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Joe Biden se había preparado para ser candidato presidencial en el 2016
con una larga carrera legislativa y ocho años de vicepresidente, pero al final
Barack Obama ejerció el dedazo presidencial a favor de Hillary Clinton por
compromisos con Bill Clinton. Hoy Biden es un títere de Obama y de los poderes
fácticos detrás de la coalición demócratas-republicanos por el control del
establishment de poder.
Los demócratas se han movido siempre como sociedad secreta para
mantener el control de los principales hilos de los poderes reales, entre los que
sobresalen los grandes medios, las corporaciones financieras, la industria militar,
los grupos de la comunidad de los servicios civiles, militares y privados de
inteligencia y seguridad nacional y los gigantes tecnológicos.
En las nominaciones presidenciales siempre se han dado batallas por el
control de los candidatos tradicionales de ambos partidos. Donald Trump llegó
como un foráneo y sin suscribir las alianzas con esos poderes fácticos. Biden fue
ungido como candidato demócrata en una baraja de precandidatos famélicos.
Hoy, por ejemplo, se quiere ascender a figura histórica a la candidata demócrata a
la vicepresidente Kamala Harris por ser la primera mujer en llegar a esa
nominación y por el color afroamericano de su piel, pero antes se dijo lo mismo
con Hillary sin ser feminista sino parecer una mujer con fuerza de poder como
hombre y Obama fue el primer presidente afroamericano.

Biden ha tenido que cargar con el saldo deficiente de los ocho años de
Obama. Como vicepresidente tuvo funciones un poco de mayor responsabilidad a
la figura tradicional inactiva de ese cargo, pero sin sobresalir. A Biden le falta
presencia, temple, energía y sobre todo audacia. Sus posibilidades han crecido en
función del miedo a la reelección de Trump. Si Biden gana la presidencia, no
terminará siquiera su primer mandato de cuatro años, cederá la presidencia a
Kamala Harris y ésta será la candidata a la reelección en 2024.
La agenda de campaña de Biden carece de propuestas reales, salvo la de
reconstruir la fracasada reforma sanitaria de Obama que millones de
estadunidenses están pagando sin accesos a servicios de salud. Dejó entrever la
asunción de la agenda progresista fiscal –no socialista– de Bernie Sanders, pero
las condiciones de la coalición demócrata de intereses con el sector financiero
van a impedirlas. La manera de tranquilizar a Sanders será nombrarlo, a petición
del propio excandidato “socialista”, secretario del Trabajo que en los EE. UU.
carece de valor político real.
Obama nunca confió en Biden; lo designó vicepresidente como parte de los
compromisos con Bill Clinton. En cambio, Hillary asumió la titularidad del
Departamento de Estado para potenciar de manera internacional su persona y
venderla como una policía mundial “de pantalones”. Biden aceptó de manera
sumisa las decisiones sucesorias de Obama, se hizo a un lado en la campaña por
las elecciones internas de 2016 y bajó nivel a sus tareas políticas en los cuatro
años de Trump. De hecho, Biden fue sacado del sótano de su casa, verdadero
refugio de aislamiento político y ahora viral, para subirlo a una campaña agobiante
por el desafío que representa Trump.
Biden fue hecho candidato y sería presidente –de ganar– del
establishment de los poderes fácticos de los EE. UU. dominados por
corporaciones en todas sus áreas. El verdadero poder detrás de Biden es el
expresidente Obama, cuya popularidad ha aumentado vis a vis la imagen
atrabancada de Trump; es decir, es una competencia de imágenes mediáticas en
medios, pero en un sistema de comunicación de masas controlado por el mismo
establishment. Ahora se ve que todos los grandes medios han publicado

editoriales apoyando a Biden, lo que explicaría las campañas de acoso y crítica
contra Trump.
En este sentido, el gobierno de Biden será el tercer periodo presidencial de
Obama, aunque con el debate abierto por anticipado de quién sería el candidato
presidencial del expresidente en 2024: Biden o Harris o logrará colocar a Michelle
Obama para seguir el modelo de los dos Bush que fueron presidentes, lo que no
pudo lograr Clinton con Hillary, para consolidar la dinastía Obama.
En síntesis, la posibilidad de victoria de Biden depende del miedo a Trump
y de su papel como títere de grupos, poderes fácticos y liderazgos que siempre lo
han opacado.

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Política para dummies: La política siempre tiene un costo que muchos
están deseosos de pagar con tal de estar en la feria del poder.

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