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Columnas

ABANICO/ De espejos y ojos

Un espejo es reflejo de una cáscara sin matices, lo que envuelve la esencia, la piel. Sólo eso. La capa superficial.

Por Ivette Estrada

No hay espejo que logre reflejar nuestra esencia. En un espacio concreto no caben las luces y sombras que nos conforman. No se ven ahí sino titubeantes atisbos de nuestras raíces e historia. No hay lugar donde se resguarden las cavilaciones de cada una de nuestras horas, ni las ausencias ni los presagios.

Un espejo es reflejo de una cáscara sin matices, lo que envuelve la esencia, la piel. Sólo eso. La capa superficial.

En el espejo no hay gritos, ni clamores o rezos. Es una superficie vacía, sin recuerdos ni alma. Ningún rasgo ni gesto me lleva a la escalera que arriba a donde duermen mis anhelos, no hay pasión en la línea de la boca, no están desperdigados en el pelo las figuras que tejo en los insomnios. No. En el espejo no hay nada. En el vientre de los espejos duerme el tiempo.

– ¿Quién soy?, pregunto, suplico, medito.

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El espejo calla. El espejo es mudo. No conoce de palabras. Y entonces miro los ojos y tras ellos me escabullo. Los ojos si me llevan a rincones desconocidos, a peldaños cubiertos de olvido, a sitios en el que se entretejen historias viejas, a escollos con personajes que ya no están o nunca existieron.

Los ojos son libros-semillas, ideas que aún no germinan. Son el mar del mundo, refugio de los soles. Son quienes presagian, atrapan la herencia, encienden hogueras. Lo único de la apariencia que desvela nuestros secretos.

Los ojos son la botella de auxilio de nuestros naufragios, el arca de infortunios y triunfos, los relatos mágicos, la cimiente de una raza y el nido de nuestra estirpe. Son el dintel de la esencia. Aunque aparezcan lejanos.

No puedo mirarme al espejo y mirar mis ojos sin tropezar con los recuerdos, con la luz ambarina de los ojos de mis padre, con la voz de mi mamá que se vuelve la tonalidad de la consciencia y que permanece en mi siempre. En los ojos están nuestros secretos. De ahí que muchos rehúsen encontrarse con los espejos: en realidad temen hallar el laberinto incrustado en los ojos.

Los ojos me llevan a otras edades, a geografías nuevas, a la calle de mis pesadillas, a las nociones de esperanza y muerte, a la escalera al cielo, a la ambigüedad que subyace en los silencios.

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Los ojos son caleidoscopios de quienes somos y en qué nos convertiremos: en gigantes, ángeles alados o insulso barro, arena o viento. En la voz que oyen los marineros, son los pasos de nuestros muertos.

Me rehúso a mirar mis ojos, delatores de máscaras y disfraces. Si miran mis ojos me hallaré sin veladuras ni subterfugios de protección, caerán los velos. Los ojos, los caminos a los que llevan, son peligrosos.

Pero los espejos no. Son objetos anodinos, intrascendentales, inertes. Vasijas de vacíos. Su trampa está en que te enseñan los ojos. Si los miras a ellos, pierdes la tranquilidad y el gozo, te llevan a indagar quién eres y qué quieres.

Te enfrentan contigo mismo, te alejan de entretenimientos, te sacuden, te liberan. Cambian tu vida.

 

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