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La única ocasión en que los EE. UU. tuvieron un voto popular real para
elegir en torno a propuestas fue en 1976 y ganó la presidencia el demócrata
Jimmy Carter, un hombre que exhibía la dialéctica estadunidense: de oficio
granjero cacahuatero, su carrera profesional fue de ingeniero nuclear.
En su campaña Carter encarnó la conciencia moral del estadunidense harto
de los trucos de Richard Nixon y votó por una nueva moralidad. Sólo que el
demócrata Jimmy Carter cedió la posición imperial del Canal de Panamá y quiso
destruir la CIA y el aparato de poder del Estado secreto de intereses geopolíticos
le bloqueó la reelección y abrió el camino al guerrerista Ronald Reagan.
Los datos son unos cuantos que ilustran las contradicciones que existen en
el sistema político estadounidense: cómo un imperio típico que vive de la
conquista ha vendido la imagen de una democracia inexistente. Los teóricos
políticos modernos establecen cuando menos dos reglas para una democracia
(Robert Dahl): participación e información. Para competir por la presidencia se
requieren, en cálculos aproximados, como 500 millones de dólares y no cualquiera
los tiene y los grandes medios de información forman parte del establishment de
dominación imperial ideológica.
Por eso el gran debate sobre las elecciones presidenciales en los E. UU. no
debe darse en función de la hipotética imagen de que Trump es un troglodita (en
el modelo del barón de Montesquieu en sus Cartas Persas) y Biden sería algo así

como el arcángel de la democracia, aunque los casi 500 expertos en temas de
inteligencia y seguridad nacional le dieron su apoyo para reconstruir el escudo
geopolítico imperial que Trump ha descuidado dejaron ver la cola del militarismo
dominante. Y el pueblo estadunidense no es el griego de la Atenas clásica
acicateado por los filósofos, sino el que espera la recuperación del bienestar
perdido sin importar que sea a costa de la explotación de otros países.
La propaganda estadunidense ha logrado vender la idea, comprada por
intelectuales liberales occidentales, de que los EE. UU. son también una
democracia como faro de justicia y equidad. Es el modelo de William Fulbright de
mediados de los sesenta (en La arrogancia del poder) en la existencia de dos
países: el del “humanismo democrático” de Lincoln y Adlai Stevenson (que perdió
dos veces la presidencia ante Dwight Eisenhower) y el de los superpatriotas
puritanos de la derecha.
Ahora mismo esas corrientes quieren consolidar la tesis de que Joe Biden
representa al “humanismo democrático”, aunque haya sido vicepresidente ocho
años del Barack Obama que mantuvo la guerra invasiva en Afganistán e Irak, que
deportó tres millones de migrantes y que salvó al capitalismo corporativo de la
crisis de 2008 desviando recursos sociales. Y Trump sería el puritano explotador.
La realidad es otra. Los EE. UU. se mueven por el poder imperial, la
dominación geopolítica y el uso de la fuerza militar en cualquier parte del mundo.
Y se ha visto en estos casi cuatro años en que Trump abandonó la seguridad
nacional y desdeñó al ejército, pero la autogestión de las fuerzas de dominación
geopolítico siguió funcionando sin directrices presidenciales. En todo caso, Trump
sacudió a la burocracia dirigente de las oficinas de la guerra geopolítica, pero
mantuvo sus operativos de acción.
El mundo nada va a ganar con la victoria de Trump o Biden. La estructura
no democrática electoral de los EE. UU. se percibe en su configuración dual: un
voto popular de los ciudadanos, con sus esperanzas y sentimientos, pero sin influir
en la selección de sus gobernantes (la regla democrática vital que señaló
Schumpeter), sino que al gobernante del imperio lo elige un grupo de 538
electores. Trump, por ejemplo, perdió el voto electoral con tres millones menos

que Hillary Clinton, pero ganó los colegios electorales que lo instalaron en la Casa
Blanca.
Hasta ahora no ha habido estudios minuciosos sobre la representatividad
real de los 538 votos que eligen presidente de la nación, pues hasta la academia
de las ciencias sociales y económicas se han hecho cómplice del ocultamiento del
verdadero poder real en el país. En 1972 520 votos electorales (96.6%) reeligieron
a Nixon por su geopolítica ante China y Moscú y no por Watergate y en 1984 525
votos electorales le dieron un segundo periodo a Reagan a pesar de las
violaciones constitucionales para financiar a los iraníes y a la contra nicaragüense.
Hasta ahora Biden parece desesperado por acumular votos populares y las
encuestas lo ponen adelante hasta por dos dígitos, pero las encuestas de los 538
votos electorales han dado casi empate técnico. Y puede repetirse el caso de
2016: que Trump pierda el voto popular, pero vuelva a ganar los votos de los
colegios electorales.
Lo que falta por identificar es el conjunto de intereses que se encuentran
detrás de los 538 votos electorales. A veces se definen por simpatía: los
progresistas 55 votos electorales de California van para los demócratas y los 34
votos de Texas para los republicanos. La batalla se dará, por ejemplo, en Florida,
cuyos 27 votos electores podrían inclinar la balanza. Y esos votos se decidirán por
la política imperial de los candidatos hacia Cuba, entre otros factores.
El sistema electoral estadunidense no es el de Fulbright: existe, sí, el país
“humanista democrático”, pero nunca ha alcanzado el poder, aunque los
demócratas se asumen como titulares de esa caracterización, aunque Vietnam
haya sido una guerra de los demócratas. En realidad, en esta elección chocaran
los grupos de intereses que dominan la economía estadunidense y el poder
imperial geopolítico. En pocas palabras, Trump y Biden son iguales.

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