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Columnistas

Carlos Ramírez – INDICADOR POLÍTICO: Biden y el imperialismo necesario

El peor rechazo y repudió a Trump no pareció haber sido por su estilo
brusco, vulgar, racista y desagradable de gobernar, sino por su incapacidad para
hacer funcionar el imperio estadunidense. Paradójico: Trump demostró que el
mundo no puede funcionar sin una conducción imperial.
Los primeros anuncios de Joe Biden fijaron la prioridad en acuerdos
multilaterales que Trump había abandonado: la OTAN, el cambio climático, la
ONU, La Organización Mundial de Comercio. Durante cuatro años los países del
mundo tuvieron la oportunidad de recuperar una autonomía relativa en temas
militares, económicos, sociales, pero no supieron funcionar sin el padrinazgo
autoritario de la Casa Blanca.
La disminución de la importancia de la OTAN para Trump ofreció la
oportunidad para transitar el modelo de equilibrio militar y nuclear que quedó
sobreviviendo después de la desarticulación del frente soviético del Pacto de
Varsovia y la incorporación de expaíses socialistas a la OTAN. Era la gran
posibilidad de construir nuevos equilibrios no militares ni nucleares y de romper la
dependencia del poder nuclear de Washington como el defensor de países
débiles.
El mundo no supo construir un equilibrio diferente después de 1989 y le dio
la oportunidad a los EE. UU. de inventar –magnificándolo– al terrorismo como
sucedáneo del comunismo soviético; pero en los cuatro años de Trump se vio que
el terrorismo perdió fuerza y legitimidad –si acaso alguna vez la tuvo– y en la

Casa Blanca potenciaron entonces la amenaza del narcotráfico y el crimen
organizado como amenaza mundial para recentrar su estrategia de seguridad
nacional. Trump se quitó de enfrente de Putin y el ruso disminuyó su influencia, se
reunió dios veces con el norcoreano y abrió una batalla comercial con China. Y
antes de tener que dejar la Casa Blanca, Trump anuncio el retiro de las tropas de
Afganistán.
La estrategia de Trump de fortalecimiento del dominio de los EE. UU. no se
basó en las cañoneras ni en los marines, sino en el fortalecimiento interno de su
economía, inclusive alejándose de la globalización. Se vio con claridad con el
replanteamiento del Tratado de Comercio Libre con México: el regreso de fábricas
a territorio estadunidense y castigos arancelarios para equilibrar ventajas. No
terminó con el Tratado, sino que logró más beneficios para la economía
estadunidense. México se había confiado en su posición cómoda de exportar
bienes primarios y abandono la policía industrial. Con la reforma tendrá que
igualar competitividad con los EE. UU.
El mundo demostró en cuatro años que no sabe vivir sin una conducción
imperial. La queja de los líderes europeos contra Trump fue en el sentido de
resentir el abandono del dominio estadunidense en economía y militarismo. Salvo
el Medio Oriente y por razones de Washington, las guerras han disminuido su
presencia globalizadora.
Los EE. UU. intervinieron en el mundo después de la segunda guerra
mundial cuando se percataron del expansionismo soviético. El modelo político
imperial de Stalin y Brézhnev justificó, en la teoría de los dos demonios, el
militarismo capitalista estadunidense: Corea, Vietnam, Cuba, Chile y los avances
de los partidos comunistas en Europa occidental explicaron el endurecimiento de
la diplomacia de las cañoneras.
El petróleo árabe y el conflicto árabe-israelí descompusieron la región,
aumentaron la presencia estadunidense y encontraron al demonio del terrorismo.
La invasión iraquí a Kuwait ocurrió menos de un año después del
desmoronamiento del Muro de Berlín. Y la zona entró en zona de guerra hasta
llegar a los ataques del 9/11 del 2001 y el asesinato de Osama bin Laden por

instrucciones del presidente Obama en mayo de 2011. Los dos presidentes Bush,
petroleros en sus negocios privados, incendiaron el medio oriente. Pero llegó
Trump y disminuyó la presencia militar en la zona, el terrorismo disminuyó y las
contradicciones religiosas internas están acotando el activismo externo del
radicalismo árabe religioso.
En este sentido, Trump retrocedió la política exterior imperial y abandonó a
sus aliados, sin que hubiera un avance militar de Rusia, China, Corea del Norte,
Irán o Cuba. En todo caso, lo significativo fue la estrategia de política exterior de
China basada no en la exportación del comunismo ni en la promoción de
revoluciones, sino en programas de inversiones productivas en áreas de
infraestructura, sobre todo en zonas abandonadas por las inversiones
estadunidenses, de manera significativa en Iberoamérica.
Los aliados estadunidenses, sumidos todos en una fase de aislacionismo
regional y de bloques propios, no pudieron entenderse con Trump y de manera
política votaron pro Biden y su regreso a la policía imperial de dominación
intervencionista. Se trata, cuando menos hasta ahora, del ejercicio del poder
imperial blando, pero igual con la amenaza de las cañoneras.
Biden va a regresar a los EE. UU. como policía del mundo, aunque, sin
decirlo de manera explícita, con la lógica de sus intereses económicos y de
exacción de recursos naturales. La OTAN será revalidada y de nueva cuenta
Europa podría entrar en zona de tensión con Rusia en fase de novorrusia de poder
de Putin. Se prevé que Biden regrese las tropas a Afganistán y de nueva cuenta
escale tensiones con Irán. En Iberoamérica Obama definió el modelo de crimen
organizado trasnacional para intervenir en los países e imponerles modelos de
desarrollo funcionales a las necesidades de los EE. UU., sin olvidar que en
diciembre de 1989 Bush Sr. invadió Panamá para arrestar de manera
extraterritorial al jefe del ejército panameño por estar al servicio del narco.
En este contexto, el imperio estadunidense tradicional viene de regreso con
Biden.
El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del
periódico que la publica.
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@carlosramirezh
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