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ABANICO / Gratitud

Vivimos una era en la que las instituciones seculares se desmoronan, como la iglesia. Pero el misticismo y espiritualidad no están confinados a la religión y sus rituales, aunque resultan materializaciones que nos permiten encontrar nuestra conexión con lo divino.

Por Ivette Estrada

¿Sabemos dar gracias o tendemos al enfurruñamiento y descontento por todo y por nada?

En un conocido experimento social, unos individuos entran a un salón en el que saben que un grupo habla positivamente de ellos y sus logros mientras otros critican y hace señalamientos mal intencionados sobre cada uno de ellos. A los personajes del estudio se les pide que elijan cual conversación quieren escuchar en una grabación ulterior. El 80% opta por indagar qué dicen sus malquerientes. ¿Insólito?

El 80% también está presente en la insatisfacción sobre el clima. Hay quejas por la lluvia, sequía, frío o calor. Se pronuncia con más frecuencia el “¡qué día tan feo!” respecto a “¡qué bonito día!”. Somos proclives a lo negativo, como si lo que nos atrajera incesantemente fueran las sombras y la queja.

Cuando rezamos pedimos. No oramos por gratitud. ¿Por qué? Por carecer de un ritual, porque no sistematizamos nuestra percepción a lo positivo, porque olvidamos que poseemos el don más grande que es la vida, porque sistemáticamente negamos nuestra voz interior, conciencia o Pepe Grillo. Porque hemos olvidado la voz de Dios.

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Vivimos una era en la que las instituciones seculares se desmoronan, como la iglesia. Pero el misticismo y espiritualidad no están confinados a la religión y sus rituales, aunque resultan materializaciones que nos permiten encontrar nuestra conexión con lo divino.

Como sea, hay personas reacias a confiar en un benigno poder superior. Carecen de la noción de Dios. Y entonces, están expuestos a una mayor soledad, desesperanza y nihilismo.

En contraparte, quienes tuvimos la fortuna de tener una religión, logramos hallar nuestra propia conexión con lo divino de manera más fácil de lo que logran los agnósticos o quien carece de un sistema estructurado de Dios, cualquiera que sea su nombre y rituales para hallarlo.

Todo esto conduce a la ingratitud. No agradecen nada porque asumen que son merecedores o que todo lo que son o poseen lo ganaron ellos. Todo tiene, bajo esa mentalidad, caducidad y precio. Entonces tales ingratos se pasan la vida con un desdén continuo a la vida, belleza, comunión, personas, sueños, proyectos…

Ante un infortunio se quiebran y llenan de maledicencia. Carecen de un Dios que los escuche y guía, aunque los más pragmáticos asumirán que esa voz interior es la propia conciencia y que la serenidad es la mejor consejera. Otros dirán que quien les habla desde el silencio más hondo es un ángel guardián o uno de sus ancestros que ya trascendieron. Cualquier explicación tiene un halo de sacralidad que al desdeñarse de antemano no existe.

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En una sociedad donde la racionalidad y lógica se consideran signos inequívocos de inteligencia, es oportuno darnos un respiro y buscar el cobijo de la bonhomía y no la crítica feroz y pertinaz hacia todos y todo. Es necesario refugiarnos en la sencillez y candor de la cotidianeidad y comenzar a amar los regalos de la vida. Necesitamos un rencuentro con nosotros mismos, es importante hallar la voz del Principio de la vida y del tiempo. Necesitamos volver a pronunciar una palabra mágica y sagrada: Gracias.

Gracias por la vida que tenemos, por nuestras creencias y raíces, por la noción del cielo y la materialidad y el misterio. Gracias por el fuego, el agua y nuestras concepciones de verdadero y bello. Gracias por el pan, la tierra y nuestra propia incredulidad y sombras. Gracias por todo lo bueno, criba de lo que existe, discernimiento que nos acerca a un mundo más benigno.

Y cuando nos detengamos en lo perdido, ojalá recordemos que a la par algo nuevo arriba a nuestra existencia.

 

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