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Si durante decenios la izquierda mexicana y latinoamericana caracterizó a
los EE. UU. como un modelo sistémico de imperialismo antidemocrático, Donald
Trump hizo el milagro de que importantes personalidades de algunas izquierdas
de la región consideren que Joe Biden y los demócratas salvarán a la democracia
estadunidense del demonio fascista –así lo dicen– que hoy habita en la Casa
Blanca.
Personalidades como Andrés Oppenheimer en Reforma, David Brooks en
La Jornada, Jorge Castañeda en sus redes y en sus plataformas de mesas
redondas y León Krauze en El Universal, entre muchos otros, cayeron en la
trampa maniquea de que un extremo determina la existencia del otro
exactamente contrario. Y hoy resulta que el Partido Demócrata representa la
Atenas clásica de la democracia real.
Lo malo, sin embargo, ha radicado en el hecho de que Trump contribuyó a
aportar elementos suficientes no para ubicarlo en la ultraderecha puritana del siglo
XVII, sino para revelar que el extremo demócrata de Joe Biden y su promotor
Barack Obama nunca han representado la democracia. Y que las elecciones en
los EE. UU., por más extremosas que sean, nunca han sido un ejemplo de
democracia, sino que siempre han exhibido la pugna por el poder entre bloques de
dominación social basados en la codicia, la explotación y la competencia
irracional.

Y, peor, aún, que la democracia no existe en los EE. UU. y que demócratas
y republicanos han usado al ejército, a la CIA y al poder del dólar para derrocar
gobiernos democráticos en varias partes del mundo. El demócrata Kennedy, por
ejemplo, estalló la guerra imperialista estadunidense en Vietnam que el
republicano Nixon tuvo que cancelar y que Kennedy también ordenó el
derrocamiento criminal de la Revolución Cubana y el asesinato de sus lideres. Y
que el demócrata Barack Obama asesinó en un país extranjero a Osama bin
Laden, señalado sin juicio legal como responsable del ataque terrorista del 9/11
de 2001 y que tiró su cadáver al mar.
Y que demócratas y republicanos han forjado el papel de los EE. UU. como
los policías del capitalismo mundial, que gobiernos de ambas formaciones
mantienen invadido el medio oriente para asegurar los pozos petroleros y que la
Junta Interamericana de Defensa en América Latina y la OTAN en Europa son
cuarteles nucleares estadunidenses para invadir a cualquier país que atreva a
salirse del capitalismo y quiera ser, por decisión interna, socialista.
Y que una democracia, en un buen resumen de Robert Dahl, se basa en
dos coordenadas: información y participación, y los medios estadunidenses son
aparatos del complejo de dominación ideológica demócrata-republicano y que sus
políticas editoriales, como lo demuestran contra Trump, sólo sirven para mantener
el status quo capitalista. Ahora se ve que los principales medios señalados como
catedrales de la libertad de prensa ocultan las historias negras de demócratas y
de Biden y dedican todas sus páginas a aplastar a Trump hasta en su forma de
respirar.
Y que en participación la política estadunidense se hace con dinero, mucho
dinero, fortunas de dinero, y que sólo los ricos y sus intereses pueden participar
en el sistema electoral. Para ser candidato presidencial se debe tener un capital
mínimo de mil millones de dólares, cuando en una democracia se mide la
equidad. La popularidad de Biden no se calcula por sus propuestas sociales, que
no tiene porque sus ofertas sirven sólo a los ricos, sino por la recaudación de
dinero del pueblo para defender políticas capitalistas que siempre van contra el
pueblo, como la reforma sanitaria de Obama.

Por eso llama la atención que analistas con ubicación en la izquierda digan
que Trump dañó la democracia, cuando en realidad no ha hecho más que usar la
misma democracia que han manipulado los demócratas; y que Biden llevaría a la
democracia de regreso a la normalidad, cuando Trump terminó con guerras e
invasiones –salvo las heredadas por demócratas y republicanos– y Biden quiere
regresar al imperialismo militar como dominación antidemocrática del mundo.
En la realidad, la batalla Trump-Biden es por el control del imperialismo
depredador y antidemocrático de la Casa Blanca, no por la democracia que nunca
ha existido en los EE. UU. Si no, que lo digan los indios, los mexicanos y los
afroamericanos que padecieron la opresión racial e imperialista.

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Por no dejar. La ventaja de 7 puntos porcentuales de Biden en los estados
clave disminuyó ayer a 3.7.

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Política para dummies: La política es el arte del engaño y la política en su
máxima expresión se descubre cuando la izquierda cae en el garlito ideológico del
maniqueísmo disfrazado de dialéctica.

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