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Columnas

ABANICO/ Combatir la otredad

La supremacía aria en un momento dado se impuso pero Adolfo Hitler paradójicamente no ostentaba ninguna de las características que enarbolaba en acciones y discursos.

Por Ivette Estrada

La conciencia de unicidad nos permite respetar las diferencias de creencias, opiniones, formaciones, razas y preferencias de los otros. Nos vuelve más abiertos a otras formas de opinar, generar y reaccionar. Nos abre a infinitas posibilidades de realización.

A la inversa, mientras nuestro propio concepto de valía se debilita, somos más proclives a la cerrazón y crítica ante quienes consideramos diferentes, aunque en realidad todos los somos: somos seres únicos. Y esto se contrapone a las tareas de masificación de paradigmas de lo que es aceptable, bello o bueno. Tratar de que todos respondamos igual a determinados estímulos es antinatural. ¡Somos diferentes!

En sociedades altamente egoístas asumimos que lo que somos, o creemos ser nosotros, deben serlo los otros e imponer a los “inferiores” nuestros paradigmas de culto, asociación y trabajo. Una manera muy perceptible de esto es cuando la raza anglosajona se autoproclamó la tenedora de belleza y se implementó la piel blanca y ojos azules como prototipos de belleza sin considerar más opciones y contexto como condiciones climáticas, por ejemplo. La supremacía aria en un momento dado se impuso pero Adolfo Hitler paradójicamente no ostentaba ninguna de las características que enarbolaba en acciones y discursos.

Quien no suelo ver la realidad de otro, en general no suele admitir su propia esencia. Ahí está la raíz de la discriminación y el odio.

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¿Y quién dijo que deberíamos ser de determinada manera o restringir lo que hacemos para ser aceptados en una sociedad reduccionista, guida sólo por intereses particulares?, ¿quién dijo que el desdeñar a otros es sobrevivencia?

En la medida que las sociedades se vuelven más egoístas, nos orillan al aislamiento y a la noción no confesada de que estamos solos y que sólo nuestras expectativas y necesidades cuentan. En la medida que “medimos” a lo consideramos la otredad disminuimos nuestra propia valía, capacidad y dones. Y sin medítalo ni pensarlo, nos lanzamos a la guerra con lo externo, porque el mundo interior es muy huidizo y frágil.

Jamás nos detenemos a pensar que los prejuicios y modelos impuestos responden a razones tan egoístas como el mantenimiento del poder y la propiedad privada, al erro de que el éxito es poseer más: dinero, riqueza, títulos, belleza e, incluso, a otros seres.

Una metáfora en el mundo corporativo muestra esto: las empresas con mayor riqueza, crecimiento y resiliencia son aquellas en las que la inclusión y diversidad forma parte de su día a día. Generan equipos con personas de diferentes sexos y preferencias sexuales, de edades y formaciones diferentes, de personalidades, orígenes y credos diversos: saben que son parte del equipo y este necesita de todos para trabajar, crear y crecer.

Si nuestro espejo sólo capta algunos rasgos y nos cerramos a otros modos de pensar, es posible que nuestra propia imagen se reduzca sustancialmente y tengamos que atacar a los otros para rescatar un poco de autorrespeto y valía.

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Existe un concepto un tanto abstracto que explica que todos somos uno, lo que implica que la nebulosa de la otredad en realidad no existe. Pero mi abuelita Angelita, que era sabia sin concluir la educación primaria, me lo explico de una manera más sencilla, fascinante y asequible: todos somos hijos de Dios.

 

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