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Uno de los errores más comunes en el análisis periodístico de sucesos que
afectan a la sociedad es asumir la interpretación personal de los analistas como
si fueran los estados sociales de ánimo. El debate Donald Trump-Joe Biden se
está pasando, en los EE. UU. y México, por el filtro de los que los autores
suponen que debe ser la política: la ética y el buen comportamiento.
Sin embargo, hubo dos enfoques ausentes en los análisis posteriores al
debate: el perfil del estadunidense medio que se mueve en función del
resentimiento, la codicia, la explotación y el bulling social y los 538 votos
electorales que son los que elegirán al próximo presidente sin importar los que
vieron el debate y decidirán su voto popular en función de los comportamientos de
los candidatos peleando a cuchilladas la presidencia.
La sociedad electoral estadunidense, la de la calles, la de los intereses
egoístas, la que busca ganancias, es otra cosa: votó antes por el imperio invasor
para construir un nivel de vida basado en la exacción de recursos, aceptó
derrocamiento de gobiernos que afectaban ese confort, reeligió al tramposo de
Nixon y lo derrocó el establishment del FBI, se divirtió con las calenturas de
Clinton, quiso a Obama por el color de la piel y se decepcionó por sus resultados
y por ello voto enseguida con enojo por Trump y no por Hillary Clinton.
Para esa opinión del establishment, Trump perdió el debate; pero para la
base estadunidense enojada con los políticos, encarada contra el fisco del Estado,

decepcionada porque no les hacen caso, racista por configuración genética y
violenta contra quienes quieren romper el orden interior formal y se encuentran
con la brutalidad policiaca como medio de control social de minorías resentidas o
radicalizadas a la izquierda, Trump refrendó su propuesta presidencial de 2016.
Quienes van a elegir al próximo presidente de los EE. UU. serán esas
bases sociales celulares con sus propias contradicciones. Ahí fue donde Trump
hundió a Dormilón Biden: el presidente enarboló, con enojo, el argumento de ley
y orden contra los disturbios en ciudades –y lo subrayó varias veces Trump–
gobernadas por apáticos y atemorizadas autoridades locales del Partido
Demócrata, mientras Biden convocaría a la Casa Blanca a una reunión entre
sociedad, policías y gobierno para buscar una salida.
A los analistas liberales suele no gustarles estos métodos sociales
analíticos, pero en realidad la función del análisis es la de exhibir la realidad; si
imponen sus puntos de vista, entonces se trataría de opinión y su mercado es
menor. Y hasta ahora pocos han analizado la realidad de la sociedad
estadunidense: Myrdal en el caso del problema negro, Katherine Cramer en el
perfil del estadunidense medio resentido con el Estado, Wright Mills con su perfil
de la élite de poder que manda e impone gobiernos.
El resultado del debate del martes debe medirse en función del estado de
ánimo del estadunidense medio –la mayoría silenciosa que despertó Nixon– que
está harto del Estado, que admira a quienes defraudan al Estado, que apoya la
fuerza, que es racista hipócrita y que, en fin, sabe que su confort depende de
gobiernos que tienen que ensuciarse las manos para invadir países y explotar
personas y que se la pasa leyendo los movimientos en la bolsa de valores porque
vive de la especulación codiciosa en el mercado accionario y no de sus salarios.
Lo que ha sido tipificado como concepto sociológico como las buenas
conciencias –a partir de una novela revalorada de Carlos Fuentes– suelen dictar
los enfoques en medios, pero no representan los intereses o las pasiones del
estadunidense ahogado por la pandemia, el confinamiento y el desempleo y que
no se preocupa por los muertos si éstos significan que la economía deba abrirse
para trabajar.

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Política para dummies: La política, señoras y señores, es Machiavelli. Lo
demás es el Manual de Carreño.

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