueron hijos del movimiento obrero de principios del siglo XIX, cuya lucha buscaba mejorar las condiciones de trabajo del proletariado, que eran particularmente feroces a comienzos del capitalismo industrial. El comunismo libertario y el llamado socialismo utópico, y vertientes, si se quiere más radicales del sindicalismo, jugaron un rol fundamental en la creación del anarquismo, sobre todo cuando surgiera una izquierda revolucionaria, pero autoritaria, que proponía un Estado fuerte y único.

Los anarquistas, enemigos de todo tipo de autoridad y opresión, verían con malos ojos la llamada dictadura del proletariado y se emanciparían para crear sus propias militancias y vertientes políticas y sociales.

Estos “anarcos” mexicanos de anarquistas tienen lo que yo de marciano. Son unos verdaderos delincuentes que debían de estar purgando sus delitos en una cárcel. Pero…

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